miércoles, 20 de junio de 2012

Callejero



Luego de una siesta sobre el polvo, asusto a los niños que juegan a la pelota por las tardes, con ladridos violentos, muchas veces en franco desafío a perros más grandes y fuertes. Los vecinos me miran con lástima. Sé bien que mi silueta es desgarbada, que tengo mal olor y que de mi hocico cuelgan babas. Veo sólo por un ojo. El otro lo perdí en una gresca monumental (por poco me cuesta aún más caro). Soy malas pulgas, a mucha honra.

Siento que durante mi adolescencia pusieron un dique al curso de mi vida, como si hubieran sumergido mi cabeza bajo el agua a la fuerza. Menudo alud que se formó en mis días, cual árbol de raíces cercenadas, desastrosas las consecuencias.

Me da risa esa canción que alaba al perro libre como le viento. No me acurruco a los pies del hombre que me da de comer, ni obedezco a los golpes tajantes de voz, pero esta vida a la intemperie me ha enseñado a mirar el suelo cuando me abofetean el hocico.

Al atardecer, recorro los pasajes de la población hurgando basureros. Los vecinos me insultan y lanzan piedrazos, mas yo espero la soledad de la noche para vengarme aullando sin cesar. Mi vida no siempre fue igual, solía ser fuerte y vigoroso pero, qué diablos, los años pesan. No puedo hacer alarde de un pasado próspero, ni en lo material ni en el amor.

Las interminables murallas que acompañan mis recorridos nocturnos no podrían  ser plasmadas con estaciones de vida en las que luzca orgulloso y satisfecho.

Los cielos repentinamente se visten de desierto.

Lo sé bien, me estoy volviendo un perro mayor. Mis reflejos son más lentos, mi piel se seca y torna opaca. Estoy a un paso de cambiar el pelaje. Me hace falta un nuevo traje a la medida, mas los sastres me declaran una indefinida huelga de brazos caídos.

lunes, 18 de junio de 2012

Mujer de cristal



                        A Viviana Vigouroux

Silueta de humo
que te escabulles
de las figuras heráldicas sociales,
para invadir mis pensamientos.
Figura curvilínea
que reemplazas a la línea
del horizonte,
para gobernar mis deseos
con atracción omnipresente
y ubicua.
Niña que habitas
en el interior de los cuerpos
de los adultos,
para resucitar
mi curiosidad por la vida,
aletargada en convenciones
sociales.

Tus suaves y delicados
contornos son pulidos
por mano divina
con material de cristal,
razón por la que emanas
transparencia,
y una actitud limpia y desnuda,
sin dobleces,
y a través de tu imagen
pulcra y cristalina
contemplo mi rostro
reverberante y sin maquillaje,
pues tu naturalidad despoja
de golpe
todas mis máscaras
en las cuales,
en un intento estéril y vano,
intento escudarme.

Tu sonrisa fresca
deshace mis prerrogativas de clase,
mi pedante instrucción
adornada de remilgos,
mis roces sociales
que no ocultan
las heridas por codazos
insidiosos.

Eres una náyade
que se suspende serena
en la fuente de la cálida
sinceridad,
y al sumergirme
en esas aguas
y sentir tu abrazo
apasionado
mi rostro recupera
su faz esencial.

sábado, 16 de junio de 2012

Jardín de nubes



A Viviana Vigouroux
                       
Apuraba el paso malherido
en medio de los escombros
de cemento,
causados por los incesantes
bombardeos del enemigo
interior,
que propagaba el fuego
por la ciudad,
cuando el sudor en mi frente
pareció una cruz
sobre mis hombros,
en ausencia de
Simón de Cirene
para auxiliarme,
y mis oídos cedieron
al tránsito de un alarido
agónico en sordina,
que clamaba por el sacrificio
en redención
del sufrimiento
(cuando la razón
socavó sus cimientos
desnudando
la fragilidad enervante
del escarnio esperpéntico
del absurdo).

Y fue entonces que atisbé
las rejas doradas
de un jardín sereno y apacible,
donde el cielo protector
mantenía complicidad
con el reino de este mundo,
y a través de su entrada
asomó una gatita suave y delicada
que se acurrucó a mis pies,
y en su ronroneo
me invitó a acariciar
su esponjosa piel.

Mas no dudé ni un segundo
en acatar la humildad requerida
para acceder a ese pedazo
del cielo del cual provenía,
un canto angelical que versaba
sobre el temple de la
cariñosa entrega,
y mis sentidos
se sorprendieron al constatar
que el terreno de aquel jardín
era puro y acogedor,
como la superficie de las nubes,
y en su centro una niña
de rostro inocente y sonrisa ávida
me observaba con mirada dulce
por entre sus cabellos rubios
como los campos de trigo,
y al extender la mano me pidió
que le dibujara un cordero
en el papel que sostenía
entre sus dedos,
y ante mi más mínima diligencia
me agradeció efusivamente
con un sentido abrazo
que contagiaba la plenitud
de la solidaridad honesta,
al tiempo que me ordenó
el universo al trazar las líneas
invisibles,
pero indelebles,
que vinculan a las estrellas
en el firmamento,
construyendo de este modo
los terrenos vírgenes
sobre los cuales sentar
las bases de las virtudes
que se cosechan después
de dar nuestro último respiro,
y me hizo nacer otra vez la fe
en la humanidad al
enseñarme el valor
de los lazos de afecto
como sustento al diario vivir,
en el irrenunciable
compromiso de acoger
a los seres queridos
en nuestro regazo.

Entonces sentí que
el alba despuntaba
iluminando
los senderos pretéritos
donde había caminado
profiriendo maldiciones,
y quise perpetuar ese instante
de dicha en el reposo
sobre ese jardín edénico,
para lo cual me esfuerzo
en reproducir aquellos
burdos corderos
en hojas de papel,
con la esperanza
de que la niña
de cabellos dorados
no se aparte de mí;
necias y horribles palabras
en las cuales cifro mi deseo
de despertar cada día
la bendición
de sus abrazos.

miércoles, 13 de junio de 2012

Polifonía atávica



Niña diáfana, que intentas
silenciar los susurros
intangibles
que arremeten
para desmoronar
tu sonrisa,
como hordas de apetito
beligerantes,
sumergiéndote en la pureza
inocente de tu descendencia
más íntima.

Deambulas por las calles
solitarias,
sin percatarte
de la presencia
ni de tu sombra
ni de la luz que la dibuja,
mientras el génesis
se manifiesta en tu interior
a través de trazos delicados
y colores acogedores,
que evocan paraísos áulicos
y hadas letárgicas.

Olvidas que atrapada
en tu cuerpo habita
una bailarina de mirada triste,
desesperada por atravesar
los límites de su claustro,
y no es ella ni el alivio vocal
de las cicatrices del pasado,
que otros mancharon
en tu figura,
el ominoso interlocutor
que perturba tus sueños,
sino la herida que se abre
en tus ojos
cada vez que sientes
la vigilancia de aquella
silueta inquisidora,
que ha escrutado
cada uno de los pasos
de tu vida,
polifonía atávica
que recrudece cada vez
que firmas el dominio
de tu huella sobre el sendero,
cada vez que extiendes tus alas
en señal de redención.

No permitas que el cielo
desfallezca a tus pies,
deja que la paloma
cristalina
que alberga tu corazón
emprenda vuelo
en cadenciosa danza
sobre la acuarela
de tus anhelos
más sinceros.

martes, 12 de junio de 2012

Cortinas de peso



Atlas sintió una mezcla de ira y placer al contemplar las curvas de Josefina, que contrastaban en su blanca piel con una contusión cuya mano permanecía impune ante el curioso observador. Al bajar la vista y sentir en su cuello el aire salino y húmedo del norte, una sensación de consuelo recorrió su joroba, y lo hizo meditar por las vicisitudes que debía atravesar al encontrarse anclado de rodillas, mientras todo el peso inclemente lo mantenía encorvado en ese destino. Sus piernas endebles y cortas no le permitían mirar el cuerpo de Josefina a su altura. Su columna adolorida no le daba una presencia para atemorizar al desgraciado que abusaba de la fragilidad de esa mujer, que por las noches aparecía en sus pesadillas, en medio de las reflexiones sobre la culpa que debía pagar por ese bulto sobre su espalda, que cargaba desde que su madre lo parió y ahora le impide contemplar orgulloso el horizonte.
Vigilaba cada movimiento de la trapecista, sintiendo la sangre recorrer su cuerpo mientras se cambiaba la malla, limaba sus uñas con una delicadeza tal que removía sus hormonas y se maquillaba con mirada triste frente al espejo de luces. ¿Qué o quién le causaría tanta pena? Pensaba acerca de su redención que lo liberaría de su triste pasar ante los golpes que el destino le hacía bajar sus ojos.
Josefina se levantó de su asiento en busca de un neceser y por un instante Atlas pensó que sus ojos se encontrarían con los de ella. Con prisa se alejó hacia su rutina diaria: barrer la alfalfa de las jaulas, asear las cubetas de agua empalagosa, aceitar los monociclos,  desenvolviéndose en medio de la trastienda de los ensayos en la pista del “Gran Circo Epimeteo”, la cual miraba con envidia y placer. 
Porque Atlas tenía reservado sus momentos de aplauso. Por las noches bailaba al son de una canción folclórica rusa y las luces se posaban sobre él.
            En la soledad de sus labores sintió un punzante dolor en su espalda al agacharse a recoger un balde y, por una obligación que le dictaba su cuerpo, tomó un descanso. Miraba el sol descender en el horizonte, y poco a poco fue dirigiéndose hacia la playa. Limpiándose con torpeza el sudor, sus ojos se clavaron en el espectáculo que cada vez se agrandaba y brillaba más. Con los pies hundidos en la arena de la bahía de Caldera vio al sol posarse sobre el océano, mientras en su mente estaba el rostro de Josefina, melancólico y delicado. El carmesí de la puesta de sol inundó su memoria, sintiendo que el ocaso era un triste final a la silueta de la trapecista.
            Al volver cansado y maldiciendo en silencio apareció Eusebio, el dueño del circo, que se complacía regañando a sus empleados. Lo había soportado por más de diez años cuando fue recibido siendo un niño deforme. “¿Andai sacando la vuelta, cabro culiao?” le recriminó de entrada. Atlas se armó de valor y le respondió que en esa forma no le iba a contestar. “Te tengo cachao, bultito, cuidado con hacerte el listo”. No le fue necesario contestar, al ver que Eusebio se acercaba a Josefina, y le daba una rápida agarrada al trasero. “¿Qué te pasa?”, reclamó alejando con un golpe la mano a su patrón. Eusebio le respondió con una mirada lasciva y le dijo: “¿la muy maraca se las está dando de señorita? ¡Te haré saber lo que es bueno!”, le sentenció mientras la tomaba del brazo con ímpetu.  “Y quién quiere meterse con vos”, respondía ella zafándose, con mirada amenazante. Atlas observaba con sus manos empuñadas. “Viste, engendro, así hay que tratarlas, como se merecen”, dijo al mismo tiempo que buscaba un papel. Lo abre y aspira un polvo blanco. “¿Qué mirai, huevón goloso?, partiste a cambiarte pa’ tu show”. El humilde peón se retiró sin lograr evitar que, a cada unos cuantos pasos, girase para ver a su patrón con una rabia que lo hacía mascullar insultos.
            Al compás de una canción soviética, el jorobado se contorneaba mientras oía las risas de los asistentes. Su mente parecía salir, enajenarse de su miserable figura que no lo desconcentraba. Quizás era un consuelo agitar su torpe cuerpo para despertar el humor de personas que no comprenderían jamás el dolor de sus días, mientras la melodía y el baile continuaban, y él, con una sonrisa fingida, se mantenía en movimiento como una marioneta. Otros paisajes transitaron por su mente y él ansió acercarlos en reemplazo del público ajeno. “Mira cómo se ríen, deforme”, le gritó Eusebio, sacándolo de ese breve instante de placer al pensar en Josefina.
            Se le vio alejarse refunfuñando de la pista. Los payasos hablaban por altoparlantes en su número, con una representación de un príncipe y su doncella. Escuchó la voz histriónica masculina: “¿su majestad se digna en aceptar a este humilde servidor?”. Las carcajadas ensordecían a Atlas y decidió acostarse dejando sus quehaceres pendientes.
            Atlas soñó que estaba en la pista, elevado en medio de uno de los descansos de la cuerda floja. Al otro lado, Josefina lo invitaba a cruzar con señas amistosas. A brutas zancadas, el jorobado exhibía abundante sudor en el frágil equilibrio con el abismo, tentando su voluntad a caer. Con su mirada concentrada en los femeninos rasgos de la trapecista, asentaba un paso seguro y altivo, dibujando una sonrisa en respuesta a Josefina. Al terminar el tramo, ella lo abrazaba y se fundían en un largo beso que despertaba todos los sentidos del muchacho. La mujer abría su blusa regalándole sus contorneados y firmes senos que despertaban su virilidad, bocado que disfrutó al sentirlo sobre su boca. Ambos miraban abrazados el distante suelo y eran una sola figura  acurrucada en los aires elevados, riendo al acariciar sus mejillas y besarse espontáneamente.
            Su amanecer estuvo acompañado de una sonrisa. Frente al espejo, se peinó cuidadosamente su escaso cabello y, luego de escoger la camisa más vistosa, se acarició el cuello con abundante perfume, costoso regaló de una cosmetóloga que había visto su espectáculo tiempo atrás.
            Despreocupado de la brisa que corría, caminó hasta el camarín de Josefina con altas expectativas. Esperaba un grato recibimiento y una conversación interrumpida por risas. Llama a su puerta y ella le invita a pasar con un semblante desganado.

            - Josefina, ¿no sientes miedo al estar arriba?
            - No, la técnica es no mirar el piso, una finalmente se acostumbra a las alturas.
            - Pero el otro trapecista puede fallar...
            - Todos nos conocemos bien, Atlas, y entre los trapecistas la confianza es clave…
- ¿Pero se conocen bien o muy bien...?

Ambos miraron la misma imagen que interrumpió el diálogo. Eusebio conversaba con un muchacho de mirada aguda al que trataba con modales grotescos. Frente a una risa sarcástica, entremezclando la broma y la seriedad, el dueño del circo saca una navaja y amenaza al joven, quien responde de golpe empujándolo por el pecho. Eusebio le vociferó en un par de ocasiones, con risa intermitente, “sigue así y te rajo el paño”, y luego guardó el arma. De su bolsillo extrae un paquete, que hace poco le había dado el muchacho, y con los dedos palpa el contenido. Dio por cancelada la transacción  con un fajo de billetes y se despidió lacónico: “cuidadito, pendejo, que te podís ir cortado”.

            - Ten cuidado con él- le recomendó la trapecista.
            - A ese viejo de mierda no le doy ni una chaucha.
            - Atlas, no lo mires en menos. Es peligroso.
            - No me da miedo.
            - Si quieres arriesgarte, es tu decisión.
            - Josefina, tranquilízate. Yo no voy a dar pie atrás por esa basura.
            - Atlas, prométeme que no vas a caer en sus juegos, haga lo que haga... hazlo por mí.
            El jorobado bajó la mirada y se rascó la cabeza. Luego la mira a los ojos.
            - Prometido, mi princesa.
            Josefina sonrió halagada.
            Atlas iba a hablar cuando irrumpió Eusebio. Desenfadado les gritó:
            - Así que el par de huevones anda chachareando de lo lindo.
            - Eusebio, no te metas.
            - A ver, mi putita, a quién mierda le hablas.
            El jorobado contuvo la ira.
            - Y el engendro se las da de choro. Los quiero ver en el trabajo. Quienes se creen para perder el tiempo. Desaparece de aquí, bulto. Y vos, maraca, no te hagai la huevona, que tu número anda cada día peor. Última vez que los veo cuchicheando o se me largan de aquí.

Con un airado gesto Eusebio se fue hacia su oficina. A la distancia dio media vuelta para mirarlos y abrió el paquete en su bolsillo. Inhaló un par de veces pequeñas porciones polvo blanco de la punta de su navaja antes de encerrarse en su camarín.
Atlas se despide con la mano en alto de Josefina y emprende con paso reflexivo hacia los animales. Cada día la figura de Eusebio pesaba más sobre sus pensamientos. Con la manguera firme en una mano abrió la llave dando paso a un potente chorro de agua, dirigiéndola ensañado contra las bestias, que escapaban despavoridas. Sintió un gusto amargo en su paladar al ver a los chimpancés moverse frenéticamente y agarrar con desesperación los barrotes de las jaulas.
Por la noche, en el circo sólo se escucharon murmullos. Conversaciones, risas esporádicas y acordes de instrumentos de los músicos de la banda. Con un pedazo de tiza Atlas dibujó una línea recta en el piso. Recordando a Josefina, disfrutaba simular que la raya era una cuerda floja, y ponía esmero en cruzarla. El sudor corre por su frente en el torpe esfuerzo, pero la imagen en su memoria lo impulsaba a seguir manteniendo el equilibrio y repetir el ensayo hasta atravesar la brecha hasta dar alcance a la trapecista. Fue una costumbre repetir el ejercicio.
El jorobado abre los ojos con todo su cuerpo bañado en sudor. Un brusco despertar, pensó. Su aseo fue cosa de minutos y antes del alba ya estaba caminando al pueblo. En una feria artesanal, las obras de los lugareños fueron admiradas por el artista circense. Aunque le ofrecían collares de pequeños moluscos, anillos de bronce o lienzos pintados con hermosos motivos, ninguno cautivó su interés. Pero en una tienda elegante, una caja de música tuvo un magnetismo especial para su mirada. Un pequeño trapecio se desplegaba y sobre él una bailarina giraba en torno de sí misma, al acorde de una melodía. Extrajo los últimos ahorros de su sueldo y la cajita fue envuelta en papel de regalo.
Atlas, armado de valor, pronunció en voz alta el nombre de Josefina. La trapecista lo invitó a pasar reglándole una sonrisa. El jorobado mantenía su mano derecha tras la espalda y, de improviso, trajo enfrente la escogida dádiva para la muchacha, y se alegró de su emocionada reacción. Disfrutar de su sonrisa al abrir la caja y admirar la pequeña figura era la verdadera recompensa a su regalo.

- No tenías por qué haberte molestado, Atlas- le dijo con coquetería.
- Todo para usted, mi princesa. Al menos algo que le guste de mí.
- ¿Por qué dices eso?
- No sé- explicó mientras se limpiaba la nariz - es que en mi vida no he tenido muchos brillos que mostrar... paso la tarde entera limpiando jaulas y quedo entero sucio. No tengo algo que guste de mi persona... – Luego suspiró.
- A mí me gusta algo de ti, Atlas, me gusta como bailas.
- Pero hasta el patrón me dice que soy ridículo. Y ni hablar de mi joroba, imagínate que hasta los niños corren asustados cuando me ven...
- Atlas, ellos no saben la persona maravillosa que hay en ti- le dijo conmovida.
- ¿En serio crees eso de mí?- le preguntó con voz infantil y bajó la mirada.
- Deberías sentirte orgulloso, cada baile me alegra - le dijo mientras subía con su dedo índice su mentón.
El joven acarició sus cabellos fijando en ella su mirada penetrante. Josefina sonríe halagada y acerca lentamente a su rostro al de su encorvado compañero. Le dio un delicado beso y los cuerpos se fundieron en un abrazo.
 “¡Atlas!”, escucharon ambos la voz de uno de los payasos, y de inmediato comprendieron. La función estaba por empezar. Bailarín y trapecista debían cambiarse y esbozar una mascara de alegría para el público presente.
Esta vez el jorobado agitó su cuerpo con satisfacción, mostrando afinidad con la música. Su baile fue entusiasta. Josefina lo observó a un lado de las cortinas y no claudicaba su sonrisa. Sus manos y pies se desplazaron con una cadencia que atrajo la atención de los ojos más esquivos. Al terminar paseó a sus anchas por el escenario y, entremedio de las cortinas, fue felicitado por Josefina.
En otro extremo, Eusebio observaba a los artistas con una expresión enfurecida. De brazos cruzados, no perdía de vista al jorobado y, cuando se alejaba, sonrió maliciosamente.
Atlas se desvestía cuando sintió una mano sobre su hombro que lo desplomó de espalda. Al mirar vio a Eusebio con una ira de los mil demonios.

- ¡Engendro asqueroso!, ¡Quién mierda te crees! Despídete de tu acto, última vez que sales en escena. Debí dejarte que te pudrieras en la casa de tus padres. Desde ahora sólo limpias las jaulas y no te atrevas a pisar el escenario.
- ¿Patrón? ¿Por qué me dice esto?
- Y el muy choro se atreve a preguntar. Ni una palabra más - gritó y se hizo humo tras la cortina.

Atlas contuvo las palabras y aceptó con humildad todos los insultos. Su vista estaba nublada. No sabía qué esperar. Más peso sobre sus hombros, el único lugar donde había encontrado su espacio estaba resquebrajadizo. Sentado sobre una piedra, encendió un cigarro con la mirada hacia el suelo.
En su catre, mientras se revolcaba como pez recién salido del agua, reflexionó sobre sus días. Estaba cansado de llevar una vida nómade. El frío de la noche nortina lo hizo estremecerse. Eusebio le quitó su número de baile. No hubo explicaciones a ese arrebato. Se sintió hastiado de ser parte de la servidumbre de un tirano que le daba una vida miserable. Pensaba en dar un giro a su vida, que lo transportara hacia un horizonte mejor. Hacía breve tiempo tuvo una oferta de trabajo de un pariente en una ferretería. Sentía el valor de zafarse de las ataduras de quien siempre temió. Sólo le quedaba un vacío en su arquitectura de nuevos proyectos: Josefina. Le propondría marcharse con ella. Aquí no era feliz. Él le daría vida, bailaría para ella y lograría rescatarla de su penumbra.
Al despertar tuvo un cuidado prolijo su aspecto. Escogió su mejor camisa y se detuvo frente al espejo. Sentía satisfacción, e incluso se perfumó en abundancia. Caminaba hacia el camarín de Josefina esperando una sonrisa acogedora. En un principio, a pocos metros del lugar, creyó ver mal. La cortina de la entrada estaba cerrada y no entreabierta como de costumbre. Un hombre salía de la tienda, y una sensación agria se posó en su interior. Era Eusebio, sin camisa, exhibiendo una cara de placer. El tirano estiraba sus brazos firmes, pasó las manos por su pelo y luego se lavaba con descaro la cara en una palangana. Atlas observaba desconsolado. Enseguida apareció Josefina con los cabellos revueltos y una blusa a medio abotonar. Atlas miraba con desconsuelo.
Maldijo en silencio su propia persona. Dio incluso arcadas al observar el triste espectáculo a sus ojos.  Frenéticamente corrió hacia la carpa. “Te gustaba verme bailar- pensaba a cada zancada torpe- te gustaba verme bailar, ahora lo vas a disfrutar, Josefina”.
La trapecista gritó su nombre desesperadamente y se unieron varios payasos que adivinaron sus intenciones. Nada lo detuvo. Ensimismado entró con un manotazo que corrió la tela a la carpa y en una actitud obsesiva, se dirigió a la escalera metálica donde se subía a la cuerda floja.
“Atlas, baja por favor”, gritó la muchacha. Otros le repitieron con voz de imploración: “No, no, no lo hagas”, y mientras las voces se perdían, Atlas subió las escaleras y puso sin temor bajo sus pies la cuerda metálica.
Por su mente transitaron imágenes que en ningún sueño encontrarían asidero. Un parque frondoso y en el sendero del centro él junto a Josefina disfrutando del paisaje, una habitación acogedora y en el medio una cama matrimonial donde se acariciaba junto a ella, una playa lluviosa donde juntos jugaban con las olas reventando a sus pies, un pabellón de hospital donde ella gritara de dolor ante la salida del ser concebido por él.
El resto pareció un resumen de su historia. Josefina vio caer el abultado cuerpo y estrellarse contra el suelo con un golpe sordo. No había más fábula que relatar: Atlas ensangrentado como figura central del espectáculo, sin luces ni espectadores. No había cortinas que cerraran la función.