lunes, 7 de abril de 2025

Raíces profundas

 



A Renato le daban vueltas en su cabeza las palabras de la terapeuta. Por cierto, el tema no le resultaba indiferente, y era evidente que había una alusión directa en esa historia. “En serio, Renato, me ocurrió hace algunos años atrás: un paciente nunca pudo superar el límite laboral que alcanzó su padre. Por más que se esforzaba, su inconsciente siempre le hacía una zancadilla que le impedía progresar en su carrera profesional. Por eso, nunca hay que descuidar la Sombra, como solía llamar Jung a nuestros fantasmas ocultos en zonas mentales”.

En cuanto a sendero profesional, le parecía un eufemismo considerarse a sí mismo dentro de esa categoría. Con mucho esfuerzo, y tardíamente, se había titulado de Licenciado en Filosofía de la Universidad de Chile, carrera bastante apreciada cuando empezó los estudios, pero que ahora lo mantenía esclavizado a un liceo pobre, donde se gastaba la voz tratando de enseñar los pre socráticos y otros pensadores menores a muchachos que poco y nada les atraía esta disciplina. Aún peor eran sus honorarios, que apenas le alcanzaban para vivir míseramente arrendando un departamento en la Villa Olímpica y no le permitían compartir el hogar con su novia y la hija de ella, a la que quería como si fuera de su propia sangre.

Pero la figura de su padre calaba hondo, en especial porque ahora lo recordaba en la memoria con nostalgia. Abogado de profesión, tuvo una relación compleja con él durante su vida, mas no por eso había dejado de quererlo. Fallecido hacía años, para Renato fue un duro golpe perder a su progenitor cuando aún lo necesitaba en el apoyo emotivo. Lo añoraba, y muchas veces él era un recordatorio de su padre para la familia y algunos amigos suyos, que aún aparecían por los círculos sociales que Renato frecuentaba. Siempre le hicieron notar que imitaba a su padre, de forma más o menos consciente. La excesiva formalidad, la actitud conciliadora, el empleo de un lenguaje culto y, a veces, incluso rebuscado, los modales caballerescos y la inclinación por temas intelectuales, rayanos en la pedantería, eran rasgos que él había heredado y asimiló con los años.

Esta similitud no significaba, eso sí, que la relación hubiera sido todo el tiempo libre de conflictos. El padre de Renato solía ser autoritario y un tanto displicente. El hijo lo buscaba y buscaba y, tal vez justamente por eso, sentía una admiración frustrada de niño hacia su padre, razón bastante comprensible para imitar sus actitudes. Por eso Renato nunca mostró interés por el Derecho. Imaginaba un trabajo de abogado tedioso y demasiado estructurado, excesivamente tradicional. Y las diferencias se acrecentaron durante el proceso político del Plebiscito de 1988. Si bien Renato era un niño, cuestionó firmemente que su padre apoyara la dictadura militar, recibiendo las respuestas desganadas de su papá, que veía en esas impugnaciones a un simple infante que no entendía de lo que estaba hablando.

Pero en la familia también había cuestionamientos hacia la figura paterna. Tanto Renato, como sus hermanos, le insistían a su padre en que dejara el trabajo de empleado municipal, mal remunerado, y optara por entrar a una empresa privada, donde tendría mejores posibilidades. El padre se sentía a gusto en el Departamento Jurídico de la Municipalidad de Ñuñoa, era su hábitat natural, y en las contadas ocasiones en las que se había esforzado por posicionarse en un empleo con mejor sueldo, había recibido portazos en la cara.

Todo este puzle de memoria familiar cruzaba sus pensamientos mientras veía avanzar parsimoniosamente las estaciones de la Línea cuatro del Metro, de regreso a casa luego de una cansadora jornada en el liceo, cuando su ánimo despertó al recordar que, en una conversación de pasillo horas antes, un colega le había avisado que en la Universidad de Chile abrieron una convocatoria para cursar doctorados con atractivas becas. Renato sabía lo que ello representaba: de por sí aumentar sus ingresos, perfeccionarse, y fácilmente alcanzar un empleo de profesor auxiliar en la Facultad de Filosofía, camino próspero a la docencia. Una oportunidad como esa no la podía desperdiciar.

Mientras caminaba por la explanada de la Estación Grecia rumbo al paradero del Transantiago, llamó a su novia para darle las buenas nuevas, y ella lo felicitó por la posibilidad, además de rogarle que las visitara más seguido, que lo extrañaban. Sí, amor, es que las clases me consumen, pero de resultar esta beca todo cambiaría para nosotros. ¿Te imaginas viviendo juntos?, ¿siendo la mujer de un académico universitario?

Había oscurecido cuando llegó a su departamento. De inmediato encendió luces, el hervidor para una taza de té y el computador de escritorio: no quería perder un minuto en revisar el formulario de postulación. Mientras fumaba con la ventana abierta en el undécimo piso, iba repasando mentalmente todos los documentos que debía adjuntar, los cuestionarios a escribir y, sobre todo, el paper que le exigían para postular. Pensó escribirlo sobre Wittgenstein, un filósofo a su juicio poco valorado. Además, era novedoso y de su interés personal. Sólo había un reparo en todo ello: el plazo de cierre era dentro de dos días, por lo cual no dudó en calentar mucha agua y agotar su reserva de café. Pese a que tenía clases en el liceo al día siguiente muy temprano, bien valía la pena la vigilia escribiendo.

Cerca de las cuatro de la madrugada, ya evidentemente cansado, Renato sintió que alguien caminaba en el pasillo. Giró de su silla y, con espanto, vio que su padre lo miraba con lástima. Restregó sus ojos para ver si no era una fantasía por la falta de sueño.

—Hasta estas horas trabajando, Renatito, ¿acaso pretendes resolver tu futuro en una noche sonámbula?

—¿Qué haces aquí, papá? Esto no puede estar sucediendo.

—Lo que no puede suceder es que pretendas aumentar tu sueldo con tus libritos de filosofía. ¿Es que acaso a los socialistas trasnochados ahora les dio por ser intelectuales financiados por el Estado? Disquisiciones espurias, caldo de cabeza…

—Claro, lo había olvidado, tú siempre argumentando desde la retórica, con palabras pedantes como disquisiciones.

—Hijo, hazte un favor, anda a acostarte y deja de soñar despierto.

Fue en ese momento que Renato abrió los ojos de golpe y lo cegó la pantalla iluminada del computador con el documento que redactaba a medio terminar.

La jornada laboral al día siguiente le pareció a Renato una tortura. Hasta sus alumnos su burlaron de sus ojeras, y por la falta de sueño estaba con un genio muy irritable. Por poco se desquita humillando a un muchacho que intentaba pasarse de listo con preguntas capciosas. Horas después, en la cafetería del liceo, dando sorbos cadenciosos a un café muy cargado, se sentía a gusto de haber concluido por la mañana de ese día la postulación en línea a la beca. Era optimista: tal vez su paper no fuera tan prolijo (lo escribió con evidente apuro), pero era original y hasta elegante. De quedar seleccionado podría al fin decir adiós a ese liceo de mala muerte, aspirar a una vida mejor.

Los días que siguieron fueron de mayor calma, Compartió varios fines de semana con su novia y la hija de ella. Le contó pormenores de su postulación, hicieron planes juntos. Sabían que eran sólo castillos en el aire, pero buscaban conservar el optimismo, pese a que no daba garantías de nada. Renato le contó a ella el sueño con su padre, de lo angustioso que le resultaba.

—Es un tema que no has resuelto, por eso te sigue penando su recuerdo. Tienes que liberar esa tristeza.

—Lo sé, Belén, pero a veces pienso que es más fuerte que yo, que no hay forma de control sobre mi inconsciente.

—¿Y la terapeuta no te ayuda con eso?

—Le habló mucho sobre mi padre. De hecho, me ha dado varias señales que me hacen pensar mucho. Pero es como si fuera una sombra que me persigue.

 

A los pocos días, mientras Renato se disponía a impartir una clase de la tarde en el liceo, lo llamaron desde la Facultad de Filosofía. Era para una entrevista con el secretario académico del programa de posgrado. Sintió una mezcla de entusiasmo y temor a la vez. Muy educado, excesivamente formal, agradeció la llamada y confirmó su asistencia. Inmediatamente telefoneó a Belén para darle la noticia. Ella lo tranquilizó asegurando que tenía capacidades de sobra para quedar en el doctorado.

El día de la entrevista Renato se levantó muy temprano. Vistió una tenida formal, desayunó ligero, y caminó hasta el paradero con serenidad. Fue un sentimiento de nostalgia el volver a pisar el Campus Juan Gómez Millas: los mismos patios, los edificios de distintas facultades, los rincones que albergaban recuerdos. Los directivos de la Facultad de Filosofía habían cambiado, y Renato no guardaba mayor contacto con su alma mater desde que se tituló. Sin embargo, lo reconoció la misma secretaria de la Escuela.

Sentado, a la espera, repasaba su postulación de hacía algunas semanas y creía estar bien fundamentado para ser recibido por el secretario académico. Lo hicieron pasar y fue recibido por un hombre de unos cincuenta años, de rictus serio y barba prominente. Con un trato seco pero amable, la autoridad de la Facultad le explicó a Renato que sus antecedentes eran muy valiosos, muy buen currículum y recomendaciones, pero que le extrañaba que un egresado de la carrera con tan buenas notas cometiera lo que, no podía ser de otra forma, era un error estúpido: su paper era sólido, bien argumentado, de redacción prolija salvo porque estaba incompleto. El secretario le preguntó extrañado qué diablos le había sucedido, pues no cabía posibilidad de que un postulante tan sobresaliente entregara como trabajo final ese ensayo inconcluso.

Renato sintió el mundo derrumbarse ante sus ojos. Percibía menos luz que hace un momento y un nudo de tristeza le ahorcaba la garganta. Sería este, como le insistía su terapeuta, un acto fallido, una maldita zancadilla del inconsciente. Pero ¿qué significaba?, ¿qué motivó un error tan burdo?

Por cierto, el cielo se había nublado a la salida del Campus en Ñuñoa. Caminó escuchando la brisa sobre las hojas en sordina por la calle Ignacio Carrera Pinto. Perros quiltros le ladraban a su paso y Renato, con desdén resignado, los ignoraba. Una vez llegado a la avenida Grecia, entre un grupo de empleados de aspecto burocrático que cruzaron en su camino, creyó ver, con semblante taciturno, a su padre sonreír adolorido.


martes, 4 de marzo de 2025

El hombre ausente

 


“Y todo ¡¿para qué?!/ Para ganar un pan imperdonable/ Duro como la cara del burgués/ Y con olor y con sabor a sangre”. Los versos del sabueso Parra resonaban en la cabeza de Agustín a esa hora. Atardecía en Maipú y los borradores de sentencias judiciales parecían crecer como montañas en desarrollo geológico ante sus ojos. El sólo pensar en que debía transcribirlas en el viejo computador, ya arrastrando ojeras que se adosaban sempiternas sobre sus pómulos, además de la labor de corregir la gramática y la nomenclatura jurídica, no le dejaban más alternativa que suspirar, formar una leve sonrisa de resignación. Para sobrellevar el tedio, imaginaba pasos por la campiña del sur de Francia, en épocas doradas, como aquellas que con tanta maestría plasmara Van Gogh en sus días de asueto creativo, las mismas que revisaba en su triste habitación por las noches, siempre recurriendo al libro con ilustraciones en papel couché, tal vez su más sagrado refugio a la sofocante faena de los días hábiles.

Apenas finalizada su jornada diaria, este treintañero emprendía rumbo a Estación Central, en una travesía en el Transantiago que nunca dejaba de ser sofocante. Empujones, vagones del Metro como latas de sardinas humanas, los gruñidos y amenazas en el habitual desplazarse por la capital parecían el aderezo que singularizaba los viajes. Por sobre esos malos ratos, lo que exasperaba a Agustín era la indiferencia con que la sociedad tenía costumbre de responderle: el otro día se había detenido en un puesto de flores a la salida de la Estación Quinta Normal, pensando sorprender a su novia con un regalito, y se sintió literalmente un hombre

invisible. “Disculpe, quiero media docena de claveles blancos”. Sus palabras quedaron suspendidas en la fría noche santiaguina. El dependiente seguía mirando la teleserie previa a las noticias centrales, desde un pequeño televisor a baterías, y la que supuso su mujer ni se inmutó ante sus requerimientos, tan entretenida estaba conversando con la señora del puesto de sopaipillas. Que el Benja Vicuña cada vez más lindo, que la Raquelita se tituló de abogada, qué niña más habilosa, que se ríe tanto en las mañanas con las locuras del Luchito, y el pobre Agustín, insiste que insiste y nada, como si fuera un adorno más del paisaje. Ser anónimo que camina en medio de la masa de personas que regresan de su trabajo, él se dirige a tomar la micro rumbo a casa de Camila.

Su novia lo recibe amorosa, lo invita a sentarse y un café. Es un verdadero oasis, enclavado en esta sucia y ruidosa urbe, la casa de Camila. Sin embargo, ambos saben que la madre de Agustín no acepta la relación, y él se ha visto durante meses en la necesidad de perseverar en la mentira de una novia de nombre ficticio. Los prejuicios sociales, esa absurda manía que tenemos los chilenos de sentirnos siempre por sobre la clase social a la que pertenecemos, han destruido la intención de estos jóvenes de vivir un amor libre de tabúes y encuentros clandestinos.

Agustín y Camila beben café y conversan sentados en la terraza de la casa de los padres de ella. Él se desahoga detallando los pormenores de su asfixiante trabajo, parece un plañidero cantor de gesta y Camila lo consuela como una madre a su pequeño, mientras acaricia su escaso pelo. Juntos fantasean sobre la posibilidad de que Agustín encuentre un mejor trabajo, el sueño de irse a vivir a un departamento lejos de las respectivas familias, de disfrutar la relación a sus anchas y sin comportarse como adolescentes, de escaparse algunos fines de semana a algún balneario. Pero la dura realidad los aplasta luego de descansar sobre la nube: el desempleo aumenta en Chile, Agustín no terminó sus estudios de Derecho, el trabajo en el que se desempeña pretendía ser sólo por un tiempo, pero se ha prolongado, sin otra opción mejor y así…

Avanzada la noche se despiden con largos besos, como para recordarse mientras no se ven y Agustín emprende su regreso a casa, en Maipú. En el camino al paradero, se detiene en un boliche del barrio a comprar un encendedor para fumar mientras camina, así el frío se condimenta con un poco de humo de tabaco. Entra a la botillería y saluda al dependiente, pero él no se inmuta pues está concentrado viendo la teleserie bíblica del canal de televisión nacional. Agustín se exaspera y le grita que no es un dibujo en la pared, que cómo no lo atiende. El hombre se digna a mirarlo de soslayo y le replica que no le quedan encendedores. ¿Y ésos que veo ahí, qué son? Mire, joven, no le puedo vender, estoy sin boletas. Agustín está a punto de estallar y aparecen en el local unos tipos que parecen ser viejos amigos del dependiente, lo saludan efusivamente e intercambian bromas, piden comprar cervezas, vasos de papel y entre tanta algarabía el joven se desanima y prosigue su camino desconcertado.

En el solitario viaje a casa, Agustín piensa en su rutina y el lejano futuro que desearía. Ve a una hermosa muchacha leer “Madame Bovary” en el Metro y por instantes desea ser unos de los amantes de Ema en la Francia del siglo XIX, transportarse, como por arte de magia, a otro lugar geográfico, a otra época, abandonar esta vida de mierda que soporta día a día. Suena el teléfono móvil y lo despiertan de su ensoñación los gruñidos de su jefe, que las sentencias del Juzgado de Policía Local no pueden esperar, que está atrasado al menos una semana en el calendario de resoluciones judiciales, que no sabe en qué diablos ocupa su tiempo, que mañana lo quiere a primera hora en la Municipalidad. Agustín, luego de dar vagas explicaciones a regaños que no ameritan explicarse, corta el teléfono y suspira. La bella joven del libro baja en ese momento.

Agustín llega a casa tarde, con frío. Al abrir la puerta siente de inmediato el sonido del televisor a todo volumen. Su madre, que carga con años de viudez y una rutina

de dueña de casa, no encuentra mejor ocupación que echarse en la cama frente a la pantalla, prácticamente todo el día. Está por entrar a su pieza y la progenitora lo increpa: ¿me compraste los remedios que te encargué?, ¿hiciste aseo en tu pieza?, no puedes ser tan irresponsable, Agustín, no nos sobra la plata. ¿Cómo se te ocurre volver tan tarde, con tu madre enferma? Y al final, como un aminorado consuelo, le dice: le dejé un plato de cazuela de ave en el refrigerador, para que se lo caliente rapidito.

Agustín suspira nuevamente. Cierra la puerta de su habitación y se sienta en la cama. Casi por instinto, toma el libro con ilustraciones en papel couché de pinturas de Van Gogh. Abstraído y con la mirada fija en las láminas, que hojea parsimoniosamente, se ve caminando por la campiña del sur de Francia, esos parajes de trigos dorados. Justamente se detiene en la obra “Trigal con cuervos”, en las gruesas pinceladas amarillas sobre otras marrones, en el cielo interrumpido por esferas blancas, simulando destellos de luz y, sobre todo, en los cuervos que coronan el cuadro. Sabe que dos semanas después de pintar ese lienzo, el holandés se suicidó terminando una vida atormentada.

Mira los cuervos con devoción. Transpira, siente mareos, cree traspasar el límite del papel couché y se adentra en el cuadro, mientras de sus brazos comienzan a emerger tupidos plumajes negros, con reflejos iridiscentes azulados y púrpuras, que también colonizan sus piernas. Le crece una larga cola, un grueso cuello y un pico fuerte y oscuro. De un momento a otro sobrevuela su barrio de Maipú, y luego, la noche santiaguina, en busca de residuos, de carroña animal y humana. Quién sabe, tal vez ahora desee pronunciar Nevermore a su amada perdida en otra era.


miércoles, 26 de febrero de 2025

Viento puelche

 



Vacaciones familiares en La Araucanía

un balneario distante por entonces

del prestigio turístico que adquirió en el siglo XXI

en los 80 acogió a tres familias pudientes

que solían compartir en sus ratos libres.

 

Preadolescente tímido, fui a pasear con mis hermanos

y los otros jóvenes con los que veraneábamos

arrendar un bote por la tarde

nos internamos varios niños en el Lago Caburgua

una verdadera odisea en la rutina inocente.

 

El sol se ocultaba y desde la Cordillera

una brisa cálida nos adormeció serenos

líquido apacible, el tiempo se detuvo.

 

Hasta que la calma tornó en peligro

el viento puelche fue arrastrando

la embarcación aguas adentro.

 

Es un episodio de infancia. Salimos airosos

el remar con esfuerzo convirtió esta aventura

más allá del susto, en una anécdota

que recordamos las pocas veces que nos reunimos

los niños de entonces cuando fuimos adultos.

 

Días después de alcanzar medio siglo de vida

evoco el viento puelche de mi infancia

que se ha inmiscuido entre mis sueños

sigiloso, inadvertido, como un fantasma.

 

Al pavimentar rutas, al izar andamiajes

el viento puelche ha irrumpido anónimo

sin preguntar, sin previo aviso

para torcer el curso natural de los hechos

déspota entre prepotentes

y conducirme a parajes insospechados

secuestro de voluntad y raciocinio

como un pequeño bote de niños en aguas recónditas.


jueves, 26 de diciembre de 2024

Lazos blancos en la piel

 


Fue preciso algo siempre / y no fue porque tú / tenías lazos blancos en la piel”,

Silvio Rodríguez

 

Mauricio nunca pensó que iba a terminar enamorado de una joven tan distinta a él. Conoció a la Cata durante una fiesta en la Blondie, a la que fue con compañeros de universidad. Al verla tan sola fumando en una esquina, vestida de negro y con un leve retoque oscuro en los ojos, le cautivó su mirada melancólica y la invitó a bailar un tema de Placebo.

 

Uno de sus amigos se acercó a él, interrumpiéndolo unos segundos. “¿Qué onda. Mauri? No sabía que te gustaban las pelolais”, le comentó al oído. “Tranqui, hermano. No seas prejuicioso”, le respondió con una sonrisa.

 

Cata se movía muy sensual al ritmo de Eurythmics y Mauricio fue poco a poco interesándose más por esta misteriosa muchacha. La invitó a una cerveza a la barra para conversar más cómodos.

 

—¿Viniste sola?

—No, estaba con unas amigas. Pero son enfermas de fomes, se fueron temprano. Bueno, igual son de otra onda.

—Te entiendo. Mira, igual a esta disco viene todo tipo de gente. De hecho, yo estoy con unos compañeros de la U y algunos no se entusiasmaban mucho a venir.

—¿Qué estudias, Mauricio?

—Sociología, en la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. ¿La ubicas?

 

Catalina fue sincera en comentar que sólo le sonaba el nombre. Ella disfrutaba mucho de la movida gótica, pero en su círculo cercano era más bien un bicho raro. Estudiaba Diseño en la Universidad Diego Portales, carrera que escogió pues desde niña le gustaban las Artes Visuales, pero al ser de una familia tradicional y católica, aquel interés nunca fue una opción para sus padres en cuanto a desarrollarse laboralmente.

 

En un momento sonó el tema “Here Comes the Rain Again” y la Cata se entusiasmó. Estiró su mano hacia Mauri y fueron juntos a la pista de baile. Al son de los acordes cadenciosos se besaron por largo rato. Cuando volvían abrazados a la barra, los amigos de Mauricio le comentaron que se iban. “Quédate”, le pidió ella. “Puedo ir a dejarte a tu casa más tarde”, le explicó. Él intuía que esta chica podía haber venido en auto, por lo que se despidió de sus compañeros y se instalaron a disfrutar unas piscolas, mientras conversaban y, a ratos, volvían a besarse.

 

Avanzada la madrugada decidieron irse y Mauricio le aclaró que vivía en Recoleta. “No es problema, te llevo, pero me tienes que guiar porque no me ubico”, admitió Cata. “Obvio”, le respondió él y, de paso, le preguntó dónde vivía. “En Vitacura”, contó ella con un tono neutro. Mauri suponía que el barrio de esta chica debía ser uno del sector nororiente de Santiago. Pero no la molestó ni hizo algún comentario irónico. Le gustaba la Cata, quería volver a verla.

 

Ciertamente, era la primera vez que Mauricio tenía una aventura romántica con una mujer de clase acomodada. No era precisamente un joven que odiara a los cuicos como personas, salvo cuando se sentía atacado, pero sí mantenía un férreo compromiso político de izquierda. Era más enfocado a las fuerzas políticas y económicas de la burguesía e intentaba mantener sus relaciones humanas no tan estrechas con su actividad militante.

 

Durante el viaje no volvieron a hablar de sus orígenes sociales ni de sus casas de estudios. Conversaron sobre música, descubrieron que tenían más afinidades en el new wave y el post punk en general que los temas que bailaron en la Blondie. A la Cata le gustaba la pasión con que Mauri describía las virtudes sonoras de The Smiths y comentaba las letras de los británicos, al tiempo que iba indicándole las avenidas y calles por donde enfilar en el norte de Santiago. Le atraía que fuera un joven que conociera tanto y se refiriera a sus gustos con tanta convicción, muy lejos de aquellos compañeros que tuvo en el colegio, siempre ostentando su posición económica y los logros profesionales de sus padres. En todo caso, Catalina disimuló sus impresiones al adentrarse por los barrios de su nuevo amigo. Esos ambientes que consideraba de pobreza no le eran para nada agradables, pero no le mencionó ninguna palabra al respecto.

 

Se despidieron con un breve y apasionado beso, prometiendo que pronto hablarían. Cata siguió las instrucciones que le había dado Mauri para regresar a su hogar en Vitacura, mientras escuchaba new wave británico en uno de sus discos regalones, con una sonrisa de satisfacción.

 

Un par de semanas después Cata llamó, estaba cansada de su familia y quería cambiar de aires. Le preguntó si iría a la Blondie este sábado. “No, este finde no voy, pero están dando una peli re-buena en el Normandie. ¿Me acompañas?”. Ella nunca había ido a este cine, pero quería ver a Mauri y aceptó. Además, le interesaba ver esta entrega del Batman de Christopher Nolan. Ambos disfrutaron la tarde sabatina con “The Dark Knight”.

 

—Heath Ledger se manda el tremendo papel. Nunca había visto un personaje del Joker tan bien construido —le comentó Mauri luego de la función, en un local de sushi en el Paseo Bulnes.

—Sí, de todas maneras. Bastante loco este Joker. Ese hablar pastoso me tenía histérica, ja, ja —opinó Cata.

—Era un rupturista radical. ¿Te fijaste en la escena en que quema la montaña de billetes? La encontré muy simbólica.

—Estaba claro que no lo motivaba el dinero. En fin, pareciera que toda persona que no piense sólo en la plata está loca por estos días —indicó con un tono de tristeza.

—¿Por qué dices eso, Cata? Pareciera que te toca en lo personal.

—Uff, si supieras, Mauri. Es que mi familia es muy conservadora. ¿Sabes? Yo quería estudiar Arte, pero mi papá me lo prohibió. Encontraba que era una carrera de hippies comunistas.

—¿A qué se dedica tu papá?

—Es ingeniero civil industrial, tiene un alto cargo en el Citybank. Pareciera que yo fuera adoptada.

—Sí, no te veo trabajando en un banco. Oye, Cata, ¿cuentas a tu familia con quién sales? ¿Le has hablado de mí?

—No me gusta contar, pero mi papá siempre me pregunta por todo. Quiere dirigir mi vida. A mi familia les cuento lo justo y necesario para que no se metan más. Cuando iba saliendo les dije que iba al cine con un amigo. Me preguntaron qué hacías tú y les dije que estudias Sociología, pero no en qué universidad. Mis papás están obsesionados con que me case con un ingeniero comercial o algo por el estilo.

—Pucha, Cata, lo siento. Se nota que te molesta mucho esa presión. Ánimo.

 

Terminaron la velada paseando por el Parque Almagro y besándose en uno de sus bancos. Mauri le propuso que se vieran algún día de la semana y Cata le indicó que podría coordinar, según sus tiempos en el estudio. Regresó a su hogar con una sonrisa resplandeciente, saludó a lo lejos a su mamá y se encerró en su habitación a escuchar The Smiths con el volumen muy alto, e incluso bailó sola algunas canciones.

 

A mediados de ese año un trámite legislativo reavivó las pasiones de la comunidad estudiantil. Los estudiantes, tanto secundarios como universitarios, estaban indignados con el giro que veían de la educación, que veían fraguarse el Congreso Nacional, reactivando casi de inmediato las movilizaciones y despertando, de paso, la inquietud de la gente que consideraba a los jóvenes como el germen del vandalismo y la destrucción social.

 

El plantel en el que estudiaba Mauricio era muy activo en política y el tema fue debatido en asambleas de diferentes carreras. Él también consideró que, si bien el texto legal no era pertinente a una universidad privada como la que estudiaba, se trataba de la educación que regiría los colegios del país, incluidos los hijos que podría tener más adelante, por lo que apoyó primero el paro de Sociología y, luego, participó en la toma de las dependencias, en la comuna de Providencia.

 

Mauri fijó su domicilio en la universidad por esos días. Colaboraba en los turnos de vigilancia por las noches, así como en administrar los racionamientos de las ollas comunes durante el día. Justo en una de esas jornadas lo llamó la Cata, ajena al fragor revolucionario.

 

—Nos tomamos la universidad. Estoy viviendo acá por ahora, colaboro con las labores día a día. No me puedo mover de aquí, Cata.

—Pucha, qué lata. No sabía que participabas de las movilizaciones.

—Igual soy un estudiante comprometido, Cata. La educación chilena está en la cuerda floja. Mira, más allá de la política, ¿quieres venir y pasar la noche acá?

—Pero, Mauri. No estudio en tu universidad. Nada que ver que me vaya a meter allá ahora…

—No te preocupes, yo lo arreglo. Si igual hay compas que invitan personas que no son de la U. Por último, cuentas en tu casa que pasarás la noche con una amiga.

 

Catalina era consciente de que la invitación no se relacionaba con la política. Era una oportunidad de estar a solas con Mauri. Le incomodaba la situación, pero decidió arriesgarse a salir en vez de quedarse encerrada en su casa sin ningún panorama esa noche.

 

Para su sorpresa, nadie le dijo nada en particular cuando Mauricio la dejó entrar destrabando la reja. Algunos de los estudiantes la vieron y él les decía: “Ella es la Cata, una amiga”. Lo que sí la impactó un poco fue el ambiente: ollas comunes en los patios, muchachas punk y algunos hippies fumando marihuana con parlantes en los pasillos. Era un clima precario al que no estaba habituada.

 

Mauri la llevó a un lugar menos ruidoso y se sentaron en el suelo a conversar, con una piscola en un envase de bebida y un par de vasos de papel. Sólo había un grupo de jóvenes cerca que canturreaba con una guitarra.

 

“Fue preciso algo siempre

y no fue porque tú / tenías lazos blancos en la piel

Tú, tenías precio puesto desde ayer

Tú, valías cuatro cuños de la ley

Tú, sentada sobre el miedo de correr”, entonaba el joven sacando sonidos de las cuerdas.

 

—Bonita esta canción, ¿de quién es, Mauri?

—De Silvio Rodríguez, es “La familia, la propiedad privada y el amor”.

—Curioso nombre…

—Es que Silvio se valió de un ensayo marxista clásico de Engels para crear el título.

—¿Y de qué trata? La canción, no el ensayo.

—El trovador le canta a una mujer de la cual se enamoró, que era de alcurnia y no se atrevió a sacrificar sus privilegios de clase para irse con él —le explicó Mauricio y ella sonrió un tanto irónica.

—¿Encuentras familiar la situación?

—Pucha, Cata, claro que me doy cuenta. Mira, no sé, no lo tomes a mal. De verdad me gustas, quiero estar contigo. No sé que opinarían tus papás si me conocieran, pero creo que tenemos algo lindo, ya estamos grandes. Decidamos nosotros, en buena…

—Mauri, tú también me gustas. No le hago caso a mis viejos. No debí preguntarte…

 

Mauricio la tranquilizó al señalar que, por sobre lo que sentía, es natural que la gente comente, pero lo importante estaba entre ellos. Comenzaba a oscurecer y le propuso que fueran a una de las salas para estar bajo techo.

 

Se quedaron hasta muy tarde conversando, bebieron pisco, se besaron. Cuando ya no había ruido de afuera cerraron con llave y se tendieron sobre unas colchonetas que Mauricio había traído de las pertenencias que manejaban los estudiantes. Abrazados prosiguieron las caricias y dieron rienda suelta a sus pasiones.

 

A partir de entonces, Mauri y Cata se vieron más seguido. De hecho, de forma regular. No eran oficialmente pololos, pero estaban en una relación. Generalmente se juntaban en locales del centro de Santiago y ella lo visitaba de vez en cuando en su casa. En el hogar de Mauricio la encontraron una niña muy bonita y educada, pero a espaldas de ella hablaron con él y le plantearon que esa relación no tenía mucho futuro. “Yo sé lo que hago, no se hagan una caricatura de la Cata”, argumentaba a su familia.

 

Y en la universidad de Mauri la figura de esta chica también se hizo conocida. Lo visitaba en algunas tardes, una vez que la toma concluyó y, al final de ese año, el movimiento estudiantil se diluyó por desgaste en todo Chile. Muchas veces le preguntaron qué pretendía con esa niñita cuica e, incluso, cuando se enojaban lo trataban de “desclasado”. No obstante, si bien le dolían esos motes, Mauricio defendía su relación y no daba su brazo a torcer con los dimes y diretes.

 

En la familia de Catalina el nombre de su novio pasaba lo más discreto que ella lograba disimular. Por cierto, nunca la visitó en su casa en Vitacura. Su familia la interrogaba con indirectas o, a veces, derechamente le preguntaban con quién andaba, y la joven evadía la situación, siempre siendo cuidadosa de su rendimiento académico y cumplía, aunque a regañadientes, con los compromisos familiares.

 

Mauri y Cata disfrutaron de meses muy enternecedores juntos. Crearon su propia isla de cariño, ajena a los prejuicios del entorno. A veces se burlaban tanto de la familia de él como de ella. Todo marchaba sobre ruedas, hasta que un descuido de Cata significó un cambio de escenario.

 

“¿Quién es ese picante?”, le preguntó una compañera de carrera a Cata. El día anterior se había juntado con Mauri en el Paseo República, para luego irse juntos a un festival de música. Él le advirtió al teléfono que los podían ver juntos, pero su novio justo la llamó cuando estaba saliendo de la universidad y Catalina creyó que, entre tanta gente que circula por esa avenida, quién los iba a ver.

 

Pero desgraciadamente para ellos esta chica los vio saludarse de beso y caminar juntos. Cata le respondió enojada que no era ningún picante, que era un amigo de otra universidad. La compañera le preguntó en qué casa de estudios podía cursar una carrera alguien como él. Y ese fue el error de ella, porque no era necesario revelar más información. Ofuscada le respondió que en la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

 

Llevaban más de un año juntos y, finalmente, se reveló el perfil de Mauricio. La información rápidamente llegó a oídos de la familia de Catalina en forma de rumor. Para colmo de males, justo por esos días ocurrió el ataque de estudiantes de la Academia a el cuartel de la Brigada de Homicidios de la PDI, un confuso incidente que sucedió a la hora de almuerzo y fue cubierto casi en vivo por los noticieros de los principales canales de televisión. En los días siguientes los diarios tradicionales publicaron reportajes con titulares como “Mapa del anarquismo en la Universidad Academia de Humanismo Cristiano”.

 

El padre de Catalina la encaró a solas, le prohibió seguir viendo a ese comunista de mierda, le señaló sentirse muy decepcionado de que su hijita anduviera en esos pasos, con esa gentuza y desde ahora se preocuparía con mayor atención de lo que hiciera en su tiempo libre.

 

Pese a la vigilancia, ella logró reunirse con Mauricio en un café de Santiago Centro.

 

—Cata, no tuve nada que ver con las molotov a la PDI. Me contaron que fueron personas ajenas a la universidad, no puedes fiarte de las mentiras de la prensa.

—Ese no es el punto. Esto podía ocurrir, nos descubrieron. Lo de la PDI sólo hizo más escandalosa nuestra relación. Mauri, te quiero, pero no puedo soportar la presión.

—Pero es tu vida, qué te puede pasar. ¿Acaso tu viejo va a dejar de pagarte la universidad? No puedes aceptar que tu papá haga lo que quiera contigo…

—No, no es eso. No creo que mi papá deje de pagarme mis estudios, pero ya no podemos tener tranquilidad. ¿Acaso crees que no me duele? No es fácil para mí tampoco. Mauri, lo siento…

 

Fue la última vez que Mauricio vio a Catalina. La imagen quedó grabada a fuego en su memoria y, años más tarde, le rondaría en la nostalgia: una chica tan especial y bonita alejándose en su auto mientras escucha “There Is a Light That Never Goes Out”.



miércoles, 18 de diciembre de 2024

La alegría ya viene

 


En ese tiempo no tenía muchos amigos en el colegio y me daba vergüenza que me vieran solo en los recreos. Con la ingenuidad de un niño de 13 años, encontraba que la excusa perfecta era ir a la amplia biblioteca a leer en los recesos de clases.

 

Ahora que me encuentro cercano a cumplir medio siglo de vida, recuerdo esos años con un dejo de nostalgia y el sentimiento de una herida que asoma al ensamblar las piezas del puzle de mi juventud, como si revisar mi historia me permitiese reordenarlas y otorgarles otro desenlace.

 

Durante los años preadolescentes, mi lectura favorita era el diario La Época. A veces incluso fotocopiaba algunas páginas. El encargado de la máquina era un auxiliar joven, Pedro creo que se llamaba. No tenía problemas en manifestar sus opciones políticas frente a alumnos de Enseñanza Media.

 

—Mira, no sé lo que opine tu familia, pero yo creo que el país no va a seguir soportando la situación actual  —le argumentaba a un joven.

—Eso lo vamos a ver el 5 de octubre, Pedrito.

—Muy bien, veamos.

 

La fecha era clave. El año 1988 iba en octavo básico y todo Chile se tiñó de dos colores, cada uno con la opción en el Plebiscito que se avecinaba: Sí o No. La continuidad del gobierno de Pinochet quedaba abierta a la deliberación ciudadana en las urnas luego de años sin procesos eleccionarios.

 

En este escenario me identifiqué plenamente con el No, pese a que mi padre era de derecha. Tal vez justamente por eso.

 

“Chile, la alegría ya viene”, indicaba el periodista Patricio Bañados en la franja televisiva del No. Y la canción muy pegajosa fue un éxito. Comentario obligado en cualquier grupo social. En el colegio, éramos unos niños hablando de temas que no entendíamos con una perspectiva adulta. Pero a algunos nos apasionaba.

 

—¿Por qué alegan tanto en contra de los comunistas? Leí que ese partido propone una sociedad más justa.

—Mira, Gonzalo, si lees los manifiestos de los partidos políticos te vas a dar cuenta de que todos proponen cosas buenas, pero la diferencia está en la forma que quieren implementarlas —me señalaba mi papá.

—Pero ha habido muchas muertes y torturas, hay que respetar los Derechos Humanos.

—Todos los países tienen policías secretas, sean de derecha, de izquierda o de centro.

 

De ese tenor eran algunas de nuestras discusiones, generalmente los días de semana cuando ya había oscurecido. Mi padre regresaba muy tarde del trabajo. Recuerdo que una consejera escolar me hizo mención de que compartía poco con él, pero no entendía bien de qué hablaba esta señora.

 

Muchos años después se reveló el misterio de las largas jornadas laborales de mi padre en la Municipalidad de Maipú. Ya había iniciado una relación con Nancy, que trabajaba en el Juzgado de Policía Local, en una infidelidad que se prolongó por alrededor de 15 años, hasta que mis padres se separaron.

 

“El único problema con tu papá, Goncho, es que es de derecha”, me comentaría la Vivi, mi polola, luego de conocerlo ya viviendo con la Nancy en Maipú. Fue curioso ese fin de semana. Mi padre vivía en una parcela con un buen terreno, amplio jardín y piscina. Sentados en la terraza, en un minuto Viviana quedó mirando fijo a mi papá.

 

—¡Qué mirada más inquisitiva! ¿Qué quieres saber? Pregúntame lo que quieras.

 

En la intimidad de la habitación que Nancy dispuso para nosotros, la Vivi me confesó que quería preguntarle cómo hizo para ser infiel a su esposa por tanto tiempo sin ser descubierto. Me dio risa. También hubo una conversación sobre política en esa velada, en la que mi polola mostraba su orientación de izquierda. Ella tenía familiares que partieron al exilio.

 

—El gobierno de Allende sucumbió por la crisis económica. No fue un problema político. Yo lo viví, sé de lo que estoy hablando.

—Papá, muchos sociólogos opinan que no fueron sólo factores económicos los que llevaron a que se produjera el golpe de Estado.

—Pero si Allende nos tenía a Chile a la deriva. Pinochet logró rescatar el país del colapso total.

—Yo tengo la herida con Pinochet…

 

Esa herida no era sólo en el tejido político. Las texturas familiares presentaban jirones, un entramado con claras erosiones por el daño de sentimientos ocultos bajo la alfombra.

 

Ese año del Plebiscito hubo hechos que quedaron grabados en la memoria colectiva chilena. Uno de ellos ocurrió durante el programa televisivo “De cara al país”. Un entonces joven Ricardo Lagos encaraba en vivo a Pinochet apuntándolo con su dedo índice, el famoso “dedo de Lagos”. Pero al iniciar su alocución, lo recuerdo bien, enseñó un recorte de prensa del año 1980, una vez que se estableció que se llevaría a cabo el Plebiscito de 1988, que señalaba que Pinochet no sería candidato en esa oportunidad.

 

La promesa incumplida se convirtió en argumento de los partidarios del No y, por cierto, lo esgrimí frente a mi padre en una de las recurrentes discusiones. Por esos años mi papá se juntaba los fines de semana con un compañero de trabajo y su señora, quienes fueron amigos por años. Ellos eran fervientes defensores de los militares en el poder.

 

Un sábado muy tarde estaba mi padre y mi mamá con esta pareja en el living de nuestra casa. Me desperté con sed y bajé a buscar jugo a la cocina, pero mientras bajaba las escaleras sorprendí a mi papá burlándose de mis precoces argumentos políticos. “Y Gonzalo me dijo que Pinochet no iba a ser candidato en este Plebiscito”, comentaba, frente a lo que la señora de su amigo replicaba y reía diciendo “pero si los comunistas insisten en eso. Qué estupidez”.

 

Sentí un frío súbito que me estremeció. Me arrepentí de ir a la cocina y subí a dormir con mi cabeza tan revuelta como mi estómago.

Pero las diferencias no eran sólo estrictamente políticas. De mis lecturas de La Época, de escuchar la radio Cooperativa y de alguna información no oficial que circulaba en la televisión también se instalaba ese año las profundas desigualdades sociales en Chile.

 

Estudié en un colegio privado católico en Providencia, de por sí un ambiente acomodado. Con mi familia vivimos en el barrio nororiente de Santiago, el llamado “barrio alto”. Si bien mi mamá siempre se jactó de pertenecer a ese grupo humano, mi padre era de origen más bien de clase media. Estudió Derecho en la Universidad de Chile, en años en que la educación pública era gratuita. Y nos inculcó que la formación universitaria era fundamental en la vida.

 

—Pero, papá, no todos en este país gozan de ser privilegiados como tú…

—¿Sabes lo que significa privilegio? Es un beneficio inmerecido. Yo todo lo que tengo me lo he ganado con mi inteligencia y esfuerzo —contestaba con rabia.

 

Cuando estudiaba en Enseñanza Media también lo sorprendí hablando a mis espaldas, esta vez sobre mi hermano y yo. Estábamos próximos a rendir la Prueba de Aptitud Académica y él manifestaba una seria desconfianza de que lográramos entrar a la universidad.

 

Recuerdo que, cuando le indiqué a mi padre que quería estudiar Periodismo, él me respondió: “Mira, encuentro que los periodistas son todos unos rotos, copuchentos e ignorantes, pero si quieres estudiar esa carrera, yo te la pago”.

 

La noche del 5 de octubre de 1988 mi padre llegó muy tarde a casa. Le tocó, al ser funcionario municipal, ejercer de jefe de uno de los locales de votación en Maipú. Estaba cansado y con las mangas de la camisa arremangadas.

 

—Papá, al final ganó el No, ¿cierto?

—Sí, eso parecen indicar los cómputos, pero algunos dicen que hubo un empate.

—Te pregunto por lo que pasó en Maipú.

—No, en Maipú ganó el No por paliza —se acercó a uno de los papeles escritos a mano que tenía sobre la mesa del comedor y me enseñó los porcentajes de las mesas escrutadas en esa comuna.

 

Más allá de su posición política, a mi polola le caía bien mi papá. Me preguntaba más sobre su vida y le conté que no siempre había sido de derecha. Cuando mis padres se conocieron, ambos se sentían cercanos a los demócratas cristianos. Mi padre, incluso, fue apoderado de mesa para la elección en que fue elegido Eduardo Frei Montalva.

 

—Pero fue haciendo carrera en la Municipalidad de Maipú, en la época de la dictadura, con alcaldes designados por Pinochet, entonces en ese ambiente…

—Todo en la miel se pega —comentó Viviana.

 

En sus últimos años, viviendo en la parcela de Maipú, mi papá fue desencantándose de muchos valores que defendió siendo joven. Estaba muy enfermo, con un enfisema pulmonar, y declaraba que ya no se sentía católico. En una ocasión indicó que apoyaba una eventual ley de Eutanasia.

 

Luego de su muerte el 2008, perdí todo contacto con la Nancy. Tanto mi mamá como mis hermanos quedaron muy enojados con esa mujer, a la que consideraban una trepadora, y ni siquiera se aclararon asuntos financieros de mi padre que, en sus últimos días, dejó asegurados para la propiedad de ella.

 

La relación de pareja con la Vivi no prosperó, pero seguimos siendo amigos. Fue un pololeo de más de 11 años y siento que compartí momentos muy significativos con ella. Por cierto, me apoyó cuando mi padre agonizaba en el hospital.

 

La última elección presidencial que vivió fue la del año 2006. Le pregunté si había votado por Lavín o por Piñera, los dos candidatos de la derecha en la primera vuelta. “Me gustaba Lavín, pero no los que lo apoyaban. Me gustaban los que apoyaban a Piñera, pero no él, lo encuentro muy personalista. Al final no voté”.

 

No era el momento para discutir de política. Los temas importantes quedaron pendientes y se diluyeron en la nostalgia de la alegría que no llegó.