miércoles, 18 de diciembre de 2024

La alegría ya viene

 


En ese tiempo no tenía muchos amigos en el colegio y me daba vergüenza que me vieran solo en los recreos. Con la ingenuidad de un niño de 13 años, encontraba que la excusa perfecta era ir a la amplia biblioteca a leer en los recesos de clases.

 

Ahora que me encuentro cercano a cumplir medio siglo de vida, recuerdo esos años con un dejo de nostalgia y el sentimiento de una herida que asoma al ensamblar las piezas del puzle de mi juventud, como si revisar mi historia me permitiese reordenarlas y otorgarles otro desenlace.

 

Durante los años preadolescentes, mi lectura favorita era el diario La Época. A veces incluso fotocopiaba algunas páginas. El encargado de la máquina era un auxiliar joven, Pedro creo que se llamaba. No tenía problemas en manifestar sus opciones políticas frente a alumnos de Enseñanza Media.

 

—Mira, no sé lo que opine tu familia, pero yo creo que el país no va a seguir soportando la situación actual  —le argumentaba a un joven.

—Eso lo vamos a ver el 5 de octubre, Pedrito.

—Muy bien, veamos.

 

La fecha era clave. El año 1988 iba en octavo básico y todo Chile se tiñó de dos colores, cada uno con la opción en el Plebiscito que se avecinaba: Sí o No. La continuidad del gobierno de Pinochet quedaba abierta a la deliberación ciudadana en las urnas luego de años sin procesos eleccionarios.

 

En este escenario me identifiqué plenamente con el No, pese a que mi padre era de derecha. Tal vez justamente por eso.

 

“Chile, la alegría ya viene”, indicaba el periodista Patricio Bañados en la franja televisiva del No. Y la canción muy pegajosa fue un éxito. Comentario obligado en cualquier grupo social. En el colegio, éramos unos niños hablando de temas que no entendíamos con una perspectiva adulta. Pero a algunos nos apasionaba.

 

—¿Por qué alegan tanto en contra de los comunistas? Leí que ese partido propone una sociedad más justa.

—Mira, Gonzalo, si lees los manifiestos de los partidos políticos te vas a dar cuenta de que todos proponen cosas buenas, pero la diferencia está en la forma que quieren implementarlas —me señalaba mi papá.

—Pero ha habido muchas muertes y torturas, hay que respetar los Derechos Humanos.

—Todos los países tienen policías secretas, sean de derecha, de izquierda o de centro.

 

De ese tenor eran algunas de nuestras discusiones, generalmente los días de semana cuando ya había oscurecido. Mi padre regresaba muy tarde del trabajo. Recuerdo que una consejera escolar me hizo mención de que compartía poco con él, pero no entendía bien de qué hablaba esta señora.

 

Muchos años después se reveló el misterio de las largas jornadas laborales de mi padre en la Municipalidad de Maipú. Ya había iniciado una relación con Nancy, que trabajaba en el Juzgado de Policía Local, en una infidelidad que se prolongó por alrededor de 15 años, hasta que mis padres se separaron.

 

“El único problema con tu papá, Goncho, es que es de derecha”, me comentaría la Vivi, mi polola, luego de conocerlo ya viviendo con la Nancy en Maipú. Fue curioso ese fin de semana. Mi padre vivía en una parcela con un buen terreno, amplio jardín y piscina. Sentados en la terraza, en un minuto Viviana quedó mirando fijo a mi papá.

 

—¡Qué mirada más inquisitiva! ¿Qué quieres saber? Pregúntame lo que quieras.

 

En la intimidad de la habitación que Nancy dispuso para nosotros, la Vivi me confesó que quería preguntarle cómo hizo para ser infiel a su esposa por tanto tiempo sin ser descubierto. Me dio risa. También hubo una conversación sobre política en esa velada, en la que mi polola mostraba su orientación de izquierda. Ella tenía familiares que partieron al exilio.

 

—El gobierno de Allende sucumbió por la crisis económica. No fue un problema político. Yo lo viví, sé de lo que estoy hablando.

—Papá, muchos sociólogos opinan que no fueron sólo factores económicos los que llevaron a que se produjera el golpe de Estado.

—Pero si Allende nos tenía a Chile a la deriva. Pinochet logró rescatar el país del colapso total.

—Yo tengo la herida con Pinochet…

 

Esa herida no era sólo en el tejido político. Las texturas familiares presentaban jirones, un entramado con claras erosiones por el daño de sentimientos ocultos bajo la alfombra.

 

Ese año del Plebiscito hubo hechos que quedaron grabados en la memoria colectiva chilena. Uno de ellos ocurrió durante el programa televisivo “De cara al país”. Un entonces joven Ricardo Lagos encaraba en vivo a Pinochet apuntándolo con su dedo índice, el famoso “dedo de Lagos”. Pero al iniciar su alocución, lo recuerdo bien, enseñó un recorte de prensa del año 1980, una vez que se estableció que se llevaría a cabo el Plebiscito de 1988, que señalaba que Pinochet no sería candidato en esa oportunidad.

 

La promesa incumplida se convirtió en argumento de los partidarios del No y, por cierto, lo esgrimí frente a mi padre en una de las recurrentes discusiones. Por esos años mi papá se juntaba los fines de semana con un compañero de trabajo y su señora, quienes fueron amigos por años. Ellos eran fervientes defensores de los militares en el poder.

 

Un sábado muy tarde estaba mi padre y mi mamá con esta pareja en el living de nuestra casa. Me desperté con sed y bajé a buscar jugo a la cocina, pero mientras bajaba las escaleras sorprendí a mi papá burlándose de mis precoces argumentos políticos. “Y Gonzalo me dijo que Pinochet no iba a ser candidato en este Plebiscito”, comentaba, frente a lo que la señora de su amigo replicaba y reía diciendo “pero si los comunistas insisten en eso. Qué estupidez”.

 

Sentí un frío súbito que me estremeció. Me arrepentí de ir a la cocina y subí a dormir con mi cabeza tan revuelta como mi estómago.

Pero las diferencias no eran sólo estrictamente políticas. De mis lecturas de La Época, de escuchar la radio Cooperativa y de alguna información no oficial que circulaba en la televisión también se instalaba ese año las profundas desigualdades sociales en Chile.

 

Estudié en un colegio privado católico en Providencia, de por sí un ambiente acomodado. Con mi familia vivimos en el barrio nororiente de Santiago, el llamado “barrio alto”. Si bien mi mamá siempre se jactó de pertenecer a ese grupo humano, mi padre era de origen más bien de clase media. Estudió Derecho en la Universidad de Chile, en años en que la educación pública era gratuita. Y nos inculcó que la formación universitaria era fundamental en la vida.

 

—Pero, papá, no todos en este país gozan de ser privilegiados como tú…

—¿Sabes lo que significa privilegio? Es un beneficio inmerecido. Yo todo lo que tengo me lo he ganado con mi inteligencia y esfuerzo —contestaba con rabia.

 

Cuando estudiaba en Enseñanza Media también lo sorprendí hablando a mis espaldas, esta vez sobre mi hermano y yo. Estábamos próximos a rendir la Prueba de Aptitud Académica y él manifestaba una seria desconfianza de que lográramos entrar a la universidad.

 

Recuerdo que, cuando le indiqué a mi padre que quería estudiar Periodismo, él me respondió: “Mira, encuentro que los periodistas son todos unos rotos, copuchentos e ignorantes, pero si quieres estudiar esa carrera, yo te la pago”.

 

La noche del 5 de octubre de 1988 mi padre llegó muy tarde a casa. Le tocó, al ser funcionario municipal, ejercer de jefe de uno de los locales de votación en Maipú. Estaba cansado y con las mangas de la camisa arremangadas.

 

—Papá, al final ganó el No, ¿cierto?

—Sí, eso parecen indicar los cómputos, pero algunos dicen que hubo un empate.

—Te pregunto por lo que pasó en Maipú.

—No, en Maipú ganó el No por paliza —se acercó a uno de los papeles escritos a mano que tenía sobre la mesa del comedor y me enseñó los porcentajes de las mesas escrutadas en esa comuna.

 

Más allá de su posición política, a mi polola le caía bien mi papá. Me preguntaba más sobre su vida y le conté que no siempre había sido de derecha. Cuando mis padres se conocieron, ambos se sentían cercanos a los demócratas cristianos. Mi padre, incluso, fue apoderado de mesa para la elección en que fue elegido Eduardo Frei Montalva.

 

—Pero fue haciendo carrera en la Municipalidad de Maipú, en la época de la dictadura, con alcaldes designados por Pinochet, entonces en ese ambiente…

—Todo en la miel se pega —comentó Viviana.

 

En sus últimos años, viviendo en la parcela de Maipú, mi papá fue desencantándose de muchos valores que defendió siendo joven. Estaba muy enfermo, con un enfisema pulmonar, y declaraba que ya no se sentía católico. En una ocasión indicó que apoyaba una eventual ley de Eutanasia.

 

Luego de su muerte el 2008, perdí todo contacto con la Nancy. Tanto mi mamá como mis hermanos quedaron muy enojados con esa mujer, a la que consideraban una trepadora, y ni siquiera se aclararon asuntos financieros de mi padre que, en sus últimos días, dejó asegurados para la propiedad de ella.

 

La relación de pareja con la Vivi no prosperó, pero seguimos siendo amigos. Fue un pololeo de más de 11 años y siento que compartí momentos muy significativos con ella. Por cierto, me apoyó cuando mi padre agonizaba en el hospital.

 

La última elección presidencial que vivió fue la del año 2006. Le pregunté si había votado por Lavín o por Piñera, los dos candidatos de la derecha en la primera vuelta. “Me gustaba Lavín, pero no los que lo apoyaban. Me gustaban los que apoyaban a Piñera, pero no él, lo encuentro muy personalista. Al final no voté”.

 

No era el momento para discutir de política. Los temas importantes quedaron pendientes y se diluyeron en la nostalgia de la alegría que no llegó.


jueves, 12 de diciembre de 2024

Pailita

 


De verdad, yo nunca olvido un rostro. Pero ahora no me acuerdo de dónde conozco a ese hueón, estoy seguro de que lo he visto antes. Es que por estos días no tengo paciencia pa’ estar pensando en eso. Ya me va a caer la teja. Mi ojo no falla, cruz pal’ cielo.

 

Sí me di cuenta de inmediato de que fue ese culiao de la Población Parinacota el que me sapeó cuando asaltamos la farmacia en Quilicura. Esa cara de ahueonao no la olvido. Cuando entramos, todos lo giles estaban que se meaban de susto, pero el sapo de mierda me vio, estaba detrás del mesón, cagao de miedo. Tiene que haber sido él, si yo andaba con pasamontaña. De otra forma, ¿cómo supieron los pacos?

 

Pero igual pude zafar de los bastardos cuando me fueron a buscar a la casa. Y el gil de la Parinacota no se las iba a llevar peladas. ¿Qué importa si al final caí? No podía quedarme de brazos cruzados y fui a hacerlo pagar al contado.

 

El muy huea se anduvo escondiendo unos días donde su mamita, pero fue fácil dar con la casa. En esa pobla tengo mis contactos, me hago respetar. Entré de noche, como a las tres de la mañana, y si no fuera porque la vieja me cachó, le hubiera descargado todos los tiros del fierro en su hocico de ahueonao.

 

Me fui encanao, me da lo mismo. Es que odio a los sapos. Si uno arriesga el pellejo por hacer la media movida y esos perkins acusan por la espalda. ¿Qué se tienen que meter los hueones?, ¿me van a decir que los políticos no roban? El trabajo honrado es pa’ los giles, yo no estoy pa’ romperme el lomo de guardia o reponedor en un supermercado.

 

Me acuerdo en el liceo en Conce. Había un compañero, ¿cómo se llamaba el mateo culiao? Ah, sí, Riquelme, ese imbécil. Le iba bien con las notas al sapo de mierda, era seco pa’ las matemáticas. En segundo medio le robe su reloj. Si el muy ahueonao lo dejó en el banco mientras iba al baño. Lo estaba regalando. Y, claro, de inmediato sospechó de mí, como siempre lo molestaba por huea. El muy marica al tiro le fue con el cuento al profesor jefe. Me llamaron a inspectoría, me registraron y hasta ahí llegaron los estudios. No volví a abrir un libro en mi vida.

 

Se supone que tenía que cumplir condena hasta el 2037. Ni cagando, hueón, yo no estoy pa’ que me maquineen los gendarmes. Si a las finales todo hombre tiene su precio. Y un gendarme, también. Salió salada la coima, pero resultó. No había electricidad en la reja cuando le metimos alicate con el chico Dany. De ahí, escalar y la libertad. Me despedí del compa cuando pasó el peligro y rajé para El Bosque. Aquí casi no me conocen.

 

El Pedrito arrendó una casa en Vecinal Sur. Incluso me trajo el Mazda hasta acá. Tenemos su resto de merca pa’ salir a vender a hueones de confianza. El cabro se las conoce todas por estos barrios.

 

Es mi sangre, alguien que no traiciona. Es verdad, hace años que no veo a la Jennifer. La relación no iba bien en mis años en Conce. Pero el Pedrito siempre me ha apañado en todas. Nunca dejé de llamarlo cuando me vine a Santiago. Y ahora aperra conmigo.

 

Después de llegar y dormir un poco, me pegué una ducha y comí algo. Pedrito me avisó que podíamos ir a vender por acá cerca. Salimos en el Mazda, pero se me antojó comprar cigarros. “Vamos donde el Pailita, viejo”, me dijo. Le pregunté si el tal Pailita era de fiar. Se rio, me dijo que Pailita era un cantante, que el local tenía ese nombre, pero el cabro que atendía, en realidad, se llamaba Christofer. Era muy parecido al cantante, entero piola. “Como el Pailita, dispara con pistolitas de agua. En vez de agarrarse minas ricas, se agarra a la mamá, jaja”, me aseguró. Me indicó las calles por donde ir.

 

Le dije que se bajara él. Partió al negocio y un cabro lo saludó y le vendió cigarros. Pero un hueón me quedó mirando fijo detrás del mesón. Estaba al lado del Christofer. Estoy seguro de que lo he visto antes, pero no me acuerdo dónde. Se fue para adentro y mi hijo volvió al auto.

 

“Papá, ¿estai bien? ¡Vamos!”, me dijo y espabilé. Le dije que no pasaba nada y nos fuimos. En la movida todo bien, se bajó el Pedrito, entró a una casa y, en menos de cinco minutos, volvió con la plata. Me aseguró que no hubo ningún atado.

 

Volvimos a Vecinal Sur y el Pedrito pasó al baño. ¿De dónde conozco a ese hueón?

 

            —Pedrito, había alguien en el local de tu amigo, un tipo como de mi edad. ¿Quién era?

            —Ese es el papá del Christofer, es el dueño del negocio—, me dice gritando desde dentro del baño.

            —Ya, y ¿cuál es el apellido del Christofer?, ¿lo sabís?

            —Sí, dame un segundo… Ah, ya sé: Riquelme.

 

¡Concha tu madre, sabía que conocía a ese culiao! Tengo que rajar, está claro que ese ahueonao debe haber avisado a los pacos. Deben estar por llegar. Lo siento por Pedrito, pero me largo sin decirle nada. Y esta vez el hijo de puta de Riquelme no se va a salir con la suya, tiene los días contados, lo juro.


miércoles, 4 de diciembre de 2024

Suspiro



Karla, no pretendo con estas palabras excusar mi error. Sin embargo, hubo muchas cosas de mí que no te conté, como que provengo de una familia disfuncional, que en mi casa nunca se hablaron de frente los problemas y me enseñaron a ocultar mis sentimientos. Mi padre no me instruyó en la llamada “educación sentimental” y creo haber aprendido a los porrazos, sacando lecciones de los errores. En ese entonces, la verdad, no lo tenía tan claro.

 

Ese año cursaba periodismo en la Universidad Andrés Bello, mi segundo intento por terminar la carrera. Era unos años mayor que mi generación. Mi rutina consistía en asistir a clases y, ante la más breve distracción, me iba a emborrachar con compañeros en la explanada de la avenida República. Era mi forma de evadir dolores que no asumía, como la inminente separación de mis padres. En casa las discusiones aumentaban, con una sensación de vivir en Vietnam. Y justamente una de esas tardes llegaste invitada por la Danitza.

 

¿Recuerdas que esa noche terminamos en el calabozo? Estábamos tan entretenidos todos sobre el pasto cuando llegaron los pacos en sus motos. En la comisaría nos separaron por géneros, y Marcelo también aportó para la fianza. ¿Sabes?, no me molestó que engancharas con él. Si bien tu belleza fue una carta de presentación de la que acusé recibo de inmediato, él era mi amigo y, si iniciaba una relación contigo, me parecía bien.

 

Pero no me olvido de esa vez que nos encontramos en la Alameda. “El Marcelo es un cabro chico, a mí me gustan los hombres mayores”, me dijiste cuando te pregunté por mi amigo. Karla, ahora tengo la seguridad de que quisiste coquetear conmigo. Claro, era unos años mayor que Marcelo, pero nunca me he caracterizado por mi madurez ni por ser experimentado en la vida. Ni en el amor.

 

Las incipientes canas me permiten ver desde esta altura con mayor nitidez el camino del ascenso. Tiempo después me di cuenta de que esa noche, otra vez en un carrete en avenida República y luego de que con coqueterías sacudieras mi torpeza, provocaste a este tipo que llegó de la nada al grupo. Hasta que te terminó agrediendo con unos coscachos. Buscabas que reaccionara, sabías que no iba a permitir eso. Y lo conseguiste. Con los ojos llenos de ira, te tomé la mano y te dije categórico: “Karla, vamos”. Seguramente lo recuerdas. Marcelo nos gritó desde atrás: “Rafael, cuídala, pero no la abraces”. No me arrepiento de esa supuesta traición a mi amigo, sino de algo realmente importante.

 

Quiero que sepas que esos besos y caricias que nos dimos en la Alameda significaron mucho para mí. Sonrío al recordar lo pavo que era. Si hasta me ordenaste que te invitara una sopaipilla. Y yo te decía, con tal ingenuidad, “Karla, no tenemos plata”. Seguramente recuerdas eso también, pues ahora entiendo que eras consciente de que gastar los últimos cien pesos que me quedaban era una forma de que asumiera un rol en la conquista que, de lo contrario, habría dejado pasar.

 

Ese año me sentí muy solo. Pero estuve esa noche contigo. Karla, fuiste un respiro, una inyección de vida, un suspiro que floreció en el desierto.

 

Más tarde, cuando nos fuimos a mi casa y después salimos junto a amigos que no eran de la universidad, puede que te haya descuidado en esa disco de Irarrázaval. Si bien me desconcertó que partieras abruptamente, no lo lamento. De lo que sí me arrepiento fue de la estupidez que cometí a los días siguientes.

 

Karla, sé que esto no es justificación, pero de verdad que nadie me había enseñado el refrán “los caballeros no tienen memoria”. Por absurdo y loco que parezca, por esos años no entendía casi nada de mí mismo ni del mundo que me rodeaba. Era tal mi sentimiento de inferioridad por mi mala suerte en el amor que, en una reunión en casa de unos compañeros, en la que no estaba Marcelo, quise reafirmarme y conté detalles que jamás debía haber pronunciado.

 

Entiendo que no hayas querido verme más, pese a mis disculpas. En los meses que vinieron pensé mucho en ti y los instantes de pasión de aquella noche, le di muchas vueltas a la idea de haberte perdido. Te extrañaba y aún ahora me haces tanta falta. Si tan sólo pudieras leerme, si pudieses escucharme…

 

No sé si te enteraste de que, al año siguiente de conocernos, congelé la carrera y, tras la separación de mis padres, me fui a vivir con mi papá. Pero su salud empeoró y terminé viviendo de allegado con unos tíos. A veces iba de visita a la Escuela de Periodismo y me reencontré con Marcelo, estaba todo bien con él.

 

Pero un día me sumé a una celebración por el fin de año y, de una regada convivencia en el Parque O’Higgins, terminamos en un boliche en el Barrio República. Ahí bailé con una chica que no era de la universidad. Quise saber cómo había llegado a ese carrete de periodismo y me aclaró que por la Danitza. Entonces le pregunté por ti y me miró extrañada. “La Karla se murió”, dijo sin preámbulos. No lo podía creer, fue un impacto similar a recibir un contundente golpe de puño en la sien. “¡¿Qué?! ¿En serio? ¿Es la misma Karla que conocí?”, la interrogué aturdido. Ella me contó que fue un accidente, que viajabas con tu pololo en su auto y se estrellaron fatalmente. Más tarde acabé completamente borracho en la Alameda.

 

Fue tal el estremecimiento y la desazón por tu muerte, Karla. No me pude despedir y ahora daría cualquier cosa para lograr retroceder el tiempo y hacer todo distinto. Ahora estas palabras se desvanecen en el vacío.

lunes, 4 de noviembre de 2024

Aporteñadas

 


Una historia de Instagram llamó rápidamente la atención de Jane. Slam Valparaíso realizaría un taller la mañana de este sábado en la casa central de la Universidad Católica del puerto. Parecía la perfecta oportunidad para volver a crear.

 

El sábado temprano se duchó para luego tomar la micro hasta el plan de Valparaíso. Era primera vez que iba a esa casa de estudios, pese a su trabajo con académicos de allá.

 

Al lograr ubicar la sala universitaria donde se realizaría el taller, cruzó el umbral y de inmediato la recibió una chica no muy alta, de cabello ondulado y tenida hippie. Jane, por su parte, también vestía un diminuto chaleco de lana, comprado en una de sus visitas a una feria porteña.

 

—Hola, soy Constanza, la profesora del taller.

 

El contraste en altura se hizo evidente cuando Jane se agachó para saludar de beso a su monitora, como si una mujer fuera considerada con una niñita que otro adulto le presentaba.

 

En el grupo, todos jóvenes, había un tipo también alto, era colombiano y estaba de paso por la ciudad puerto. Apenas entró Jane a la sala él se fijó en ella.

 

Vino la ronda de presentaciones y ella explicó que su nombre completo era Jane Mensik, nacida en Oklahoma, Estados Unidos. Tenía estudios de literatura en el país norteamericano y desde hacía seis años estaba residiendo en Chile, primero en Santiago y, hace cuatro meses atrás, en Valparaíso. Hablaba el español sin un marcado acento gringo, pero comentó que su trabajo acá era en traducciones de papers académicos y pasaba gran parte del día conectada a Internet en su departamento. No conocía a mucha gente en la ciudad.

 

Constanza, al momento de introducirse, contó que era de Santiago, pero vivía en Valparaíso desde hacía tres años. Además de narrar sus inicios en la poesía y el canto popular chileno, acogió a Jane al señalarle que ella, al igual que otras compañeras de Slam Poesía, eran “aporteñadas.

 

Otro alumno de la clase le comentó a la chica norteamericana que había mucha conexión entre la poesía chilena y la estadounidense, pues grandes poetas nacionales, como Óscar Hahn y Carmen Berenguer, habían realizado parte importante de su obra en el país del norte.

 

Ah, no. Yo prefiero la literatura chilena.

Claro, pero me refiero a que ambos mundos pueden coexistir.

—I’m really tired of the American poets. Muchos poetas que he conocido en Chile me preguntan por Allen Grinsberg, or that fucking Ferlinghetti. I’m sick of all these people…

 

Hubo un silencio general. El compañero que le preguntaba no quiso insistir por nada del mundo. Continuó la roda de presentaciones sin tocar el tema de nuevo.

 

Durante la clase, en que Constanza expuso técnicas para declamar e interpretar histriónicamente los textos poéticos, Jane hizo pareja en una dinámica con el chico colombiano. Ella se sintió un tanto invadida cuando el joven mostró un interés romántico, pero prefirió no ser tan tajante esta vez.

 

—¿Todas las chicas americanas son tan bonitas como tú?

—Gracias por lo de bonita, pero te diría que hay chilenas que encajan mejor en tu perfil.

—¿Te molesta que sea sudamericano?

—No, es que vine a aprender a declamar mi poesía. Let’s leave the labels for another workshop, okay?

 

El colombiano no se ofendió con el rayado de cancha de esta chica, optó por concentrarse en la dinámica. Y el resultado de ambos, frente a sus compañeros, fue exitoso.

La actividad en la sede universitaria cerró con agrado por parte de todos y Constanza les anunció que, después del almuerzo, había una presentación voluntaria de sus poemas en una lectura slam en el Mercado Puerto.

 

Jane no sabía dónde quedaba ese lugar y, una vez que la profesora culminó la clase, se acercó a pedirle indicaciones para llegar. La Coni, como dijo que podía llamarle, le indicó que no se preocupara, que podían ir a almorzar juntas a un local cercano, si ella quería, para luego dirigirse acompañadas hasta el lugar de la lectura.

 

Caminaron por la avenida Argentina hasta un boliche donde comieron merluza con puré. Jane aceptó ese plato por cortesía, aunque no solía escoger comida típica chilena. Su rutina en el elegante departamento de Cerro Placeres se reducía a comprar en un amplio y cercano supermercado Líder, donde encontraba productos importados, como cereales americanos o similares a los que estaba acostumbrada desde niña. Si bien en Santiago la habían invitado a restaurantes de comida nacional, conocía las empanadas de pino, el pastel de choclo y otras muestras de gastronomía criolla, estos platos no estaban en su menú acostumbrado.

 

Coni le preguntó si le gustaba Valparaíso, o mejor dicho Chile en general. Jane de inmediato se percató que la poeta quería identificar qué clase de “gringa” era, lo que la incomodó un poco. Le respondió que lo encontraba un país seguro y confiable, pero no podía hablar con profundidad del tema porque muchas de sus interacciones desde que había llegado eran de forma virtual y no se había dado el tiempo de conocer el alma chilena.

 

Constanza le comentó que le encantaría conocer Estados Unidos algún día. Aún no se le había presentado la oportunidad.

 

Mucho de lo que se conoce en Chile de los gringos y de Europa es por libros y películas. Amigos que han viajado a Estados Unidos me han aclarado que no todos los norteamericanos son como Adam Sandler y Jennifer Aniston en “Friends”, que hay mucha diversidad y es una nación muy grande. Como siete países en unodescribió ella, y Jane asintió con una sonrisa.

 

Terminado el almuerzo tomaron una micro hasta Plaza Sotomayor. Caminaban en dirección al barrio puerto cuando divisaron un café Starbucks en una esquina. Jane sonrió y dijo que esa franquicia iba a conquistar el mundo.

 

—Claro, no es por ser pesada, pero se nota el imperialismo yanki.

—¿Lo dices por Irak?

—¡No!, por Chile —replicó Constanza molesta.

—¿Y qué tiene que ver este país con Estados Unidos en eso?

¡El golpe de Estado de 1973! ¿Acaso no sabes que fue Nixon y Kissinger quienes, junto a la derecha política chilena, orquestaron la caída del presidente Allende? —insistió con rabia.

—I didn’t know that…—, se excusó Jane.

 

Constanza asumió la explicación con indulgencia. Pensaba que los norteamericanos sabían de su historia reciente. En fin, le agradaba Jane y no había querido ser combativa con ella.

 

El sol de invierno templaba un poco la calle Serrano por donde enfilaron hacia el Mercado Puerto. A pasos del edificio histórico, atravesaron la Plaza Echaurren. A Jane le cambió el semblante al ver ancianos mendigando, puestos de sopaipillas y papas fritas en la calle, perros vagabundos famélicos, jóvenes punk pidiendo monedas, hombres vestidos con trajes antiguos a maltraer, gritando desafiantes.

 

Constanza notó la cara agria de la estadounidense y le preguntó si se sentía bien, si antes había pasado por acá. Ella le respondió que no se preocupara, pero no, no había caminado antes por esta plaza.

 

En el Mercado Puerto se reunieron con los otros alumnos del taller. El chico colombiano volvió a intentar conversar más profundamente con Jane, pero ella lo rechazó con evasivas. En la lectura, la joven americana se lució al interpretar su poema, con párrafos en castellano y otros en inglés que, si bien la mayoría no entendió estos últimos, algunos ojos se humedecieron, unas sonrisas tímidas asomaban en los presentes e, incluso, unas cuantas personas quisieron abrazar a Jane, pero ninguno se atrevió.

Hubo una ronda de despedidas e intercambio de contactos entre los alumnos una vez finalizada la actividad. Constanza se acercó luego a Jane y le preguntó si tenía planes para el resto del día. Ella reconoció que no tenía nada en mente y que le gustaría seguir conversando con esta poeta chilena.

 

Entonces Coni le propuso que fueran a su departamento. Comenzaba a oscurecer y podrían comprar un vino y algo para picar, que ella vivía sola y podía estar hasta cuanto tiempo quisiese. De hacerse tarde, Jane podría pedir un Uber de regreso a casa.

 

Jane aceptó con mucho gusto y le agradeció la invitación. Pasaron a una botillería de Plaza Echaurren y luego, guiada por Constanza, caminaron hasta el ascensor Cordillera. Coni le explicó que este funicular era un monumento histórico que existía desde fines del siglo XIX, que incluso era un atractivo turístico porteño.

 

Al llegar al ascensor, un grupo de gringos estaba a la entrada, con un guía turístico chileno explicándoles en inglés la historia del monumento. Uno de ellos se percató de Jane y por su aspecto se acercó a las chicas.

 

—Hey, girls. Where are you from?  —les preguntó el gringo.

—Respóndele, Jane —la instó Constanza, pero ella señaló en un perfecto castellano que no lo conocía ni que le interesaba nada de este tipo.

 

Constanza quedó asombrada. Mientras ascendían contemplando el atardecer de Valparaíso, le preguntó si le gustaban las mujeres, si acaso tenía pareja acá.

 

—No se trata de eso, Coni. Me gustan los chicos. No tengo novio ahora, es cierto, pero es un asunto distinto. Ya te explicaré.

 

Su nueva amiga se disculpó por la pregunta indiscreta. Le explicó que había visto al chico colombiano del taller coquetear con ella y, hace poco, a este joven americano acercarse. No era una cuestión de prejuicio, sólo quería conocerla mejor.

 

Guardaron algunos minutos de silencio luego de bajar del ascensor, mientras caminaban al departamento de Constanza. Al llegar, ella encendió luces, ubicó un incienso en medio del living y sacó un par de copas de la despensa.

 

Mientras descorchaba el carmenere, Coni le confidenció a Jane que había tenido experiencias con hombres y mujeres. La joven americana entendió de inmediato que había llegado el momento de sincerar su verdad, lo cual la hizo sentir un tanto nerviosa.

 

—Jane, te encuentro una mujer atractiva. Reconozco que me llamaste la atención cuando llegaste en la mañana al taller. Pero entiendo que, si no buscas una relación ahora, es tu decisión y la respeto. Podemos ser amigas.

—Me caes bien, Coni. Me gustaría que lleguemos a ser amigas. Sólo que me pareció muy directa tu pregunta.

—A veces me falta sutileza. Lo que sucede es que hay varias piezas de tu puzle que no me encajan. Entiendo que estás radicada en Valparaíso desde hace unos meses, pero recién vienes conociendo la Plaza Echaurren. No te agrada la cultura americana, lo puedo entender, pero no pareces haber dado paso a la vida social chilena hasta ahora. ¿Por qué decidiste dejar atrás Estados Unidos y venirte a Chile?

 

Jane bebió varios sorbos de vino y lo degustó por unos instantes, mientras reflexionaba sobre las palabras que diría.

 

—Es verdad, dejé mucho atrás en mi país y hay un motivo importante. No es fácil para mí contarte esto. Mi familia es de Oklahoma, muy tradicional. También tuve una infancia compleja. My uncle Frank…

—¿Qué sucedió con tu tío, Jane?

—Él es un hombre muy vividor, hermano menor de mi padre. Durante años ha estado viajando dentro y fuera de Estados Unidos, con empleos y oficios temporales. De niña le tenía cariño, siempre que llegaba de visita a Oklahoma traía regalos exóticos e historias entretenidas. Cuando tenía 12 años tuvo problemas económicos y mis padres lo acogieron en nuestro hogar. But then…

—Entonces, Jane, ¿qué sucedió? ¿Te hizo algo?

—Frank solía llegar tarde muy borracho y, a veces, discutía mucho con mis padres. Comenzó a entrar de noche a mi habitación—, contó la joven y bajó la mirada.     

—¿No le contaste a tus padres?

—No me creyeron o simplemente no quisieron asumir lo que sucedió. A los 18 años terminé la secundaria y me mudé de estado para asistir a la universidad. Por esos años él vivió en México, no sé, o tal vez en otro lugar. Tuve novios en mi adolescencia y durante mis estudios, but it has always been a difficult issue for me...

—¿No quisiste acudir a psicoterapia?

—Fui a varias y por un tiempo me ayudaron mucho. El problema fue que después de graduarme volví a Oklahoma, esta vez en mi propio apartamento. Pero Frank regresó y mi familia... Finalmente decidí dar la espalda a todo y me vine a Chile. Conocí a algunos chilenos en la universidad que me hablaron muy bien de este país. Y aquí estoy, Coni…

 

Constanza guardó unos minutos de silencio y enarboló un breve discurso torpe, del cual se arrepintió al poco de haberlo pronunciado. No encontraba las palabras adecuadas, no sabía qué decirle para que se sintiese mejor. En el fondo, quería decirle tanto, pero no sabía cómo hacerlo.

 

Se quedaron calladas mirando las luces del puerto, por el ventanal del living, en una compañía silenciosa.


domingo, 21 de abril de 2024

El marco del vacío



 
Desde mi ventana no se ve el mar
sólo el letrero, en la casa de enfrente
que indica la calle en un cerro de Valparaíso
y unos perros famélicos que escarban la basura.
 
Por la tarde me refugio en la ficción
de una poeta mapuche avecindada en el puerto
y salgo al patio interior a fumar en silencio.
Los estibadores portuarios apenas se sienten.
 
Desistí de bajar a Plaza Sotomayor
a escuchar lenguas extranjeras
que alimentan el turismo y se maravillan
con los ascensores, fauna criolla y pintoresca.
 
Ya llegarán los días en que cambie los paseos
melancólicos por los cerros de Playa Ancha
para emborracharme en el Cinzano
o disfrutar tabaco importando en el Paseo Atkinson.
 
Por ahora prefiero imaginar
el cadencioso vuelo de las gaviotas
de regreso a un hogar marino
que no les pertenece.

domingo, 7 de abril de 2024

Delito escolar




Las migas, abundantes cúmulos en mi boca
trozos de mortadela sacian mi paladar
mi estómago de infante va a estallar en hastío
en el recreo del kínder arrojo
la marraqueta por túneles de cemento.
 
Mi abuelita me pregunta por la colación
tras confesar el delito escolar
reprimenda por desperdiciar vida
eso no se bota.

miércoles, 11 de octubre de 2023

El efecto mariposa


 

Fundirme en el mecanismo interno del celuloide
me apodero de la ficción en sus propiedades
soy el protagonista del filme “El efecto mariposa”
para dibujar sobre lo escrito el horizonte.
 
Gracias a mis cuentos y poemas, palabras en papel
soy capaz de retroceder años de sufrimiento
me instalo en mi época de juventud, a los 20 años
quiero hundir otros cimientos a mis días.
 
Estudiante tímido, escondo el llanto bajo las sábanas
no logro dar las palabras a mis pesares
deambulo solitario por pasillos de la universidad
siento que nadie puede verme y mi óptica es brumosa
no descifro a la raza humana, menos a las mujeres
me enamoro perdidamente de una compañera
hija de un poeta que imprime melancolía a mis pasos.
 
En casa soy un perrito faldero, mendigo cariño, me utilizan
oscuros secretos se fagocitan durante la noche
busco la aprobación de mi padre
y él prefiere ocultarse en legajos burocráticos.
 
La podredumbre me invade en Santiago de Chile
cambiar de aires, emprendo la ruta tras la Cordillera
con el pretexto de dar vuelta la página
la novela de mis días se escribirá con tinta fresca.
 
Retrocedo hasta el año 1995 para enmendar
los tropiezos que golpearon mi mentón y orgullo
saldar con prisa las cuentas del pasado
decoro mi habitación con mis poemas en las paredes
un colchón abierto para observarme en los ojos
de mujeres a las cuales habito
las vetas del Roble se extienden a la luz matutina.
 
Rebobinar calendarios no significa alterar el diseño
el efecto mariposa es un ladino eclipse
celuloide replica las encrucijadas cual maldición
que me acosa por laberintos de años y caras familiares.
El error fue no vislumbrar el fondo del pozo
más que escoger el sendero a la claridad
aguas turbias no se remueven
con sólo alterar la dirección del viento.
 
Peligroso juego el de rasgar vestiduras
sólo contribuye a desnudar remordimientos.