sábado, 13 de octubre de 2012

Resplandor en la oscuridad



                                        A Viviana Vigouroux

Tendido sobre mi lecho melancólico
en el cuarto solitario,
miro el cielo raso y creo ver
el rostro de la muerte.

Mujer pálida de cabellos oscuros,
seductora y enigmática me magnetiza
en su mirada penetrante.
El caos es el aroma pestilente que me circunda
e impregna obstinadamente mis ropas humildes;
el vacío es mi talante que camina parsimonioso
confiriéndole acción a cada uno de mis pasos.

Los cabellos rubios de la dulzura
inundan el ambiente,
oxigenando mi sangre,
y el Sol responde a las plegarias
regalando un cálido amanecer.

Las cascadas de agua cristalina
de tu sensual modulación de palabras tiernas
transitan plácidamente por mis sentidos;
un alivio luminoso a las tinieblas que dibuja cariñosamente
un esperanzador horizonte.

Eres el faro que orienta a los navegantes
desesperados a la deriva de mi existencia,
en el océano de las tribulaciones.

Tu cotidianeidad delicada y armónica
otorga coordenadas a mi ser errante,
inserta un paisaje idílico a mi desarraigo.

La pradera acogedora se abre a nuestros ojos
y nos enseña el juego infantil,
que culmina en el más tierno de los abrazos.

jueves, 11 de octubre de 2012

Regazo acogedor



                              A Viviana Vigouroux

Una red incondicional para este acróbata,
que suspende sus pies en el vacío,
evocando molinos de viento.
Una represa sólida y confiable,
para contener los llantos caudalosos
de este niño inconformista.
Un abrazo cálido y protector
a este enfermo que aflora
en convulsiones espasmódicas,
ante los heraldos intangibles del absurdo.

Eres como una madre abnegada
que escucha pacientemente,
y se esmera en acolchar
las aristas del mundo cruel,
para depararme un cómodo descanso,
o como una enfermera dedicada
que se sienta concentrada
a los pies de mi lecho de enfermo,
atenta a satisfacer cualquiera de mis necesidades.

La sabiduría que te entregan
tus años de resiliencia,
me ha brindado un aposento donde solazarme
a la turbulencia que causan mis verdugos,
en parsimonioso desasosiego.

Cual minino astuto, que sabe
cuál hebra de la madeja de lana asir
para desenrollar a este hombre
atribulado de fobias y trancas,
tu cariño insondable es un almohadón plácido
donde tenderme a contemplar en infinita felicidad
las graciosas sinuosidades de tu bello rostro.

martes, 9 de octubre de 2012

Pensamientos fronterizos



Apenas erguido en el límite de mis reflexiones,
con pensamientos que pululan
como aviones con destinos opuestos,
mi silueta mantiene el equilibrio en la línea divisoria
entre dos tierras que se debaten
aguerridas en sus dominios:
a mi espalda el infierno pedestre de cada día,
en mi horizonte el paraíso idealizado,
que amenaza diluirse en la efímera paciencia.

Concentrándome en cristalizar
mis pupilas nítidas
frente a la brisa del instante estático
(con el horror latente de trastocar lúdicamente
las líneas del mapa de la realidad),
bajo mis pies las letras armónicas
de la ficción subyugante,
en mis manos jirones de realidad
plasmados en horribles suspiros verbales.

La noche semestral tapiza el cielo
y aún espero el amanecer,
sueño con un ángel cegado que sostiene
en una mano una balanza en la otra un libro.
Imagino a un niño triste aprisionado
dentro del cuerpo de un hombre,
cruda fotografía de una figura inmóvil
(el reloj sonríe con sadismo
mientras gira sus manecillas).

Un halo divino que encumbre
mis músculos derrotados,
un peregrino que seduzca
a mis pies desnudos
a sentir la aspereza de los senderos,
una estrella que ilumine
mis aciagos laberintos mentales,
una caricia humana que levante
banderas blancas a mi tempestad interior,
los ojos de una muchacha
que reflejen mi sonrisa.

domingo, 7 de octubre de 2012

Paradigmas en conflicto



Un economista definía en un noticiero
su autodenominado concepto:
“el síndrome de Isidora”.
Para quienes conocen o viven
en Santiago de Chile,
es fácil relacionarlo con la avenida
Isidora Goyenechea.

(Sin embargo, para muchos santiaguinos
esta avenida no les dice nada,
y no deben sentir vergüenza por ello).

El síndrome de Isidora afecta a quienes
creen que todo Santiago,
e incluso rodo Chile,
es una prolongación muy similar
al paisaje de esta avenida.

Por cierto, el paisaje aludido
es el exclusivo barrio El Golf,
centro neurálgico financiero
y de negocios de Santiago,
al punto que se ha llamado a
este barrio “Sanhatan”.

Si uno camina por Isidora Goyenechea
aprecia costosos y elegantes restoranes,
pubs, cafés, amén de lujosas boutiques
y renombrados bancos,
muchas de estas instituciones
de prestigiosas cadenas extranjeras,
y el paisaje se completa con elevados
edificios de sofisticada arquitectura,
donde pasean pudientes y refinados ejecutivos,
quienes conversan un vino de exportación
y juegan con sus teléfonos inteligentes.

Evidentemente, en un país tan
escandalosamente desigual en lo social
y económico, pensar
que esta larga u angosta faja de tierra
es una prolongación de la avenida
Isidora Goyenechea
es una enajenación tan absurda
como delirante.

Sin embargo, los oscuros y ominosos
señores que me amedrentan
e intentan confundirme,
así lo creen,
o al menos consideran que
en eso consiste la felicidad.

En efecto, yo vivo en el barrio El Golf;
el edificio que habito colinda con
el Hotel Ritz Carlton de Santiago de Chile.

Mas mi figura desgarbada y sencilla;
mis atuendos poco formales y
más semejantes al estilo hippie;
mi piel morena y mis gestos sobrios,
no revelan esa alcurnia ni cosmovisión
que caracteriza a las personas que
aquí viven o trabajan.

Si se me juzgara por mis ideas
políticas, religiosas y sociales,
ardería en la hoguera de
la Santa Inquisición.

Son muy distintos paradigmas en conflicto,
y para estos señores intolerantes,
a los cuales una melodía de Víctor Jara
o unos versos parreanos
causan urticaria,
la felicidad se fundamenta en
sus elitistas valores materialistas.

Más que imponer un paradigma,
creen que todo ser humano que aparece
en su campo de visión
pertenece a éste.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Ocasos cíclicos



El hombre se despierta al alba.
Lava su cara frente al espejo,
se viste con ropa planchada ayer,
da un beso a su mujer dormida bajo las sábanas,
saluda a su vecino al otro lado del ante jardín.

Al llegar al trabajo se encuentra con su jefe;
lo hace pasar a su oficina:
“Siéntese, hombre, va a escuchar palabras ásperas”.
Lo felicita por sus impecables diez años en la empresa.
Lamentablemente, es época de vacas flacas;
hay reducción de personal,
su desahucio está en este sobre.

Camina triste por veredas aglomeradas de gente,
entra a un bar en penumbra,
se encuentra con un amigo de juventud.
Se abrazan.
“Años que no nos veíamos”.
Le invita un trago y le da su más sentido pésame,
el hombre lo mira interrogado.
“Tu mujer ha muerto,
el barrio en que vives fue expropiado,
tu vecino se ha mudado”.

En una esquina del baño se sienta a llorar;
las nubes se juntan ahogando la luz.

En medio de la calle mira su reloj:
las manecillas se han detenido,
los vehículos están suspendidos en el aire,
los transeúntes congelados a medio caminar,
el silencio gobierna la ciudad,
el sol desciende lentamente barnizando el horizonte de carmesí.

El hombre se recuesta sobre el pavimento.
“No hay razón por qué vivir”, piensa.
Cierra sus ojos inundándose de oscuridad,
no espera nada del día por venir.

El hombre se despierta al alba.
Lava su cara frente al espejo,
se viste con ropa planchada ayer,
da un beso a su mujer dormida bajo las sábanas,
saluda a su vecino al otro lado del ante jardín.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Las venas de la ausencia



Un niño sintió el cielo languidecer
al ver a su padre abandonar su casa.
Por la tarde caminó con ojos vendados
por pasillos lúdicos,
tanteando la salida
que lo condujo a un laberinto.

Al anochecer durmió en un abrazo maternal,
que lo envolvió en un sueño vicario
del cual no pudo despertar,
y ahora se divierte dando cuerda
a relojes sin manecillas ni números,
mientras su cuerpo reposa desvanecido
por el vacío que circula por sus venas,
pues quienes lo esperaban
no alzaron los brazos
cuando descendió del tren;
su mujer dormía una siesta
cuando regresó de la guerra;
la amante miró el reloj cuando unieron
sus cuerpos desnudos en la cama
(los familiares escribieron
cartas anónimas a sus difuntos,
y en los partos las mujeres sellaron
un pacto de silencio con los recién nacidos).

Una caricia invisible construyó
catedrales de luz en el páramo,
y unió al horizonte en un círculo
que bailó cadenciosamente alrededor de su cintura.
Mas el vapor de ese afecto se diluyó
en los meandros de la memoria,
y ahora el niño anhela esa marea impetuosa
que despierta de súbito a la inercia,
cuando la sonrisa de esa muchacha
abraza a pueblos enemigos
derrumbados por la batalla.

martes, 25 de septiembre de 2012

La niña de la calle Fidias



          A Viviana Vigouroux

El sendero nos ofrece a veces bifurcaciones
que conducen a destinos diversos,
donde sólo el misterioso hado conoce
las claves de nuestra existencia.

He caminado más de un año y medio
por la maestranza de la dignidad abatida,
en la cual los andamios de las facultades
se vieron erosionadas por el escarnio a la razón,
y día a día se izan banderas
de reivindicación de linajes interrumpidos.

Atravesé esos páramos sintiendo
que mi sombra solitaria
se alargaba cada vez más
junto a los pasos por esas tierras inhóspitas,                                             
y mi sombra estuvo a punto de clavarse en el suelo
ensombrecida de desesperanza
por la fatiga de la travesía.

Fue entonces, como un amanecer refulgente,
que un dulce rostro apareció ante mis ojos
dibujando flores lozanas en el paisaje;
doncella triste que acompañaste mis pasos
situando una estrella en la penumbra
que endilgó mi derrotero,
sosteniendo mis hombros ante la adversidad
para presentarme enhiesto ante el nuevo desafío,
ese que tú forjaste, que tú cultivaste
desde el depósito de la ingenua semilla.

Ahora que aspiro a ser engranaje creativo
de la mecánica de la sociedad,
ahora que tallo el tótem de la civilización
con la herramienta edificante de la palabra,
inmerso en las aulas de la avidez del conocimiento,
sumergido en las lecturas de Kapuscinski y Maturana,
me alimento del néctar de la memoria idealizada
de mi bailarina que ejecuta coreografías
de suspiro a la fraternidad entre el hombre y la mujer.

 En mis horas de reflexión conservo los jirones vivos
de los atardeceres bucólicos en La Reina,
al abrigo de palabras apasionadas
que cohabitan con el humo del café y los cigarros,
mis lecturas se suspenden
al escenificar a la niña traviesa y efusiva
que revolotea incesante en ciudades imaginarias
habitadas por seres construidos por su imaginación.

Recuerdo la resurrección del cuerpo gracias a las caricias,
los abrazos y los besos que me hacen
reposar en un diván de nubes;
no olvido la elegancia natural de tus movimientos
que se asemejan a un cisne orgulloso
que sobresale a su manada,
la proyección de tus deseos en féminas
que pronuncian en idioma francés
palabras de amor desgarrado entre bastidores y escenarios,
coronados por reflectores y luces cinematográficas.

Por más que viaje intelectualmente
por la Revolución Iraní o la Biología del Conocimiento,
la niña de la calle Fidias ocupa un lugar irremplazable
al centro de mis pensamientos.