A mi padre, Alejandro Robles Squella (1941-2008)
la canícula estival deja su impronta
sequedad en el paladar, letargo a cada paso
los peregrinos de tu linaje, Alejandro
avanzan a tientas, extraviados y torpes.
al viejo Roble, el cobijo a tu sombra.
Desde tu partida, el sol penetrante
encegueció la mirada, aturdió con espejismos
cabezas calientes fueron seducidas
por la codicia y el dinero fácil.
La templanza de tu amparo
es un bien escaso en estos días.
Tráiganme la camisa del hombre feliz
ordenó el monarca a sus súbditos
prenda de vestir inexistente
la sabiduría es un eufemismo
travestido, la verdad gracias a la belleza
del verbo y la alquimia.
Tal vez hizo falta, Alejandro
no leer tanto a Neruda, mirar de cerca
la sencillez de los versos de Teillier
el diamante prístino de Lautaro
revelado bajo el cielo nacido tras la lluvia.






