miércoles, 2 de noviembre de 2022

Terapia


 

Gaspar asistía por primera vez a la consulta de un psicólogo. En realidad, había estado en terapia hace unos pocos años. El amigo más cercano del colegio ingresó a estudiar psicología y, en el primer semestre, lo convenció de tomar una psicoterapia con algunos de los profesionales de la casa de estudios que ofrecían sus servicios gratuitamente dentro de la práctica. Es fundamental que vayas, no sabes todo lo que podrías progresar-, le insistió su amigo.

Esa terapia no pasó de ser unas sesiones agradables con una muy atractiva psicóloga. Le dio a entender que su problema no era tal y le deseó mucha suerte en la vida. Pero Gaspar se sintió muy confundido y con angustia dos años después. La buscó y pudo convencerla de que lo atendiera en ese momento en el centro particular en el que trabajaba.

Esta joven profesional, según le quedó la sensación, no lo entendió. Es más, se lo indicó en algunas sesiones. Al poco andar creyó que el problema por el que solicitó su asesoría no era importante y, dado que se adscribía a la corriente psicológica sistémica, le sugirió que invitara a su familia nuclear a la consulta. De esta forma podría desentrañar mejor la verdadera causa de su angustia.

La reacción del padre de Gaspar, ante esta petición, fue de estupor. No podía entender que su hijo requiriera atención en salud mental. Sin embargo, accedió, al igual que su madre y hermanos. La psicóloga los recibió muy entusiasmada y contó con el apoyo de una profesional mayor, de amplio currículum. Detrás de un espejo falso había otros terapeutas observando las sesiones y, eventualmente, dispuestos a colaborar con el tratamiento.

Se conversaron muchos temas en esa consulta, en el intento de indagar qué le sucedía a este joven. Pero nada, avanzaban las sesiones y las dos psicólogas no parecían dar luces sobre ese desajuste familiar. Finalmente él decidió dar por perdida la empresa y estuvo de acuerdo con finalizar la terapia, pese a que no le satisfizo la conclusión que entregaron en el cierre el equipo de terapeutas.

Gaspar no consideraba que esas experiencias fueran sesiones reales de psicología, por lo que la consulta a la que ahora asistía la valoraba como la inicial. Resulta que después de la terapia familiar tomó una muy mala decisión y, luego de un par de años, consultaba a este psicólogo por la crisis que, a su juicio, ese tropiezo garrafal le había causado.

El despacho del profesional, un cuarentón muy reconocido, quedaba en Providencia, a pocas cuadras del departamento donde vivía Gaspar con su familia. Luego de recibirlo, lo invitó a tomar asiento y le preguntó qué lo traía por su consulta:

 

Me fui a estudiar cine a Buenos Aires.

¡¿Qué?!

Eso, me fui a estudiar cine a Buenos Aires. Estuve seis meses allá.

¿Te fuiste a estudiar Dirección y Producción Cinematográfica?

Sí, respondió Gaspar- sin entender el asombro del terapeuta.

Y, ¿cómo fue la experiencia?

Muy mal, ahora he tenido problemas con mi familia al regresar.

¿Qué edad tienes?

22 años.

¿Y antes qué hacías en Santiago?

Estudiaba periodismo. Congelé la carrera y me fui a Buenos Aires. Luego intenté retomar, pero fue imposible.

¿Y has pensado en algún negocito que emprender?

No.

¿Acaso el vivir en otro país no te ayudó a madurar?

Volví con la idea de enfrentar todas las situaciones que se presentaran con mucha fortaleza, pero me ha sido difícil.

¿No imaginaste lo que se te venía por delante?, ¿o los motivos que te llevaron a abandonar tu carrera e irte a estudiar cine a Buenos Aires?

No. Es que, la verdad, yo siempre con los problemas dejaba pasar y seguía para adelante, dejaba pasar y seguía para adelante.

Ah, don Gaspar- replicó el psicólogo con ironía.

 

Después le explicó que sería conveniente abordar los problemas, que tenía con su familia y los de su vida en general, más pausadamente, con la aplicación de algunos exámenes psicológicos. El cuarentón notó de inmediato que estaba muy angustiado y le recomendó que continuaran en la próxima sesión.

El joven había consultado al psicólogo por sugerencia de su padre. Mejor dicho, por imposición. Le exigió que acudiera a la consulta o, de lo contrario, lo echaría de la casa. Más allá de que la amenaza fuera real, su familia estaba muy preocupada por él. Habían transcurrido meses desde que regresó de sus estudios en la capital argentina y, salvo una recepción con la familia nuclear más su abuela y unos primos, no se comunicaba desde que pisó suelo chileno. En una especie de ostracismo, se encerraba en su habitación, no respondía a los golpes en la puerta de su mamá- muy afligida-, reclamaba por ruidos molestos en la casa- a veces con reacciones explosivas-, por las noches no dormía y sus salidas del hogar se restringían a comprar en los negocios cercanos.

Pero la situación fue incluso más allá. Si bien solían dejarle el almuerzo y la comida en la puerta de la habitación, desde que había regresado de su periplo transandino, en ocasiones compartía con la familia algunos almuerzos o cenas, siempre con tensión entre sus familiares y muchas veces con acaloradas discusiones con su hermano mayor. Estuvo trabajando en empleos no profesionales unos meses, hasta que decidió retomar su carrera en la misma universidad donde había cursado tres años antes. La experiencia fue un desastre, con Gaspar dando excusas ridículas para no hablar con sus antiguos compañeros- en particular acerca de Buenos Aires-, deambulando solitario por las calles aledañas a la facultad y soportando el acoso escolar permanente de alumnos y hasta profesores.

Las peleas con su hermano se intensificaron. Estuvieron a milímetros de irse a las manos. Una de esas tardes, encerrado con tristeza por sus avatares, le permitió a su padre entrar a la habitación y le contó lamentándose las penurias vividas en la universidad. Él lo instó a terminar su carrera, que era imperativo un título profesional. Sin embargo, luego de que su hijo no resistió más y finalmente abandonó sus estudios de periodismo, lo visitó nuevamente en su pieza y esta vez le planteó la encrucijada: o el psicólogo o la calle.

El profesional con experiencia fue una recomendación cercana para este padre. Había sido compañero de universidad de su hermano y de su cuñada, que se conocieron estudiando y estaban radicados hace años en Concepción, por lo que le pareció una buena alternativa.

Al joven le aplicaron una serie de exámenes, iniciando con uno de selección múltiple, que no insinuaba acerca de los temas en los que marcaba sus preferencias, para después ser recibido por el psicólogo en consulta, que le mostró las láminas de diferentes evaluaciones psicológicas- incluida la clásica prueba de Roschard- ante las cuales Gaspar debía responder con sus impresiones sobre las imágenes.

A la semana siguiente volvió a la consulta y, de entrada, le contó al psicólogo una situación que le venía aquejando desde hace mucho.

 

Desde el balcón que da a mi dormitorio en el departamento del segundo piso, donde vivo, muchas personas me insultan y me gritan que salga a la calle. No es para nada agradable.

Entiendo- respondió con preocupación. Esas son provocaciones y es natural que te sientas muy afligido. Le ha sucedido a mi señora: una vecina, que es una argentina- sonrió con picardía-, le tira el auto cada vez que llega a casa. Pero no hay que hacer caso, sería un riesgo innecesario. Gaspar, tengo los resultados de las pruebas que te hemos aplicado. Mira, si bien en algunos exámenes se avizora un conflicto familiar no resuelto, creo que debemos concentrarnos en la prueba de selección múltiple. En la pregunta 37, acerca de si consumes alcohol frecuentemente, respondiste que al menos tres veces por semana. ¿Estás muy caído al frasco?

La verdad, hay días en que estoy muy triste. Salgo por la tarde a comprar cigarros y además compro pisco y Coca Cola, a veces unas papas fritas, y me hago mis piscolas mientras veo tele.

Pucha, eso me preocupa. Además, la prueba revela que estás muy angustiado y con poca tolerancia emotiva, lo que explica las reacciones virulentas que me contó tu padre. Creo que es mejor que derivemos el tratamiento a otro profesional.

¿A qué se refiere?

Gaspar, si yo tengo insolación, no me voy a ir al desierto, ¿no crees?

Por supuesto- asintió nervioso.

Bueno, creo que requieres un período de calma y reposo, que vendría muy bien acompañado de cierta ayuda farmacológica. Te quiero sugerir al psiquiatra que trabaja en este mismo centro terapéutico, su consulta está acá al lado, pues creo que con él estarías en buenas manos.

 

Abandonó con pesar la consulta. La sola mención de un psiquiatra le causaba pánico. Llegó a su departamento, se arregló un poco y salió en busca de un taxi para visitar a su padre al trabajo. El papá lo invió a un boliche cerca de su oficina y conversaron. Le contó sobre la derivación y él lo contuvo, explicándole que era mucho más común de lo que la gente piensa.

A los pocos días inició el tratamiento con este médico, que reaccionó muy poco comprensivo a las angustias del joven, juzgándolo por la que él catalogaba de debilidad e intolerancia al dolor. Le dijo que sufría depresión y le recetó una serie de exámenes, así como psicofármacos, que fue ajustando a medida que avanzaban las sesiones. Aunque el psiquiatra le aseguró que aplicaba psicoterapia, Gaspar nunca sintió que realmente fuera tal. Se limitaban a conversar, ya avanzado el supuesto tratamiento, de actualidad y política. Muchos años después se enteraría de que este psiquiatra no tenía formación psicoterapéutica, en un momento en que ya no era su médico y estaba sumamente enojado con él.

Los primeros meses de esa depresión fueron muy arduos. Volvió a comunicarse con su familia, terminó su ostracismo, y podría decirse que tuvo una reconciliación afectiva en los hechos, pero jamás conversaron en esa casa las emociones acerca de lo que le había sucedido. Eran largas tardes de primavera en que estaba muy triste, acompañado de su madre que lo consolaba.

Sus amigos previos al viaje a Buenos Aires habían desaparecido. En parte porque él los rechazó a su regreso. También porque, luego del estado depresivo en que se encontraba, lo rehuían. Gaspar los buscó nuevamente, pero nunca conversó acerca de los sentimientos que lo llevaron a distanciarse en un principio. Tampoco hubo de parte de sus amigos muestras sinceras respecto a esas fricciones. Durante esa convalecencia lo encontraban un tipo extremadamente aburrido. Algunos, en especial Belisario- el amigo que estudió psicología-, lo visitaban, pero siempre a regañadientes y haciendo un esfuerzo titánico por soportar la abulia de este amigo.

Sin embargo, trascurridos algunos meses hubo un armisticio en los desencuentros. Ya comenzaba a recuperarse y los conocidos de antaño se mostraban más abiertos a recibirlo de nuevo en su círculo social. Belisario estaba escribiendo la tesis, próximo a titularse de psicólogo. A través de él se relacionó con muchos estudiantes de psicología, compañeros de su amigo, que de inmediato se interesaron mucho en que les narrara su experiencia en psicoterapia. Querían saber de una fuente directa si realmente era efectiva, qué tanto podía ayudar a las personas.

Se convirtió en un conejillo de Indias para sus nuevos amigos. Belisario, al notarlo tan lento y torpe por los psicofármacos que ingería, le sugirió que bebiera nuevamente alcohol en las fiestas. Consideraba que podría relajarlo y aumentar sus intercambios sociales, barrer sus inhibiciones y timidez. Gaspar le hizo caso y, poco a poco, fue adquiriendo una magia en sus relaciones que le permitieron ser aceptado en ese grupo.

Era tal su necesidad de afecto que hacía caso omiso a sus sentimientos. El carácter ingenuo aún lo acompañaba y, ante el temor de ser rechazado, hacía vista gorda a situaciones hirientes que, con el tiempo de compartir con esas amistades, fueron presentándose cada vez más seguido y con mayor gravedad. Sus ansias de ser querido lo llevaban incluso a ridiculizarse, tenía el encanto de ser gracioso, pese a que en ocasiones esas burlas a sí mismo no eran del todo sanas. El alcohol, que bebía a raudales, ahogaba esas emociones que podrían haber sido mensajes de alerta.

Con mucho esfuerzo retomó la carrera de periodismo. Su padre estuvo de acuerdo en financiar una segunda oportunidad, esta vez en otra casa de estudios. Convalidó ramos y estaba a medio camino de escribir la tesis. Claro que los psicofármacos que ingería, sumado a la depresión que arrastraba, lo hacían mantener muy poca atención en la vigilia y una somnolencia constante. En el primer semestre del regreso a las aulas se comunicaba muy poco con los compañeros. Sentía desconfianza, los fantasmas del acoso escolar en la anterior universidad aún pululaban. Era tal su cansancio en las mañanas que incluso se echaba en bancas de los patios a dormir.

En las primeras pruebas le fue muy mal. Llegaba triste a casa y se tiraba en la cama a dormir siesta. Su padre lo consolaba por el mal rendimiento académico asegurándole que podría recuperar en las siguientes evaluaciones. Y para sorpresa de todos, así fue. Aprobó todas las asignaturas semestrales, menos una que tuvo que repetir el año siguiente, y mejoró las notas en los ramos anuales. Hasta la secretaria docente de la carrera lo felicitó, confidenciando que en un principio no creyó que sería capaz de remontar en los estudios.

Su familia estaba muy contenta, tanto de que prosiguiera con éxito la carrera como de que mantuviera relaciones más sanas. No obstante, así como su mejoría de la depresión se expresaba en los estudios y dinámicas familiares, también los placeres se dispararon como forma de compensar el dolor vivido antaño. Gaspar se emborrachaba de manera abusiva con el grupo de amigos estudiantes de psicología y también durante horas libres en la universidad. No sólo se divertía ingiriendo alcohol, también fumaba bastante marihuana. Proseguía con el consumo de psicofármacos- el psiquiatra estaba al tanto de su vida disipada, pero no le importaba más que recibir sus remuneraciones- y, evidentemente, la incompatibilidad con las bebidas y la yerba causaban estragos en la conducta bohemia del joven.

A medida que progresaba como estudiante, iba descuidando sus emociones. Como el psiquiatra no ofrecía un espacio terapéutico, no tenía con quien conversar sinceramente. La familia nunca fue abierta a este tipo de diálogos, al menos no con Gaspar. Su padre era frío y distante, un tanto ausente en su rol, pese a que lo apoyaba a su manera. Los hermanos hacían su vida y poca cercanía real dedicaban al hijo menor. Por otra parte, tanto los amigos psicólogos como los compañeros de la universidad formaban una dinámica muy frívola, al calor de las jornadas de juerga y borracheras, y se aprovechaban de la ingenuidad de Gaspar tanto en favores materiales como de apoyo moral. Porque él veía en sus amigos muy buenas personas, los idealizaba, rescatando lo mejores rasgos humanos en cada uno.

Luego de un par de años, si bien reprobó algunos ramos, tenía un desempeño académico respetable. Pero tanto el ahogar sus emociones en alcohol como los problemas en su seno familiar empezaron a corroer silenciosamente su ánimo. Encontraba refugio en el cine- ya no con afanes de realizador sino en la apreciación cinematográfica- y en la literatura. Su padre siempre fue un muy buen lector, amante de la narrativa clásica y contemporánea, y desde niño lo imitaba. Le gustaba mucho leer y, a partir del poco dinero que contaba para regalar en los cumpleaños de sus amigos, una sugerencia le dio un pasatiempo que valoraría mucho. Escribió una carta fraterna a Belisario para celebrar sus 25 años. El resultado, gracias a los recuerdos muy vívidos y las palabras bien intencionadas, fue tan emotivo que se hizo una costumbre con este grupo humano. Y a la vez un aliciente para que Gaspar se atreviera a incursionar en la escritura de ficción. Fue narrando sus primeros cuentos y esbozó algunos poemas.

Los amigos le celebraron esta faceta y pronto le apodaron el amigo poeta. La lectura abundante de novelas existencialistas y algunos textos de filosofía implicaron también que forjara una vasta cultura general. Y así como no solía defenderse de los abusos a su ingenuidad, de tanto soportar burlas que con el tiempo ya rebasaban el límite, naturalmente tendió a volverse pedante como mecanismo de defensa. Era una característica muy distintiva de su padre, por lo que le nació adoptarla sin advertir las consecuencias.

Por mucho que compartiera frecuentemente en juergas con sus pares, al calor de bebidas alcohólicas y marihuana, se sentía muy solo. En definitiva, se convirtió en un borracho taciturno. Era consciente de que le faltaba amor, vida de pareja. Gaspar había sido, desde la adolescencia, muy tímido e inseguro con las mujeres. La falta de cercanía del padre, así como una madre muy aprehensiva y sobreprotectora, hicieron de él un joven muy torpe en las emociones y en las artes de seducción. Eso no significaba que mantuviera poco deseo por el sexo opuesto: al contrario, era muy enamoradizo y podían gustarle más de una chica a la vez. Pero vivía en su mundo, ficciones literarias y narrativas cinematográficas, y parecía que el paisaje humano pasaba delante de sus ojos sin que él se percatase de la geografía.

No reconocía señales de las mujeres ni sabía tomar la iniciativa al seducir. Las circunstancias afectivas le eran tan ajenas que, por cierto, no entendía lo que le sucedía ni a las personas alrededor. Hacía persistentes intentos por conseguir polola, pero con tal nivel de dispersión y falta de inteligencia emotiva que sólo conseguía frustrarse. Para él, sentir atracción por más de una chica y no optar en sus anhelos de conquista resultaba normal. Además, se engañaba a sí mismo cuando percibía que le gustaba a una mujer, dada su baja autoestima y como forma de enmascarar sus miedos.

Pero en el grupo humano de los estudiantes de psicología había muchas personas, conoció a varias jóvenes y algunas despertaron su interés. Fueron compañeras de camaradería y él las consideraba amigas, pese a que no compartía sinceramente con ellas aspectos muy íntimos. No veía objeción en que le gustasen, pero jamás lo reconocía a sus amigos. Incluso, a veces él mismo se mentía al respecto.

Dentro de estas chicas había una aspirante a psicóloga que llamó mucho su atención. Cristina, una joven de muy buenos sentimientos, bonita y muy sencilla. Le gustaba la relación honesta que podía mantener con ella, sin aparentar mayores aspavientos para impresionarla y que valorara el trasfondo humano de las personas. La había conocido antes de emigrar a Buenos Aires- pololeó brevemente con Belisario en el primer año universitario-, pero la distancia hizo que se volvieran a conocer en el nuevo escenario.

Ella, al igual que la mayoría de las personas de ese grupo, tenía relaciones fugaces con uno u otro chico que era parte de esos amigos. Sin embargo, Gaspar sólo interactuaba en la juerga y la camaradería con ellos y ellas, solitario en su melancolía. Pero la joven sabía escucharlo más allá de las borracheras. De vez en cuando la visitaba a su casa, en Santiago Centro, y conversaban sin el aliciente etílico. Muchas veces tocaron el tema de la depresión y, lejos de aplicarle psicoterapia, lo aconsejaba en temas emotivos y familiares.

Fue un apoyo para Gaspar, independiente de que él no se aventurara a sincerar sus emociones amorosas. Sin embargo, su dispersión y falta de claridad hizo que no sólo se fijara en Cristina. Le divertía el carácter liviano de esta chica- que apodaban cariñosamente la Pollo-, pero la aparición de otra joven muy atractiva, de alcurnia y educación privilegiada, logró que desviara su atención.

Se trataba de Gabriela, que por amistades en común fue muy cercana a Cristina, pero siempre guardaron bastantes diferencias en la forma de ser. El estudiante de periodismo vio en esta joven que ingresaba al grupo humano a una mujer muy delicada y fina, distinguida. Una suerte de princesita. Arrastrado por la pasión, no se percató que era también una chica mimada y consentida por su padre, un rasgo que la distanciaba de Cristina. Gaspar parecía hipnotizado por esta noble muchacha elegante y no sopesó que, si bien sus orígenes sociales no eran proletarios, para el nivel de Gabriela él no encajaba del todo en su identidad.

Fueron muchas fiestas y asados en que interactuó con este grupo de amigos, incluidas Cristina y Gabriela. Pero con estas chicas mantenía, además, un intercambio telefónico. Era una época en que los teléfonos móviles aún no se masificaban en Chile, por lo que las llamadas a la casa de ellas significaban largos minutos u horas de conversación. Esas palabras por auricular rara o ninguna vez eran reveladas al resto de los amigos cuando se juntaban para divertirse.

Gaspar cometió el error de no llegar a conocer a Gabriela con el corazón en la mano. Se había forjado una imagen de ella por las conversaciones telefónicas y los fugaces intercambios en las fiestas- donde solía estar borracho-, pero dada su ingenuidad y excesiva idealización que sentía por las mujeres que le atraían, no vio en esta chica su carácter un tanto superficial, que a su vez escondía la personalidad de una niña asustada e insegura.

Cuando él le comentaba de estos intereses amorosos a su psiquiatra, este se limitaba a responderle que fuera paciente, que cuando tuviera una amiga iba a pololear, sin prestar atención a que Gaspar le hablaba de sus amigas. Luego el médico derivaba el tema a los estudios de periodismo o un control acerca de la calidad del sueño, el apetito y el ánimo.

A la larga, tanta juerga desenfrenada y poca contención emotiva provocaron que el joven descuidara sus estudios. Tuvo malas calificaciones en el tercer año cursado en la universidad donde retomó la carrera. Su padre reaccionaba muy severamente ante este deficiente resultado. La mamá, por su parte, estaba más preocupada de su vida personal, pues sospechaba que su marido le era infiel desde hacía años y se sentía muy tonta por recién comenzar a percatarse.

Un día esta señora le pidió a Gaspar su grabadora de audio, típica de los periodistas en ese entonces. Ante la pregunta de su hijo para qué la necesitaba, dijo que era para memorizar unas recetas de concina. La madre era dueña de casa y sólo hacía emprendimientos menores en gastronomía de vez en cuando. Pero en realidad el fin de ella con este artefacto era dejarlo grabando bajo el asiento de acompañante del automóvil de su marido y, de esta forma, confirmar sus sospechas.

Las borracheras taciturnas de Gaspar se hicieron más frecuentes, incluso los días en la universidad. Asimismo, se enfrascó aún más en sus lecturas de poesía y novelas, como también sus encierros en salas de cine arte. Era común que regresara muy tarde a su hogar, luego de los estudios, dormitando apoyado sobre el respaldo del asiento siguiente, en una micro que atravesaba la Alameda, Providencia y luego Apoquindo.

El en grupo de amigos el clima anímico se tornó enrarecido, no sólo para este joven. Hubo quejas que escuchó de parte de Gabriela- pidiéndole absoluta reserva- y Cristina, por su parte, lo invitó a un curso de teatro en Santiago Centro, en el cual participaría ella y dos de sus amigos cercanos. Gaspar aceptó encantado, le parecía una excusa ideal para distanciarse del grupo humano de forma diplomática, sin darles la espalda a modo de berrinche. Lo que no entendió- o no quiso entender- es que la invitación era una instancia que había creado Cristina para que él declarara sus sentimientos amorosos.

Era una característica de este joven inmaduro. Se engañaba a sí mismo como forma de proteger la eventual desnudez de sus emociones. Sin embargo, le pidió a su papá dinero extra para el curso, lo obtuvo y participó de estas sesiones de aprendizaje teatral en un ambiente muy íntimo, pues se trataba de un grupo pequeño de alumnos a modo de taller.

Después de las clases solían ir los amigos descolgados del grupo de estudiantes de psicología a beber a algún bar cercano, bailar e incluso fumar un poco de marihuana. En una ocasión durante estas reuniones nocturnas, Cristina lo instó a que fuera sincero.

 

Gaspar está enamorado de mí-, dijo como sorprendiendo a un niño en una travesura.

No, no, no- replicó el aludido-, me han gustado muchas amigas, pero no es el caso.

Te gustó la Gabriela- lo increpó otra chica, amiga de ambas.

No, en serio, no me refería a esas amigas.

 

Cristina se desilusionó mucho luego de esta reacción de Gaspar. Lo consideraba tan inmaduro que no sabía si valía la pena seguir esperando que se atreviera con sus sentimientos. Las clases continuaron, y él asistió, pero su padre se negó a pagar la segunda cuota del curso, le dijo que sólo una vez le iba a costear ese capricho.

El joven estaba muy desanimado y triste. Había reprobado asignaturas de la carrera que le obligaban a cursar un año más, sus empresas amorosas habían fallado y el ambiente familiar iba de mal en peor. Además, la relación con los amigos del grupo era bastante desagradable- exceptuando los descolgados del taller de teatro-, pero ahora con esta negativa de su papá sentía que el fracaso y la frustración era total.

Decidió tomar distancia de esas amistades. Es más, por recomendaciones de distintas personas, se atrevió a dejar la consulta del psiquiatra e, incluso, no continuó ingiriendo los medicamentos. Se quedaba melancólico sobre su cama en las tardes primaverales y prácticamente no salía de casa. Sin embargo, Gabriela lo seguía llamando de vez en cunando. Gaspar no sabía qué pensar acerca de ella. Había llegado a la conclusión, poco tiempo atrás, de que ella era como el perro del hortelano. No accedía cuando él se acercaba y, para colmo, mostraba celos y tristeza si lo veía interesado en otra chica.

Pero una noche se encontraba en su habitación y recibió un nuevo llamado de Gabriela. Era el tercero en días consecutivos anteriores, como a la misma hora. Le contó que estaba participando en un concurso por Internet- en esa época recién se estaba masificando la red-, y le pidió ayuda con un nombre de un filósofo que había escrito sobre la familia, arguyendo que él era muy culto y de seguro sabría la respuesta. Gaspar no la sabía, pero no se esforzó en pensarlo. Esta vez notó que el motivo de la llamada era una excusa para hablar con él. Aprovechó el dato de una exposición en el Museo de Bellas Artes para invitarla el domingo. Ella accedió y entonces Gaspar supo que sería el momento para declararse.

Sin embargo, por la dispersión de sus sentimientos, el sábado lo llamó Cristina invitándolo a juntarse con otros amigos. Le dijo que invitara a uno o dos y llegaran a su casa. Gaspar no vio problema en ello, cortó el llamado con Cristina y telefoneó a amigos para esta reunión. Al poco rato llamó la llamó nuevamente para ver cómo iban los planes.

Nos chacreamos- le respondió Cristina con rabia y tristeza-, es que estas gallas a las que llamé tienen compromisos al día siguiente y no pueden quedarse hasta tarde. Igual lo intenté. Probé con la Valeria, con la Fabiola… ¡y con la Gabriela! - remató con furia y cortó el llamado.

Gaspar no se percató del sobreentendido o, como de costumbre, se tomó el pelo a sí mismo. Al día siguiente se vistió con su mejor ropa, se perfumó y fue a la cita con Gabriela. Ella llegó en su automóvil al museo. Le ayudó a encontrar estacionamiento y pudieron disfrutar de los últimos minutos de la exposición, pues estaban cerrando.

Caía la tarde y Gaspar se sentía preocupado de atreverse a declarar sus sentimientos. Ella le pidió que lo acompañara al Parque Arauco a comprar un regalo de cumpleaños para una prima. Mientras caminaban por el mall, él no se animaba y le propuso que compartieran un café en una heladería. Sería el momento ideal.

Sentado a la mesa creyó ver señales de Gabriela. Lo instó a beber de su frappé e incluso abría las manos en un gesto de impaciencia.

Hemos conversado durante mucho tiempo por teléfono desde que nos conocimos. También hemos compartido en fiestas. Quería aprovechar este momento para decirte…


¿Decirme qué, Gaspar?

Que me gustas, Gabriela- por el nerviosismo lo expresó en un tono brusco.

 

Ella reaccionó asustada, se inclinó hacia atrás, como si recibiera un súbito vendaval. Le explicó que la tomaba de sorpresa, que se sentía halagada, pero creía que él tenía una confusión, que confundía el amor de amiga con el de pareja. Gaspar le insistía que no era así y Gabriela le ordenaba que terminara su café.

Luego lo llevó de vuelta a casa, pero aceptó detener el auto en la calle para conversar. Gaspar insistió y le confesó que estaba mal, que se sentía muy solo. Le dijo que encontraba que ella se resistía a sus sentimientos. Gabriela le respondió que sentía que se proyectaba en ella.

Esa noche pudo dormir muy poco. Sentía como si lo azotaran la resaca de olas sucesivas en la playa. Estuvo silencioso en el hogar los días que vinieron. Algunos amigos del grupo lo llamaban, le pedían por favor que se juntara con ellos, que no iría la Gabriela a esas fiestas. Él agradecía, pero se negaba.

En una ocasión uno de esos amigos lo pasó a buscar a su casa en automóvil. Lo convenció de que aceptara invitarle unas piscolas. Conversaron bastante y Gaspar le explicó que necesitaba detenerse un poco, reflexionar más sobre su vida. Aceptó que muchas veces fue pedante y trataría de superar ese defecto. Cuando este amigo lo llevó de vuelta a casa, él le confidenció que había un rasgo de Cristina que lo encontraba muy bonito. Hace años, en un asado, había confesado que tenía el complejo de la niña buena y creía que en eso eran similares.

A los pocos días, mientras viajaba en Metro, vio curiosamente entrar a un vagón cercano a Cristina. Estaba acompañada de una amiga que Gaspar no conocía y vestía una ropa muy infantil y tierna, pero aún así lucía con el encanto que él le encontraba. Lo interpretó como una señal y a los pocos días la llamó.

Cristina lo invitó un viernes por la noche a su casa a conversar. Como en otras ocasiones, si se hacía tarde, podría quedarse a dormir en casa de ella, en el living. Lo recibió muy contenta, le sirvió una piscola y, de buenas a primeras, en el sofá junto a él, se acercó para recibir un beso. A Gaspar lo invadió la timidez. Prefirieron conversar. Le contó muchos de sus problemas, en especial acerca de su familia. Cristina bebía un vaso de pisco tras otro. En un minuto, a raíz de uno de los tantos temas que abordaron, le confesó su herida.

 

No, Gaspar, eso que me hiciste me dolió mucho. En serio, me dolió mucho

¿Qué, Cristina?, ¿Qué he sido pedante contigo?


Seguía sin darse por aludido. Al poco rato Cristina se aburrió y, con pesar, le indicó que tenía unas frazadas en el living para él, que subiría a su habitación a dormir.

A la mañana siguiente Gaspar se sentía un estúpido, dando bastonazos de ciego a diestra y siniestra. Los papás de Cristina, a los que conocía bien, lo invitaron a tomar desayuno. Sentados al comedor de diario de la cocina, la mamá lo miraba con lastima. Le preguntó si quería que despertara a Cristina. Él prefirió que no. Luego el papá le preguntó si había pensado en un negocio que emprender. Otra vez se le presentaba a Gaspar esta pregunta. Con los años entendería que muchos jóvenes de su nivel social tenían la costumbre de solicitar a sus padres un capital económico para montar algún negocio que le permitiera forjarse un futuro, independiente de si habían estudiado una carrera universitaria o no. Por la dinámica familiar que él tenía nunca se le hubiera pasado por la cabeza esa opción. Le respondió al papá de Cristina que estaba pensando, la verdad, en encontrar una práctica profesional.

Los padres se decepcionaron y, como la conversación derivó a otros temas, se burlaron del lenguaje tan rebuscado que solía emplear Gaspar, siempre con su cabeza en la literatura y no en los hechos concretos de la vida. Se ofendió, les agradeció el desayuno y se fue.

Pocos días después llamó Cristina y le dijo que ella debió haber bajado a la mañana de ese día a conversar con él. Gaspar estaba ofuscado, con ella o consigo mismo, y cuando le preguntó si tenía un paciente que quisiera enviarle a la consulta- Cristina ya estaba titulada y ejerciendo-, le respondió que no y colgó.

Realmente no entendía lo que le sucedía. Pensó en volver al psicólogo que lo derivó al psiquiatra, el mismo que fue compañero en la universidad de sus tíos, pero el ambiente en su familia era todo lo menos propicio para recurrir a sus padres pidiendo ayuda.

La mamá de Gaspar descubrió a su marido. Efectivamente, en la cinta grabada con el artefacto escondido bajo el asiento del automóvil, se constataba al padre del joven con una amante. La señora se enteró poco después que esa infidelidad era de muchos años. Se lo recriminaba a su marido, pero él seguía insistiendo que era sólo una aventura pasajera, que de verdad la amaba y a sus hijos. Comenzó a llegar borracho después del trabajo y dormía en la habitación de servicio.

Una noche la situación no resistió más. La madre de Gaspar explotó en insultos contra su marido, le tiró su ropa a la cara gritándole que se fuera de la casa. El hijo menor se encontró con su padre en la cocina, quien le dijo- nunca abandonando la solemnidad del lenguaje-, como has notado, las relaciones con tu mamá no son las mejores. Me voy a quedar esta noche en un hotel. Luego arrendaré un departamento. ¿Quieres ir a vivir conmigo?, ¿encuentras positiva esta decisión?

Gaspar asintió a las dos preguntas. No sólo asintió, las respondió con la frase completa, del sujeto al predicado. Pocas veces su padre había sincero de esta forma. Iniciaba así un giro en su vida que ninguna de las terapias a las que se había sometido le habían brindado la claridad que ahora tenía acerca de sus sentimientos.

Tal vez, por muy clisé que fuera la frase, la vida enseñaba mejor que ninguna terapia.

jueves, 1 de septiembre de 2022

Acordes concéntricos


 

Avenida Matta, la noche despierta
con el ritmo de acordes eléctricos
sonido envolvente, crea mundos en interfaz
Huidobro reencarna posmoderno
asciende el paracaidista
su estela sonora ilumina conciencias
a las masas intenta agitar.
 
El pequeños Dios, en monólogo aflautado
rememora sus tropiezos en política
locos años veinte, tensiones
explosivos en el hogar, amenazas
mejor buscar en las letras refugio.
 
Adviento electoral asoma por la ventana
poesía y música no lo excluyen
mas saben guardar la debida distancia.
 
No es falta de compromiso
es simplemente el resguardo
no caer en la trampa
del poder y sus hilos ominosos.

miércoles, 18 de mayo de 2022

No me gustan los gatos

 


Esa frase pronunció Federico cuando Mariela le presentó a Menina, una gata obesa y muy regalona. ¿Por qué? Son muy desapegados, viven su mundo y de un momento a otro cortan el rostro con su indiferencia, son traicioneros. Pero este cuarentón solitario debía hacerse a la idea de convivir con el felino, pues siendo un periodista muy tardíamente titulado y cesante no podía darse el lujo de rechazar el empleo en esa agencia de comunicaciones. Mariela partiría muy temprano a su trabajo en una ONG y él junto a Karla y Pablo se harían cargo de su pyme en el departamento de calle Ejército, también cuidando a la gata consentida.

Karlita, una joven muy delgada y un tanto gótica, le enseñó el oficio y lo introdujo al mundo gatuno. Federico no entendía por qué Menina, una vez superada la desconfianza, le daba arañazos leves y rápidos en el pecho cuando la acariciaba en sus faldas, con ronroneos guturales. Ella le explicó que los gatos amasan a sus amos durante esos mimos pues recuerdan el pecho de sus madres cuando eran lactantes. Los michis ven a los humanos como gatos grandes y torpes, agregó, y a Federico le comenzaba a enternecer esos modos tímidos y a la vez vulnerables de esta veinteañera.

Decía tener fobia social y era coherente con sus vestimentas de negro y su gusto por la música de Placebo. Amaba las novelas de vampiros y los animé, mundos muy diferentes a los de Federico, literato de novelas canónicas y de la nouvelle vague francesa. Además de la diferencia de edad, Karlita era de Conchalí y él de Las Condes, viviendo con su madre. El periodista pensó entonces en “Palomita Blanca”.

La invitó a salir muchas veces a lecturas de poesía en la Fundación Neruda o a compartir un café en Lastarria, pero ella prefería ir al Bal Le Duc con Pablo, un joven gay diseñador de vestuario. Ella decía que no le gustaban las mujeres, pero tenía grabado que los hombres eran unos abusadores y mentirosos.

La agencia cerró y, luego de una borrachera de despedida en Bellavista, cada uno siguió su camino. Federico pensó en el poema del gato solitario de la Szymbroska. A los meses después, en el ocio de cesantía en su departamento, vio que un felino tomaba sol en el patio del primer piso. Notó que era hembra cuando acarició su lomo al pasar sucesivamente contra sus piernas, y se sintió triste con sus ronroneos.

jueves, 27 de enero de 2022

Crecer por la palabra

 


Si tuve miedo de alguna palabra, fue porque hay vocablos que son como mantras, verdaderas profecías que, si uno se atreve a pronunciarlas, se abre la Caja de Pandora, se desatan tempestades implacables, las Siete plagas del Apocalipsis en nuestro inconsciente y onirismo más real.

La tradición judeo cristiana los estableció en los textos sagrados. En un principio era el verbo/ y el verbo era frente a Dios/ y el verbo era Dios. La tradición occidental logocentrista, Aristóteles y Santo Tomás abrazados con sorna, donde las palabras, esas perras negras que llamaba Cortázar, determinan nuestras vidas de forma perversa. Incluso más allá, los griegos solían ser proféticos en la palabra, como los poetas sureños de Arúspice emularon y a principios del siglo XX el hombre en paracaídas se erigiera en pequeño dios al sentenciar las rosas floreciendo en poemas, las palabras creando mundos por obra del intelecto.

Pero volvamos al temor- las explicaciones teóricas me aletargan-, hubo un tiempo en que me resistí a pronunciar una palabra. Se trataba del miedo a asumir sus consecuencias, en un acto de negación feroz. El lenguaje crea realidad y al momento de nombrar ese concepto- como en la epifanía de una psicoterapia lacaniana- temía que se volviera realidad.

El lenguaje es un arma de doble filo, le reproché a mi padre en una discusión, pues logra enaltecer, en ocasiones, y denigrar cruelmente, en momentos más oscuros. Y justamente de mi progenitor viene este amor por las palabras- así como el miedo entremezclado con odio- en una búsqueda estéril, al más puro estilo del castigo de Sísifo, de alcanzar a verlo con el corazón en la mano. No fueron suficientes los libros que leí y le comentaba, ni los cuentos y poemas que le mostraba orgulloso luego de escribirlos, anhelando su aprobación. Una presencia invisible pero siempre acechando tras mi espalda.

Sin embargo, la escritura me ha ayudado ha reconstruir retazos extraviados de mi vida, en un diálogo unilateral con mi padre, por ejemplo, y en escenificar pasajes de mi pasado donde la ficción logra visualizar los hechos con mayor claridad- como una escena en el plató de filmación- o bien parchar esos baches que la historia suele ensuciar y, mediante la creación de la palabra, dar un nuevo orden a las ideas y los fantasmas de mi pasado.

Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo, sentenció Wittgenstein, y resulta bonito organizar nuevamente el mundo personal sobre la base de la manipulación con las palabras. Incluso cuando el temor nos invade, hacer una verónica a esos vocablos salvajes y domesticarlos en una fábula narrativa o poética, luego de tramitar los demonios internos y sus proyecciones en el mundo tangible.

Que el verso sea una llave que abra mil puertas. Huidobro lo entendía, las palabras pueden ser un miedo atávico que, no obstante, puede abrirnos la vía a desentrañar los misterios más reveladores, en un acto valiente por encumbrar el vuelo de nuestra psique más reprimida y las pulsiones más determinantes.

La palabra es un pivote que gira según los vientos que nuestro temple y creatividad les otorguen.


miércoles, 19 de enero de 2022

Canciones románticas

 


Puede que Tatiana nunca haya leído Tarde en el hospital, de Pezoa Véliz. La literatura nunca fue de sus aficiones, salvo algunos autores europeos. Pero la frágil cadencia de esos versos de sanatorio, armonizaban muy bien con su temple en ese momento: para espantar la tristeza/ duermo. Poco y nada se podía descansar por los dolores: la melancolía azotaba el espíritu y la memoria. Veinteañera, sin estudios superiores, con un pasado de infancia y adolescencia dedicado a la danza clásica (que no la preparó para el aula universitaria), con una madre severa y de escasa contención, se pasaba las tardes en el living de su hogar en Maipú escuchando melodías empalagosas sobre el amor y sus derivados.

Una tarde, mientras regresaba del preuniversitario, Roberto subió a la micro. Notoriamente alto, de contextura robusta y tez morena, la mirada firme, el cuerpo de Tatiana orquestaba el contraste con su metro 54, su cabello rubio -que en el liceo rumoreaban que era teñido-, y sus ojos lánguidos de niña suave. Se sentó a su lado, cargado de hinchados bolsos de mano, y simplemente esperó a que ella lo abordara. Si bien eran muy distintos, él insistió, y con el tiempo Tatiana creyó encontrar el amor en este hombre maltratado por la vida, criado en un internado de Carabineros a falta de un padre que nunca conoció, de extracción muy humilde y saldos impagos con sus afectos.

Lamerse mutuamente las heridas parecía ser la tónica, descansando en la empatía que comparten quienes han saboreado el aroma de las letrinas de la casona, mientras otros deleitan su paladar, una delgada cuerda que los llevó a instalarse en una pieza trasera de la vivienda de Tatiana. Ella pensaba ser el sofá mullido donde Roberto se consolaba. Jornadas de paseo por el Parque Forestal, el prometedor ingreso de Tatiana a estudiar en un instituto una carrera relacionada con el medio ambiente, dilatadas conversaciones nocturnas donde se deshilvanaban los nudos pretéritos, sumado a ardientes encuentros sexuales cuando gozaban de la escasa intimidad que les permitía la familia de ella, fueron construyendo un sendero donde proyectaban sus días dorados, juntos, conteniéndose, al abrigo de lo que suelen entenderse por familia.

Claro que la pasión no fue un saco sin fondo. Tatiana deseaba secretamente ser madre, convicción que ocultaba bajo siete llaves a sus padres. No consideraba la planificación familiar, nunca pensó que Roberto debía encontrar un empleo digno antes de lanzarse a la aventura de la paternidad (y dejar de ser un desvergonzado parásito de la familia de su novia), creía que en esos temas había que dejarlas fluir las cosas, como la vida…

La reacción de sus parientes, desde los más directos hasta los que aparecen sólo en los bautizos, fue de tajante condena. La abuela materna, anciana mujer de campo, vociferaba que el pobre Roberto había caído en las redes de una casquivana. Los padres se esmeraban en que el joven asumiera bien la noticia y se empeñara en allanar el camino. Sin embargo, intuían que el guiso estaba zozobrando en caldo.

Roberto develaba crecientemente su mal carácter: violencia en el hogar de menores, sentirse abandonado a tan corta edad por su madre que, si bien luego asumió la crianza, el daño parecía no poder repararse tan fácilmente, hicieron de la ira una resaca de brote imprevisto. Entonces los celos irracionales, la tendencia posesiva hacia Tatiana, la envidia, debido a las carencias de infancia, y los arranques de rabia escandalosos ante situaciones de calibre menor, empezaron a configurar su verdadera personalidad.

Daba excusas infantiles para justificar su cesantía. Que me explotan, que se trata de puros negreros, que yo aspiro a algo mejor, y así la cantinela. Tatiana le insistía que necesitaba acudir a un psicólogo para tramitar sus explosiones de rabia, sus celos, en fin, a lo que él replicaba sí, mi amor, si yo voy a cambiar, voy a ser un hombre nuevo para ti y nuestra hijita. Ella entendía ahora mejor que nunca aquel refrán de que las palabras se las lleva el viento.

En una ocasión, Roberto quiso resarcirse de una escenita y le llevó a la pieza el almuerzo. Tatiana le replicó que no podía comer esos alimentos. La bandeja voló por la habitación, así como el plato y la cazuela que empapó las paredes, los trozos de pan dieron sobre el flexit y las lonjas de lechuga gotearon vinagre desde el marco de la ventana. Ella sólo pensaba en su hija por nacer.

Roberto la convenció de que el hospital de Rancagua era la mejor opción. Una tía de él trabajaba en el lugar (la que finalmente no apareció). Tampoco el padre a la hora del parto. Días después acudiría hipócrita, con un ramo de flores y voz plañidera, dando excusas. Tatiana maldijo al mundo cuando la auxiliar le pateó el vientre buscando que la creatura asomara. Sudor helado, sentía que la acuchillaban por dentro, y la matrona le sermoneaba que a su edad ya debía tener experiencia en estas cosas. Pese a todo, Maite nació sanita, rozagante y la báscula marcó sobre los tres kilos y medio.

Entonces, esta muchacha triste, era- por decir lo menos- un estropajo de huesos sobre el lecho de la sala posparto del hospital público. Madre soltera, parir sola y sin anestesia a su primera y la que sería su única hija. Adolorida hasta el tuétano, con el sopor de la convalecencia con aroma a cloroformo, miraba los ojos asustados que se asomaban por entre las sábanas de las otras madres sobrevivientes en la penumbra del semi aséptico espacio. Completamente enamorados, alucinados con nosotros dos, sintiendo morbo por primera vez y por primera vez tocándonos, escuchaban la voz del meloso puertorriqueño desde una radio antigua, única distracción del ambiente enrarecido, y las madres reían, en su dolor.


martes, 4 de enero de 2022

Impasible

 

Nada te turbe, nada te espante; todo se pasa, Dios no se muda; la paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta”.

Santa Teresa de Ávila

 
 
Los grados Celsius festinan
en el sordo letargo abrasivo
hierve el pavimento y su alquitrán
la canícula del verano
sobre las calles de Santiago de Chile.
 
Pasos torpes, garganta hiere
la sequedad en los ganglios
cuerdas vocales incapaces
de emitir palabra alguna.
El aire espeso difumina la visión.
 
Espejismos, ilusiones ópticas enarbolan
imágenes de otro tiempo, lugares remotos
vasos comunicantes con vidas pretéritas
ancestros saldando deudas en el averno
la falta de carácter es una factura
impaga, caduca, grabada a fuego
en la conciencia de los sobrevivientes.
 
Una gaseosa mitiga por instantes
el marasmo y la opresión desértica.
Enciendo un cigarro, ola de calor se dispersa
una muchacha se sienta a mi lado
fuma coqueta y juega en la pantalla líquida
la presión atmosférica impide
que segundos y hechos fluyan
oprimidos en el sopor del tiempo.
 
La muchacha se aburre
tras un desdén, camina ofendida.
Muros de vapor caliente impiden el paso
avanzo con esfuerzo en el Mar muerto
el peso de la culpa sobre mis sienes.
 
En la esquina hay gritos y alboroto
una joven azorada exige justicia
tras la embestida brutal de un vehículo
que atropelló su dignidad, como si nada.
Rostros congregados alrededor del accidente
que por su crudeza estremece.
 
Dejo atrás la crónica policial
sin alterarse el más mínimo rasgo
de un semblante que imita el plástico
tan artificial como impasible.
 
La sangre circula, hierve y punza
mi piel no es indiferente
el sopor oprime
implacable hasta anularme
sabotea mis lágrimas
al evaporar todo fulgor lumínico
sumido en el agobio de una rutina
plana y desértica
como el pavimento bajo mis zapatos.

martes, 28 de diciembre de 2021

Otra tierra

 


Dijiste:

Iré hacia otra tierra, iré hacia otro mar.

Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta.

Aquí, una condena escrita es todo esfuerzo mío.

Y está mi corazón- como un cadáver- enterrado.

Hasta cuándo permanecerá mi mente en tal marasmo”.

 

Constantino Kavafis[1]

 

Parajes descampados transitaban por el encuadre de la ventana. Viñedos, algunas poblaciones aisladas, intersecciones de grandes vías de asfalto. Como si el vidrio fuera la pantalla que exhibía un monótono travelling. No se divisaba la cordillera. El horizonte desplegado sin límites, amenazador, sentía que en cualquier momento era capaz de engullirme de un sólo bocado.

Cuando logré sintonizar radios locales en mi walkman escuchaba acerca del caso de María Soledad, una noticia de la crónica roja que dominaba el interés de la opinión pública. Hubo un lapso del trayecto en que no tenía con quien conversar, el chileno con quien había entablado una momentánea amistad se bajó en Córdoba. De veintitantos, unos pocos años mayor que yo, visitaba la ciudad en la que vivió durante un par de años. Percibí su nostalgia por los años argentinos y la angustia de tener que vivir obligadamente con su familia. No se puede estudiar y trabajar al mismo tiempo, me confesó en un lamento y asentí, pese a que eran justamente mis planes, pero en Santiago no me atreví a embarcarme en ese desafío. Y motivos no me faltaban.

No era el único chileno en el bus. Sin contar a la señora que contrabandeaba ropa de guagua para vender en Mendoza (guárdemela en tu casillero, mijito, si no va a pasar nada), había parejas jóvenes que viajaban por vacaciones. Algunos argentinos parece que iban de regreso, no los había conocido mucho. En el paso fronterizo recordé la indicación de la funcionaria de la embajada argentina en Chile, debía bajarme y exigir que me timbraran el pasaporte.

 

No es necesario, pibe.

Pero me dijeron que había que registrar el ingreso…

No, lo tenés que timbrar allá, en la embajada de tu país.

 

Lo decía con tal seguridad que le creí. Era la primera vez que salía de Chile y debía necesario acostumbrarme a una nueva vida. Eso buscaba, pese a que mi familia hizo lo imposible por convencerme de quedarme en casa. ¿Cine?, ¿Cine?, va a ser difícil que encuentres un trabajo en eso, me comentó un primo de Concepción en el matrimonio de mi hermana mayor. Le expliqué que no buscaba ser Spielberg, que mis fantasías no volaban tan alto, sino que quería aprender una técnica para luego desempeñarme en cine publicitario, en productoras chilenas. ¿Entonces por qué en Buenos Aires? Mi discurso iba siempre por el complejo nacional de que todo lo extranjero era mejor valorado en el país. Dudo mucho que me creyeran. En fin, fueron bastantes los titubeos y no me sentía nada de bien en los últimos meses en Santiago.

Guardaba el sabor amargo de los años de Periodismo en la Universidad Diego Portales, casa de estudios que por esos días sobresalía entre las privadas. Creo que el complejo de no pertenecer se agudizó en mí en los tres años de estudio y la rabia contenida fue corrosiva en la despedida que me hicieron mis amigos cercanos de la Escuela, tarareando “La Comparsita” con mi apellido en las dos últimas sílabas del coro. Ponce en Buenos Aires, jajaja. Desde la llegada triunfal de Juan Domingo Perón que no se conoce una bienvenida más afectuosa. Recuerdo que cuando me despedía del anfitrión de esa cita tan funesta, sentado en el auto para ir a dejar a los otros compañeros, se me escapó un Esto no se va a quedar así… Me miró con lástima.

Pero sería injusto decir que solamente fue el ambiente académico el que me hizo sentir que en Santiago me estaba pudriendo. Justamente entre la multitud portaliana destacaba Bárbara, una compañera de la que me enamoré tan ingenua como perdidamente. Es cierto, tenía 21 años, pero mi despertar de la adolescencia fue lento y con muchos tropiezos. Ella me llamó la atención desde el primer año: el misterio que la envolvía en sus ropas oscuras, que marcaban un juego de claroscuros perfecto con su cara pálida y pelo liso azabache. Me tocó hacer un trabajo en grupo con Bárbara, escogido por sorteo, en el primer semestre. Supe que era de Temuco, hija de un reconocido poeta de La Araucanía, que había cursado un año de Periodismo en la Universidad de La Frontera y sus gustos literarios eran un tanto góticos. Leía a Poe y Lovecraft, escritores que comencé a profundizar en ese entonces. La imaginaba como el Cuervo del célebre poema. Además, tenía gustos musicales metaleros y punks.

En esos tres años de estudio no fuimos muy amigos, pero siempre la observaba y me atrevía a ratos a conversar trivialmente con ella. Una vez la vi en Bellavista junto a unos chascones vestidos con chaquetas de jeans con parches mortuorios. Pero en el verano anterior a mi travesía argentina, coincidí en unas vacaciones en Lican Ray, donde su familia tenía unas cabañas de veraneo y aprovechaban de pasar los días en ese balneario del sur. Fue ahí que quedé obsesionado con esta chica. No hubo más que una visita y algún encuentro en el centro del pueblo, pero me ilusioné demasiado. La imaginaba con algún tipo mayor, muy rudo y metalero, un maldito como en las novelas beatnik y yo me sentía un niño inocente y nerd.

Al regreso a Santiago mi timidez creció tanto como mi obsesión. Estaba ansioso, de mal humor y culpaba a mi familia, por sobreprotegerme tanto, de mi falta de valentía. De hecho, mi hermana me acusaba de tratar mal a mi mamá. Toda la Escuela de Periodismo se dio cuenta de esta situación sin que yo me enterara de que sabían. Hasta los últimos días del año, la ansiedad perjudicó mi rendimiento académico, me comenzó a dar lo mismo si me iba mal en las pruebas y los rumores volaban, hasta que se convirtieron en un ambiente hostil de parte de mis compañeros, con burlas e indirectas muy crueles. Sentía que era la mujer de mi vida, si no estaba con ella, si no perdía la virginidad con Bárbara, ya no habría vuelta atrás.

Tenía amigos fuera de la universidad, un grupo de estudiantes de Psicología que conocí por mi mejor amigo del colegio que optó por esa carrera. Él me recomendó desde su primer año de estudio que acudiera a un psicólogo. Y fui a la clínica psicológica de esa universidad a los 18 años, con una terapeuta muy atractiva, pero no creo que haya avanzado mucho en mis temas emocionales. Se llamaba Paula y no era mucho mayor que yo, estaba haciendo su práctica. Estos amigos psicólogos también me molestaban mucho, en especial por mi casi nulo éxito con las mujeres. Eran salidas a fiestas de casas y universitarias donde bebíamos mucho, cervezas y psico por doquier, así como varios cigarros de marihuana cada noche. Se trataba de ir a la caza de chicas, no había la cultura de la relación de pareja, del pololeo tradicional en ambientes familiares.

En tercer año de Periodismo, asfixiado por la indecisión ante Bárbara y la hostilidad de amigos, compañeros y mi familia, recurrí nuevamente a la consulta de Paula, ahora en un centro de atención en Ñuñoa. Ella dijo no entenderme bien. Si no resultó con esta compañera, ¿por qué seguir angustiado, Gabriel? Ya vendrá otra mujer.

Entonces la psicóloga me recomendó, por adherir a la corriente sistémica, que invitara a mi familia nuclear a la consulta. Y fue un desastre. Después de exponer cada uno, Paula y una profesional mayor- que estaba asistiendo- salieron de la habitación a conversar. Mi hermano lanzó una ironía: Vamos a ver quién gana. En esta competencia sentía que jugaba en desventaja y silenciosamente abracé la idea de estudiar fuera del país, como una forma de escapar de ese laberinto que no entendía y que ni las psicólogas comprendieron tampoco.

Muchos de esos recuerdos santiaguinos me rondaron mucho tiempo en la cabeza durante mi vida en Buenos Aires. Cuando llegué en el bus a Retiro, la sensación de aire húmedo caliente me golpeó la cara. Ciertamente, ya se sentía el ambiente durante el viaje, pero fue distinto estar en la urbe con los grados de verano que irradiaban del pavimento, y me costó mucho tiempo acostumbrarme. Había leído que en Buenos Aires había un clima mediterráneo húmedo y, en principio, pensé que sería más llevadero que el mediterráneo seco de la capital chilena. Los días iniciales en la ciudad me rascaba mucho, en todo el cuerpo, hasta que decidí no luchar contra esa sensación. Pero la humedad temperada no fue un asunto que resolviera en pocas semanas.

Una de las primeras cosas que hice en la estación de buses fue comprar un libro encuadernado con los planos de la ciudad. Fue también un esfuerzo acostumbrarme a que en esos mapas el norte se ubicaba al lado izquierdo de la página. Por contactos que mi familia hizo antes del viaje, me alojé en un principio en una pensión que regentaba una familia en el barrio Vicente López, que estaba por sobre la frontera norte de Capital Federal, como se le decían en ese entonces. También debí aprender y habituarme a la delimitación geográfica y administrativa de la ciudad con la Provincia de Buenos Aires, dentro de la cual la capital, de por sí extensa, era pequeña en comparación con lo que los porteños llamaban el interior.

Esa familia me recibió bien, la señora fue muy acogedora y me dio las primeras indicaciones donde comprar comida y los utensilios básicos. Al enseñarme mi habitación noté el ventilador en el techo, que más adelante supe que era común en las residencias y edificios públicos de la zona, pues o tenían aire acondicionado o capeaban el calor con ese artefacto tan propio de los países caribeños.

Llegué un viernes a ese barrio y aproveché el fin de semana para conocer tímidamente la ciudad. Fueron mis primeros paseos por Buenos Aires, donde me impresionaba lo grande de todos sus espacios públicos e instalaciones. Recorrí un parque, de aquellos en que los argentinos disfrutan de las enormes áreas verdes mientras preparan asados y beben cervezas. Cuando iba de regreso, una vez que había amainado la temperatura, una chica muy bonita, vestida de blanco, me preguntó si quería participar de una rifa. Acepté y cuando me preguntaba los datos tuve que explicarle que era chileno y sin amigos en la ciudad. ¿No tenés ningún amigo en Buenos Aires?, y su cara era de espanto. Pensé que esa urbe aumentaba cada vez más sus metros cuadrados en la medida que me sentía más pequeño.

Mis incursiones iniciales en la argentinidad fueron de intercambio con un Castellano bastante neutral. Pero uno de esos días en esa pensión al regresar saludo al matrimonio que la regentaba y el marido me avisa que instaló un “placardcito” en mi pieza. No le entendí y él me hace hincapié en que esperaba que no me molestaba que haya entrado en mi habitación mientras no estaba. Hasta ese entonces, sólo tenía el recuerdo de la canción de Soda Stereo “Un misil en mi placard”, pero era el tiempo en que disfrutaba de la música en español sin reflexionar mayormente sobre la letra.

Otro desencuentro lingüístico sucedió después y fue una de las primeras experiencias que viví de la animadversión que, aunque haya matices y muchos transandinos lo nieguen, existen de los argentinos hacia los chilenos. Resulta que en esa casa trabajaba una empleada doméstica y una tarde, luego de lavar ropa a mano en la terraza de la azotea, voy con las poleras mojadas y me la encuentro en los cables que se ocupaban para tender.

 

Disculpa, puedo…

¡Sí, podés colgar tus remeras acá!

 

El tono fue despectivo y hasta me interrumpió. La familia que hospedaba era de clase media- que con el tiempo entendí que era muy distinta a ese grupo social en Chile-, pero esta mujer era más humilde, morena o “morocha”, y fue cuando empecé a darme cuenta de que la discriminación no hacía diferencias por origen social de los argentinos.

Si bien la decisión de estudiar Cine en Buenos Aires fue, además de escandalosa, en cierto sentido una excusa, siempre tuve interés en cursar los ramos en la casa de estudios. Estaba matriculado en la Fundación Universidad del Cine, la FUC, un plantel privado que impartía exclusivamente esa carrera y contaba con los más sofisticados equipos técnicos para la realización cinematográfica. Por cierto, el arancel era muy caro, pero al ser chileno no me costó mucho que me dieran media beca.

Luego de un fin de semana de reconocimiento de la ciudad, tenía que integrarme a las clases, que ya habían comenzado. Cursaba el horario vespertino, pues pretendía trabajar durante el día y, de esta forma, costear una parte de mis gastos. Mi padre había sido reacio a que emprendiera esta aventura. Me insistió en que terminara mis estudios de Periodismo y, luego, podría estudiar con toda facilidad cualquier carrera. Es cierto, en Chile el titulo pesa más que la persona, pero mi tozudez escondía problemas emotivos que mi papá o no sospechaba o no quería darse cuenta de ellos. Tampoco yo los tenía tan claros como para explicárselos a alguien.

Intentó recomendarme con cineastas en productoras, que por sus contactos ubicó, pero ahora entiendo que, la verdad, sólo quería disuadirme de viajar a Buenos Aires. Sentía que jugaba conmigo. Una vez fui a una productora por recomendación de él y un adolescente en la recepción, menor que yo, me dice que la persona que busco no está. Y eso que supuestamente me estaba esperando. Luego, en casa, mi mamá me dice con risas que estaban todos en un asado y que yo debí haber insistido. Mi padre era así, tan chileno como para no decir lo que siente y, sumado a que mi familia era disfuncional, él ocultaba la mugre bajo la alfombra. Lo grave es comenzaba a emerger por mis heridas esa suciedad.

Le seguí el juego y finalmente mi padre accedió. Argumentaba que había invertido mucho en viajes de diversión para mis hermanos, pero en especial a Andrés, que me aventajaba apenas un año dos meses en edad. El trato era que mi papá me costeaba la universidad y la pensión donde alojarme y yo corría con los gastos de alimentación, transporte y cualquier otra necesidad o placer que surgiese. Para ello trabajaría en un empleo no calificado.

La FUC quedaba en el barrio de Santelmo, muy lejos de Vicente López. El primer día que fui a clases demoré tanto en el colectivo que llegué tarde. Tenía que ingeniármelas para partir muy temprano desde la pensión, casi inmediatamente después de almorzar. La primera clase a la que entré era de Semiología. La profesora expuso durante un rato y, luego, nos instó a juntarnos en grupo para analizar un capítulo del “Tratado General de Semiótica”, de Umberto Eco.

Quería vencer mi timidez de entrada y causar una buena impresión. Así de galopante era mi ingenuidad: país nuevo, Gabriel nuevo. Me junté con compañeros que estaban sentados cerca. Una mujer treintañera habló con seguridad de que había que hacer el trabajo. Las miradas se posaron en mí, al ser desconocido hasta el momento. Quería hablar con impronta, pero las palabras no me salieron. Un chico argentino- que resultaría ser bastante agradable cuando lo conocí un poco más adelante- sonrió con ternura. Comenzaron a preguntarme.

¿Pero en Chile no tienen camaritas para que estudiés allá? Le explicaba a la treintañera que había escuelas de Cine en mi país, pero estaban recién comenzando y no daban seguridad. El argentino agradable me preguntó si nosotros ocupábamos el sistema televisivo NTSC, a lo que asentí. Ellos ocupaban PAL, de origen alemán. Que las 525 líneas televisivas en Chile fueran de origen americano y el sistema argentino de marca europea fue una constante que fui confirmando a medida que conocía más Buenos Aires. Una cordillera divide ambos países, se comparte idioma, y sin embargo grande es la brecha cultural e idiosincrática entre estos pueblos vecinos.

La sede de la Universidad del Cine donde tenía clases quedaba en calle Piedras, a cuadras de la Plaza Dorrego, que tiempo después supe que los fines de semana era lugar turístico ya que interpretaban tangos y parejas lo bailaban con el atuendo característico. También se instalaban puestos de artesanía y venta de souvenirs de la ciudad. Eso me lo contaron porque nunca estuve ahí algún fin de semana. Acudía seguido los días hábiles, cuando tenía ventanas académicas, para fumar en la noche mientras veía el escaso movimiento de gente. Era una forma de no sentirme observado ni sufrir por la indiferencia de mis compañeros de la facultad.

Se notaba que la FUC era un plantel de muchos recursos. Tenía un patio central, con un puesto de café y facturitas en una esquina, con mesas en cuya cubierta había fotografías en blanco y negro de estrellas hollywoodenses. Era habitual sentarse y bajo la taza sentir la mirada de Cary Grant o de Rita Hayworth. Me habían advertido que los estudiantes eran conchetos, niñitos bien, de mucha plata, hijitos de papá. Cuando en las clases se suscitaba decir el barrio en que vivían, de inmediato abundaban Belgrano o incluso Olivos, que quedaba fuera de Capital Federal. En Buenos Aires las áreas urbanas de Barrio Norte eran las más pudientes, cuestión que se deslizaba en canciones de Sumo y Charly García. Ahora, Olivos era el barrio donde estaba la casa presidencial y su arquitectura era más bien mediterránea, distinta a la característica porteña- en su mayoría edificios de estilo parisino-, con casas que me recordaron a las de La Dehesa.

La distancia con la facultad me obligó a que buscase otra pensión. En uno de mis paseos por el microcentro de Buenos Aires, cercano a Santelmo, después de almorzar en un McDonald’s- una de las pocas incursiones del imperialismo yanki en esa época- llamé desde un teléfono público a unos avisos que leí en El Clarín. Uno me convenció, por precio y ubicación. Sí, tiene TV Cable, te va a encantar, pibe. Acordé con el dueño encontrarme en la pensión a las 18 horas y cerrar el trato ahí mismo.

Eran años del segundo gobierno menemista. La figura del ministro Cavallo se me hizo rápidamente conocida. La medida de instaurar la paridad del peso argentino con el dólar estadounidense tenía sumida a la Argentina en una recesión tremenda, con escasez de moneda circulante. Los argentinos reclamaban a viva voz en contra de él en cada esquina, con esa locuacidad característica de ellos, una expresividad que aprendí podía ser sumamente acogedora cuando eran amables y que los convertía en unas bestias cuando los dominaba el odio.

Esta pensión a la que me mudaba costaba 200 pesos al mes. Me quedaba poca plata y debía tomar un taxi para llevar mi equipaje. Me despedí cariñosamente de a señora de Vicente López y tomé el primer taxi que encontré. Vi desfilar barrios y barrios de Capital Federal cuando caía la tarde. Mi destino era San Cristóbal, un barrio en la zona sur de Buenos Aires. Mientras avanzaba raudo por la avenida 9 de julio me fijaba en el taxímetro. Contaba con 20 pesos disponibles para el viaje.

 

Flaco, el viaje ES caro. No me preguntés por cuánto te va a salir.

No tengo más que 20 pesos, en serio. ¿Dónde me vas a dejar?

 

Estaciona el vehículo cerca de la calle Humberto Primo, que es donde iba, con la 9 de julio. Abre la maleta, recibe el billete y me extiende el último bolso de mi equipaje con un gesto despectivo. Tuve que caminar como ocho cuadras hasta la pensión, arrastrando muy cansado mi equipaje. Meses más tarde deduje que esa travesía había sido mi presentación en el barrio, donde me hice conocido muy pronto, pese a que prácticamente no hablaba con nadie.

En la pensión de Humberto Primo se accedía en planta baja por una escalera. El primer y segundo piso constituían la casona acomodada para el hospedaje. Me recibe el dueño, que no vivía ahí, en la cocina comedor, mientras conversaba con otros inquilinos, reunidos en el comedor en torno a la TV.

 

Yo ya me iba a ir. Acompañame a ver tu cuarto.

 

El dueño era un tipo de unos 40 años, semicalvo y liviano de sangre. Subió con nosotros uno de los inquilinos, un gordo también en la cuarentena de edad, con cara un tanto hosca y vestido formal. Al verlo con corbata de inmediato recordé a mi padre, pese a que este argentino, llamado Jorge, era una persona muy distinta a él, como me fui dando cuenta después.

La habitación era en la azotea, separada de las otras de ese piso por un patio a la intemperie donde había cordeles para el tendido de ropa. Se trataba de un dormitorio para varias personas, había camas y camarotes y un baño en suite con más de una ducha y tazas de WC. El dueño de la pensión me pregunta en qué cama quiero instalarme y Jorge me sugiere una del fondo, más protegida de la entrada. Le hago caso. Luego, Carlos, el propietario de la casa le dice al inquino que lo espere abajo, en el comedor, pues quiere hablar a solas conmigo.


Mirá, Gabriel, la pensión en realidad cuesta 260 pesos, pero contigo voy a hacer un trato especial. Pero prometeme que esto queda entre nosotros.

 

Le confirmo y realizo mi primer pago. Después volvemos al comedor y Carlos me presenta a los otros inquilinos, que saludan con desgano. Le pregunto al dueño si la pensión incluye utensilios de cocina y me responde que tendré que conseguirlos yo mismo. Cuando uno vive solo tiene que comprarse sus propias cosas, me indica con tono jovial. Luego de despedirse, me quedo con Jorge frente al televisor y dos compañeros más, José y Alex.

 

¿Querés ir a un boliche, chileno?

No puedo hasta tener plata. O sea, hasta que consiga trabajo.

Conmigo no pagás nada.

 

Le agradezco a Jorge y le aclaro que por el momento prefiero no salir por las noches. Los inquilinos ven con abulia los goles del informe deportivo en las noticias.

Recorrí en los días siguientes el barrio y noté en su arquitectura europea antigua un lugar más cercano a lo popular de la argentinidad. Muchos inmigrantes, pero a diferencia mía había coreanos con sus verdulerías y se reconocían peruanos y bolivianos en las calles, lo cual ya marcaba una tendencia en esos años. Edificios pequeños, panaderías, locales de comida rápida caseros- pizzerías, platos preparados-, fábricas de pastas, algunas imprentas, cafés- que en Buenos Aires equivalen a pequeños bares y los hay en casi todas las esquinas de la ciudad- y quioscos de gaseosas, cervezas, pasteles, juegos de azar, cigarros, libros de crucigramas y artículos de bazar en general que se acondicionaban en viviendas residenciales con un escaparate abierto a la calle.

En una esquina, pintado en un mural de un edificio, una ilustración enorme que emulaba a las caricaturas de Roberto Fontanarrosa, tal vez el mismísimo famoso Inodoro Pereyra, con la leyenda: “San Cristóbal, más que una pasión un sentimiento”. Había mucha vida de barrio por estas calles. Además de los puestos de comida se contaban varias heladerías. Muchos jóvenes deambulaban en pandillas, algunos con el torso desnudo, bebiendo cerveza de la botella. Con el tiempo entendí por qué los argentinos de la pensión les llamaban pendejos, siendo que no eran mucho menores que ellos. Estos jóvenes no trabajaban ni estudiaban, vivían a expensas de sus padres quienes los consentían al punto de dejarse manipular. Además, era seguro que muchos de ellos delinquían por las noches.

Eran los mismo que me encontraba a mi regreso de la facultad por la noche. Ahora, de Santelmo hasta la pensión había una distancia de diez cuadras, así que caminaba solitario a la vuelta, como a las 23 horas. Che, vieja. ¿Tenés 50 centavos que me convidés?, me gritaban en varias esquinas de mi trayecto. Aprendí que bastaba decirles No, no tengo nada, y me dejaban tranquilo.

Al regreso a la pensión me preparaba comida. Mis compañeros estaban reunidos en el comedor en torno a la TV habitualmente. Al principio no les entendía, no sólo por los argentinismos- que fui aprendiendo con el tiempo- sino que también porque modulaban mal, los sentía como un dialecto del lunfardo. ¿Te cargan mucho en la facultad por tu acento?, me preguntó una noche Alex, que era conocido como el nene o el pendejo. Incluso yo lo llamaba así, pese a que tenía 19 años y yo apenas tres años más. ¿Qué es cargar?, pregunté con enorme ingenuidad. Jorge, el argentino cuarentón- que era un gordo macizo y maleducado- hizo un gesto de espanto y hastío. Resulta que cargar era molestar, agarrar para el hueveo, como decimos los chilenos, pero había tantas palabras que desconocía.

Una tarde quise prepararme un café- vendían Nescafé granulado en los Coto o Carrefour, con mucho más cuerpo que el instantáneo disponible en Chile- y ocupé una de las tazas del juego ordenado en uno de los estantes de madera que dividían la cocina del comedor. Las tacitas de porcelana tenían impresas las letras HCA. ¿Vos sos del Congreso?, me preguntó socarrón Jorge al entrar. Ah, entonces la C es de Congreso, la A es de argentino y la H ¿es de humilde, entonces?, respondo para continuar el juego. Más respeto, chileno, me replica el hombrón. Jorge trabajaba en el Honorable Congreso Nacional y solía tender la trampa de dejar sus cosas en ese espacio común de la vivienda para después molestar con que ocupábamos sus pertenencias. Era grosero y prepotente, me llamaba la atención que vistiera elegante y su lugar de empleo. Más tarde me contaron que se desempeñaba como cafetero en la casa legislativa. Siempre alardeaba de su trabajo. Como la mayoría en esa pensión de hombres éramos jóvenes, lo catalogábamos como el viejo. Todos le temíamos en silencio, pues de bravucón tornaba a las amenazas.

Solía compartir con José, un boliviano joven, pero que su trabajo duro y vida esforzada lo hacían parecer mayor. Era de Cochabamba, se desempeñaba en una imprenta y no era inmune a los insultos y groserías de Jorge que, si bien despotricaba en contra de los porteños y hablaba maravillas de su natal Córdova, era tan racista como el más estirado de los bonaerenses.

Una noche surgió la idea de comprar cervezas. Mirá, dijo Alex- que era de Río Negro, una ciudad próspera por el petróleo del sur argentino, y estudiaba Derecho- el amigo transandino se prende con las monedas para las Quilmes. Fue en esa borrachera que conocí más a los inquilinos. Quique era un joven alto, veinteañero con más años que la mayoría, oriundo de Entre Ríos, estudiaba Diseño Grafico y era compinche con Ariel, que venía de Bahía Blanca a estudiar Periodismo a Buenos Aires. También estaba Héctor, un muchacho peruano, limeño, cuyos padres comerciantes hicieron un esfuerzo por que él viniera a estudiar Química y Farmacia la Universidad de Buenos Aires. Debía trabajar para costear gastos y se desempeñaba como copero en el restaurante de un suizo. El peruano se creía muy astuto, como si fuera capaz de engañar a los argentinos y disfrutar de los placeres de la ciudad. En el fondo era bastante ingenuo, pese a que su egolatría reprimía esta inocencia no asumida.

Quique se caracterizaba por ser muy bromista, rápido en las reacciones emotivas y siempre alardeaba de sus conquistas amorosas. Al principio dudaba de ello, pero en varias ocasiones cerraba su cuarto con pestillo y sólo interrumpía su rutina para ir a comer a la cocina. ¿Querés apostar, pendejo?, le replicó uno de esos días a Alex, quien ponía en duda de que tuviera a una muchacha en su habitación. Con el tiempo supe que, si bien no estaba permitido, Carlos estaba al tanto y no tenía problemas con la vida personal de Quique.

Esa noche de la joda bebí mucha cerveza, terminé medio entonado. Las dinámicas que se suscitaban en esa pensión muchas veces partían por Jorge, que le encantaba provocar, y a veces José y Quique se le sumaban en el juego. Héctor elaboraba un discurso sobre el racismo de los argentinos, que él era testigo de lugares donde se encerraba en el trabajo a los inmigrantes, al más puro estilo de esclavitud moderna. Yo me sumaba versando acerca de la europeizados que eran en Argentina, que incluso parecían no sentirse parte del continente, que se mostraban superiores con los vecinos. Jorge y Alex respondían con provocaciones, pero las decían en serio para disimular la broma. En un momento le pregunté a Jorge: ¿Argentina es un país latinoamericano o una sucursal de Europa?, a lo que por supuesto respondió Una sucursal de Europa. Luego Alex develó el engaño y dijo que no los tomaran en serio, que estaban cargando y ofreció más cerveza. Sin embargo, los detalles de la conducta de los argentinos evidenciaban su racismo sutil, en ocasiones, muy directo, cuando estaban enojados.

Era tal el contraste entre la vida en la pensión de San Cristóbal- donde era habitual que robaran comida que uno dejaba en la heladera común de la cocina- y el lujo frívolo de la Universidad del Cine, que mentalmente comencé a llamarla como una teleserie yanki adolescente que trasmitían en Chile por esos años: “Escuela al estilo Beverly Hills”. Los veía como niñitos ricos, mimados y consentidos, totalmente ajenos a la realidad de su país, que vivía por ese entonces momentos crudos y difíciles producto de la situación económica. Sin embargo, había algunos compañeros de universidad más simpáticos y accesibles. Ni hablar de las mujeres: la fama bien merecida de la belleza de las argentinas la comprobaba a diario, tanto en la calle como en las muchachas de mi facultad.

 

¿Vos sos chileno?, me preguntó en los primeros días de clases una chica argentina luego de escucharme hablar.

Sí, ¿cómo supiste?

Es que un chico chileno vive en mi casa por estos días, entonces reconocí el acento.

¿Y qué hace él en tu casa?, le pregunté tratando de averiguar si se trataba de su novio o algo parecido.

Mirá, se está quedando momentáneamente con nosotros. Imagino que echás mucho de menos a tu familia en Chile.

Sí, un poco, pero me acompaño escuchando mi walkman.

 

La última respuesta fue poco inteligente, pero cierta. Escuchaba tardes enteras la Rock & Pop tendido en mi cama. Esta chica se llamaba Carolina y era conocida por lo tierna. Hasta profesores le destacaban su dulzura. Tenía rasgos redondos en la cara- la nariz, por ejemplo- distinta a muchas argentinas con fenotipos judíos o árabes. La encontré similar, en cierto sentido, a las chilenas, pero con el encanto de las chicas porteñas. Me recordaba un poco a Bárbara que, pese a su impronta pseudo dark, tenía rasgos tiernos. Inmediatamente, después de conocerla, me gustó Carolina, lo cual venía siendo una constante en mí por esos años: ser enamoradizo a un nivel de candidez abismal.

No obstante, si bien me hacía mucha falta la compañía femenina- a veces en lugares como el Subte, ante mi estupefacción por el atractivo desbordante de mujeres argentinas, hacía esfuerzos por disimular mis erecciones-, no era tiempo para el amor. Mi padre había sido tajante en decirme que debía encontrar trabajo a la brevedad y no contaba para los gastos que debían correr por mi cuenta. La recesión de esos años se manifestaba en las filas, de cuadras y cuadras, a la espera de entrevistas de trabajo. Al principio compraba temprano el Clarín y buscaba empleos rápidamente. Pero no era suficiente tiempo para organizarse, menos si no me ubicaba bien por los barrios y avenidas. En una de esas esperas en la fila me soplaron que cerca del barrio de Caseros quedaba la imprenta de ese periódico y todos los domingos a las 20 horas entregaban el apartado de empleos, gratuitamente. De esa forma pude organizarme mejor para salir a la búsqueda los lunes.

La imprenta quedaba muy lejos y, para ahorrar, caminaba. En una ocasión se detiene un Peugeot 404 y baja un argentino de mediana edad. Me grita:

 

Nene, ¿buscás trabajo?

Sí.

¿Cuánto querés ganar?

Y… unos 300 pesos.

 

Se baja también su señora. Ante mi desconfianza, el hombre me muestra el padrón del auto. Vivimos a pocas cuadras de distancia. El empleo es de albañil en una construcción para ampliar su casa. Nunca me he desempeñado en ese tipo de trabajos, pero ante la desesperación, acepto. Debo presentarme a las ocho de la mañana del día siguiente. Era tal mi nivel de escasez que ese día desayuné sólo un café.

Por cierto, me fue pésimo. Estaba tan débil que hasta la señora del hombre se ofrecía a ayudarme con tareas menores. Me acompañaba un chico argentino, morocho igual que yo, pero que se notaba humilde y con experiencia en esas faenas. ¡Golpeá fuerte, boludo!, me retaba el hombre cuando me veía picar el mármol. El compañero de trabajo le ofreció, a mis espaldas, un empleado más calificado para esa labor. A la hora de almuerzo fui caminando a la pensión y me comí dos huevos revueltos. Una vez finalizada la jornada, el hombre reveló la oferta de mi compañero.

 

No vamos a hacer eso. Si trabajaste mal porque dormiste mal anoche, te lo perdono, pero no me vayás a fallar más. Los pedos que se te escapaban cuando intentabas romper el concreto, y mi compañero se reía.

 

Pensé pedirle que me pagara el día. Así podría comprar comida y volver a trabajar en buenas condiciones. Ya le había alertado de la situación- de forma sutil- a mi familia. Intenté que me ayudaran en la pensión. Quique me dijo que no me avergonzara de pedir comida si me hacía falta. Me aseguró que él podía convidarme en la noche, pues cenaba tarde, al igual que yo. Esa noche, desde mi habitación, lo sentí por el tragaluz que daba al descanso entre las habitaciones y la cocina comedor. Reía despectivo y era evidente que se trataba de un mensaje cruel hacia mí. Pensé pedirle que me pagara el día, pero no me atreví. Decidí no volver al día siguiente. Ya no me quedaba comida ni plata. Iba a dormir y dejar para mañana resolver cómo diablos zafaba de esa situación.

Hijo, en las páginas 16 y 17 está el artículo que nos contaste que te interesaba. Era parte del contenido de la carta, manuscrita, que iba acompañada de una revista Diners Club, en papel cuché. Esa mañana me despertó Quique con gritos, que tenía correspondencia, que bajara a buscarla. Estaba cansado por la jornada de ayer y comencé a vestirme para ir en busca de la carta. Apurate que el cartero se va a la mierda.

Llego a la entrada y me hace firmar el envío certificado. En las páginas señaladas de la revista, pegada con cinta adhesiva, estaba la tarjeta de crédito de la que Andrés me había comentado días atrás. Llamaba regularmente con cobro revertido a mi casa en Santiago. Fue un gran alivio. Me duché rápidamente y partí al Carrefour más cercano. Ese día almorcé chuletas de cerdo con arroz y un par de huevos fritos, un banquete considerando mi alimentación los días recientes. También compré Marlboro y un frasco del Nescafé granulado que tanto me gustaba, acompañamiento ideal para los días de otoño con el frío húmedo que calaba profundo.

Contar con esa inyección de dinero también me instó a recorrer más lugares de Buenos Aires. Los paseos Florida y Lavalle, la avenida Corrientes, el parque Lezama. Me encantaba recorrer librerías, pese a que no compré libros. No hacía grandes gastos, era consciente de que debía encontrar empleo de todos modos, pero tenía una holgura que me permitía moverme con mayor seguridad. Pero podía darme el gusto de comprar facturitas para acompañar el desayuno y comer una rebanada de piza Ugi’s por 70 centavos cuando estaba en la calle. Ariel, el chico que estudiaba Periodismo y a quien me acerqué justamente para compartir sobre la profesión, me contó un día que Fito Páez tocaba gratuitamente esa tarde en los Bosques de Palermo. Disfruté mucho ese concierto, si uno tenía recursos y estaba en plan de diversión, Buenos Aires ofrecía una cara muy amable.

Pero cometí un error. Entré a un cajero automático en Entre Ríos con San Juan, ceca de donde vivía, y al querer digitar para obtener 10 pesos en realidad marqué la opción de 100 pesos. Tenía dos billetes de cincuenta pesos y con uno de ellos pasé a comprar cigarros en un almacén cercano. Nosotros no tenemos tanta suerte como vos, me dijo el dependiente. Pero tenía cambio. El problema era que, en un barrio donde todo se sabía, se corrió la voz de que este chileno tenía plata.

Justamente esa holgura dio espacio para agudizar mi percepción sobre los argentinos. No sólo me deleitaba con la belleza de las mujeres, también me impresionaba verlas caminar por el Paseo Florida vestidas con blusas de seda azul cobalto, minifaldas negras ajustadas y medias oscuras. Esparcían atractivo y elegancia. Pero esas minas son truchas, Gabriel. Invierten en ropa y cuando llegan a casa a lo sumo comen polenta, me confidenciaba Quique, pues con los compañeros de pensión el tema femenino era bastante recurrente. Aparentaban mucho los argentinos, cada cual a su escala. Al principio no entendía por qué a veces Jorge vaciaba su casillero de la cocina y dejaba la mercadería como en vitrina sobre alguno de los estantes, por largo rato. Era su forma de aparentar, pero me impresionaba el nivel de miseria económica para alardear con la comida, pues no eran productos gourmet precisamente. Tristemente, jóvenes como Héctor, el peruano, vivían en condiciones deplorables. A veces su almuerzo consistía en una taza de arroz blanco y una manzana. Me molestaba su soberbia, mas no podía dejar de lamentarme por el abuso laboral del cual era víctima.

No solamente aparentaban, también los argentinos eran maestros en figurar. Poseían una facilidad impresionante para llamar la atención haciendo uso de las circunstancias sociales más comunes. En una clase de Historia del Cine en la FUC, que impartía el que después supe era una eminencia en la cinematografía argentina, el profesor se explayaba sobre Orson Welles, en particular acerca de “El Ciudadano Kane”, En un minuto abre la puerta una chica vestida de forma muy sofisticada, parecía modelo de pasarela, le interrumpe y se presenta como estudiante de cursos superiores, que debe repetir la asignatura y se integra ahora. Se dirige muy cadenciosamente hasta el escritorio, ante la estupefacción del docente, y deja el papel que acredita su inscripción. Luego el profesor continúa clase, explica que la figura de Charles Foster Kane está inspirada en el personaje real del magnate de la prensa americana William Randolph Hearst, a quien seguramente Welles quiso retratar… a ver, ¿Welles quiso retratar a ese millonario o solamente lo hizo para ganarse popularidad como cineasta?, interrumpe nuevamente la chica nueva, que apenas recién se había sentado en el banco. Imposible no notarla luego de esa escena.

Entre esas clases aprovechaba de conversar con Carolina. Le comentaba sobre los manifiestos de Eisenstein que nos habían dado a leer, le preguntaba por el trabajo de fotografía identitaria que nos había encargado el loco de Jorge De la Ferla, un profesor de muy mal genio y bastante pedante. Ella era amable, me escuchaba, pero hasta cierto punto. En mi fuero interno reflexionaba acerca del carácter de la mujer argentina, qué las diferenciaba de las chilenas.

En la pensión de caballeros, como se hacía llamar en el anuncio, a veces tocaba el tema. Argumentaba que las chilenas eran más dulces, con menos impronta agresiva de las chicas porteñas. Alex me explicaba que las argentinas eran creídas y me recomendó, un día que había bajado su orgullo adolescente, que buscara una mina en la universidad, que la conquistara como hombre serio. En un boliche una mina se reiría de vos.

Por cierto, el clima social de Buenos Aires era muy agresivo, frenético y extremadamente sensible. Por cualquier incidente cotidiano menor, los porteños estallaban. Generalmente discutían sin parar y hasta por cosas nimias, pero rara vez llegaban a pelearse a puñetazos. En los primeros días en el barrio de San Cristóbal me sentí un pueblerino oriundo de Santiago. Entré a un mini market en una YPF y me demoré un rato en decidir qué comprar. Estaba mirando la vitrina frente a la chica del mesón y entra otra joven que de inmediato ordena.

 

Qué rápido escogiste.

Sí, no soy uno de esos típicos imbéciles que demoran una hora en escoger lo que quieren comprar.

 

Pero justamente en el comercio había que emplear el tono imperativo. Era acercarse al kiosco y gritar ¡Marlboro! De lo contrario, no te atendían. Cuando buscaba pensión por el diario- y finalmente di con la de Humberto Primo- llamé a varios avisos desde un teléfono público en el microcentro. Un tipo treintañero vestido de camisa y corbata me pregunta refiriéndose al teléfono:

 

¿Funciona?

Lo voy a ocupar.

Ya te vi hablando hace poco. ¡No es un teléfono para hacer varias llamadas seguidas! Hablás unos minutos y lo liberás. Vamos, necesito avisar que voy de regreso y te lo dejo para tus boludeces.

 

Hablaba golpeado. No era un prepotente, los argentinos eran así: discutían hasta por el uso de un teléfono público y esgrimían argumentos antojadizos con tal de defender su postura. Había mucho de histrionismo en esas actitudes. Una vez atravesaba la 9 de julio sobre un colectivo y veo a un hombre que sostiene de las solapas a otro de similar edad, ambos de terno y corbata. El agredido abre sus manos liberándose de golpe, con un gesto desafiante. Pero ninguno asesta un golpe de puño. Es cierto, algunos argentinos eran muy peleadores y violentos, pero gran parte de ellos se quedaba en la teatralidad antes de consumar lo que presumían.

Al ser tan ingenuo en esa época, era muy fácil engañarme. Me ocurría en Santiago, pero la argentinidad tiene esa característica y la fama hace honor a la verdad. “¿Qué ves?, ¿qué ves cuando me ves? Cuando la mentira es la verdad”. El coro del tema de Divididos tiene su razón de ser. No por nada tuve que viajar hasta Frey Bentos, pueblo uruguayo en la frontera con Argentina, para que al ingreso esta vez sí me timbraran el pasaporte. El abogado de la embajada chilena en Buenos Aires hizo sus mayores esfuerzos al apoyarme, pero la descarada mentira del argentino en el paso fronterizo fue más dañina y potente que las herramientas legales.

También lo constataba en la búsqueda de empleo. Comencé a buscar como garzón- había trabajado en Santiago como mozo en una banquetera de servicio a matrimonios para costear la consulta psicológica de Paula-, pero al no tener referencias en la ciudad no había forma de ser contratado. Decidí entonces intentar como vendedor.

 

¿Sos vendedor?

Experiencia en venta directa no tengo, pero…

No, ¿sos vendedor?

Le trato de explicar que…

Repondeme, ¿sos vendedor?

 

Finalmente me levanté de la silla donde me entrevistaban y me fui indignado. Pero respecto de la liviandad para mentir, en una ocasión postulé a un empleo de vendedor en intangibles. Se trataba de seguros dentales. Allá no contaban con el equivalente a las Isapres, sino sólo cobertura pública o consulta derechamente particular. Un argentino muy locuaz disertaba sobre la preparación exhaustiva de los dentistas. A menudo intercalaba bromas, como al describir que un futuro dentista en la secundaria estudiaba mucho, y vos en ese entonces mirabas a la compañerita, qué cómo crece la compañerita, qué pedazo de culo tiene la compañerita. Sacaba risas en especial de los más jóvenes y se supone que era la capacitación del empleo. Luego, otro tipo más serio nos explicaba el trabajo a los que optamos por el cargo de vendedor (la mayoría decidió postular a cobrador). En un momento dijo Ven ese placard de ahí, está atiborrado de formularios F11. En un momento sale de la oficina y algunos de los jóvenes en la reunión- que ya comenzaban a desconfiar- abren la puerta señalada y la gaveta está completamente vacía. Si esto sigue así a este flaco me lo cago a palos, exclamaba uno de ellos.

Y mi ingenuidad galopante también me significaba malos ratos en la pensión. Jorge disfrutaba engañándome en complicidad con Quique, conversando acerca de que tenía que ir pronto a comprar una heladerita porque iba a llegar gente a nueva al lugar- lo cual implicaba que desconocidos robaran descaradamente alimentos- y continuaba dando argumentos muy convencido a Quique, que sonreía socarrón, entonces me acercaba a ellos, Jorge, ¿es verdad que va a llegar gente nueva a la pensión?, y este cordobés dale con seguir conversando entusiasmado, y no me hacía caso, y me subía la ansiedad y volvía a preguntarle, una y otra vez, hasta que él simulaba estar molesto con las interrupciones y decía ah, sí, van a llegar.

Un día me enfrasqué en una discusión con Héctor por los motivos que él aducía reales del triunfo de Chile en la Guerra del Pacífico. Según el peruano, su país optó por enviar el ejército de reserva juvenil cuando Bolivia abandonó la contienda. Y de haber peleado con los soldados profesionales habrían ganado. Pero, Ponce, es obvio. Teníamos toda la chance de ganar, si nosotros teníamos el oro. No te piques.

Le encantaba provocar, al igual que a los argentinos. Poco tiempo después llegué en la noche a la pensión luego de un día muy difícil y Héctor me dice con sorna que me va a mostrar un decreto peruano de la época de la Guerra del Pacífico que corrobora su tesis. Luego se larga a reír. ¡Eres más mentiroso que los argentinos!, le grité y estábamos sólo nosotros en la cocina. Comenzó a sorberse los mocos en señal de lástima.

 

No, Chile, si el argentino no es chanta. Es el maldito porteño hijo de puta el que nos ha dejado mal a todos y por eso no nos quiere nadie, me confesaba con rabia Jorge, tal vez para apoyarme o quizás simplemente por su orgullo patrio y la rivalidad de Córdoba con Buenos Aires. Era parte de la argentinidad, a mi modo de ver, pero mi inocencia no discriminaba fronteras.

 

Ahora, Jorge no tenía problemas en ganarse la odiosidad de sus pares. Supuestamente era amigo de José, el boliviano, cada cierto tiempo iban junto al prostíbulo, pero a veces, sentado a la mesa, preguntaba por él. ¿Y el bolita? Se está bañando, respondía alguien. Ah, ¿se baña?, y reía. Una noche llegué y varios de los compañeros la emprendían en contra de él. Recuerdo que Ariel, desde la entrada a la cocina, le increpaba, medio en broma medio en serio, no, vos laburás en donde le afanan la guita a todos en este país, no, no, andá a cagar y se devolvía a su habitación. Jorge, dado que el joven de Bahía Blanca se había teñido el pelo rubio, le respondía ¡trolo!

Claro que Ariel también tenía sus salidas de libreto. Le enseñaba crónicas, tipeadas a máquina, que traje de los años de estudio de Periodismo. Me llamó la atención su pregunta: Pero aquí, vos, ¿ironizás? Obvio, le respondía. Me fui dando cuenta que, a diferencia de los chilenos que decimos ironías muchas veces con la naturalidad del tono de voz neutro, los argentinos al ser tan expresivos hacen diferencia en la entonación al ironizar. Le gustó cómo escribía. Pero era competitivo. A la semana siguiente me enseñó un cuento que escribió para la facultad en que todos los personajes se asemejaban a los compañeros más habituales de la pensión. Estaba bien escrito y se lo dije. No habría sido nada esa reacción. Lo que sí no le perdoné es que hablara de mi país sin saber.

 

Pero ustedes con Pinochet eran unos esclavos. Él les decía que se lanzaran por el barranco y ustedes acataban sin pensar.

No tienes derecho a decir eso.

¿Por qué no?

Porque no eres chileno.

Bueno, pero se lo estoy diciendo a un chileno y eso es lo que importa.

Si estuviéramos en Chile te pegaría.

 

Su cara fue de sorpresa y no siguió con la conversación. No le iba a pegar- nunca he sido agresivo-, pero sí reconozco que había situaciones vividas allá que me sacaban de mis casillas.

A propósito de la dictadura militar- y eso que los argentinos han tenido muchas más que los chilenos-, el profesor Jorge De la Ferla nos había encargado tomar una fotografía que reflejara nuestra identidad conceptualmente. Le decían el loco de la Ferla, pues era prepotente y muy pedante. Yo lo veía como el típico cuarentón intelectual que quería recuperar sus años universitarios mal vividos al equipararse como un par, en ocasiones, con sus propios alumnos. Me conseguí una cámara Kodak pocket, amarré los cordones de mis zapatillas Topper amarillas y las colgué en uno de los cables para tender ropa de la azotea de la pensión, al lado de mi cuarto, donde solíamos lavar la ropa a mano. En ese entonces no sabía, o no se estilaba en esa época, que los narcos chilenos ocupaban ese gesto para marcar territorio sobre los cables del tendido eléctrico. En el revelado aparecieron las zapatillas con el fondo de las azoteas del barrio San Cristóbal.

Pero había que presentar la fotografía junto a un escrito que justificara la propuesta. Reconozco que fue arrogancia de mi parte encontrar una estupidez escribir ese texto, creía que la imagen se defendería sola. Introduje la fotografía en un sobre común y la entregué. El asunto es que el profesor, cuando fue el turno de comentar mi trabajo en clases, de partida ironizó acerca de que le había pasado la foto dentro de un sobre de correos. Un compañero, muy concheto e inmaduro que empatizaba a ratos con De la Ferla exclamó Apuesto a que te la entregó con estampillas de Pinochet. Me había hecho pasar al frente de la sala, mirando al curso.

 

Pero usted, Ponce, no hizo entrega del escrito de justificación de su trabajo. ¿Por qué no lo presentó, Ponce?

Porque cuando voy a una exposición de pintura o de fotografía no pido un manual de instrucciones.

 

El curso en una reacción masiva emitió un Uuuhhh, como señal de susto y luego varios dijeron que era verdad, que yo tenía razón. Entonces, ¿por qué no escupió sobre el examen, Ponce?, a ver. Aquí vienen a aprender. Yo bajé la mirada. Jorge De la Ferla emitió unas risitas y dijo que esa respuesta era muy chilena, que entendía mi punto, pero si presentaba un escrito podía optar a mejor nota.

Redacté el escrito sobre la base de un ensayo acerca de la latencia de la imagen en off de André Bazin que había leído hace años, muy francés, a De la Ferla le gustó mucho. Pero no perdió oportunidad de manifestarme, en voz baja frente al escritorio, que le extrañaba que un chileno dominara conceptos de la semiología, siendo que era evidente para él que Eliseo Verón daba cátedra sobre el tema a nivel latinoamericano. Terminó diciendo que, sin embargo, lo encontraba interesante.

Era curioso ese profesor. Cuando fui a una de sus primeras clases comentaba acerca de los estudiantes de otros países. Un venezolano radicado hace años en Santa Fe y una paraguaya conforman el plantel latinoamericano, ¿no son tantos? Entonces algunos compañeros hicieron notar mi origen. Así que chileno, Ponce, mirá vos. Conversé con ese profesor al finalizar la clase. Se notaba que sabía mucho de cine, le encantaba Jean- Luc Godard. Le pregunté si había visto filmes de Raúl Ruiz, si le gustó “Las tres coronas del marinero”. Sí, es un peliculón. Me hizo notar que podría haber estudiado Cine en Chile. Le expliqué la falta de planteles con trayectoria en mi país en esta área. No, yo estoy muy feliz de que estudiés con nosotros. Era amigo de los responsables del hace poco estrenado canal de TV chileno Rock & Pop. Sin embargo, a veces se mostraba al nivel de los jóvenes estudiantes, incluso en los chismes y bromas. Sólo en ocasiones regresaba a su estatus de figura de autoridad de docente. Cuando salía un chico fuera de la sala y luego una chica, o viceversa, de inmediato especulaba con sonrisas pícaras que había algún romance entre ellos. En una clase vi salir a Carolina y me entusiasmé con ir a fumar al balcón del pasillo, inmediatamente después de la puerta del aula.

 

¿Cómo andás, Gabriel?

Bien, sigo buscando trabajo y espero aprobar los exámenes.

¿Sabés? Tu compatriota que se hospeda en mi casa vuelve a Chile. Se va el flaco, a hacer patria.

Bueno, me imagino que extraña mucho a su gente.

 

Había visto a Carolina conversar por esos días muy acaramelada con un chico de tercer año que había tomado la especialidad de montaje cinematográfico. Argentino, por cierto. Pensé que le interesaría hablar de las materias y le pregunté por otro trabajo que había encargado De la Ferla, similar pero ahora en video. Me contó amablemente y, cuando yo le describí lo que pensaba hacer, parece que estaba tan confundido como entusiasmado. Me repitió con hastío, sí, sí, claro, y luego dijo que volvería a la clase. Terminé mi cigarro y al momento de entrar, por la puerta apenas entreabierta, siento que Carolina dice No estoy interesada en ese negro. Al abrir la puerta algunos compañeros me miraron con profunda lástima.

Trabajar como negro para vivir como perro. ¡Dale, dale, dale, Pascual”. La letra de esa canción de Los Enanitos Verdes resonaba por esos días en Buenos Aires. Incluso hubo una polémica. Vi en las noticias que algunos norteamericanos calificaban el tema de discriminatorio por referirse de esa manera a la población afrodescendiente. Los argentinos, sea de la banda o no, se defendían argumentando que ellos llamaban negro al que trabaja mucho. Le comenté de esto a Héctor, que abrumado por la adversidad estaba más humilde y sensato, y me responde Qué, si los gringos son más racistas, qué hipocresía la de ellos. Esa noche también nos acompañaba Alex. Aproveché de contarles una pésima experiencia vivida recientemente.

Había decidido buscar empleo administrativo. Si bien no tenía tanta experiencia, manejaba algunos softwares y sabía redactar bien. Me presenté a un aviso de este tipo en el microcentro. Era un edificio elegante, me hicieron esperar en un amplio salón alfombrado. Una argentina estupenda vestida formal me invita a pasar a una oficina donde me recibe un hombre de unos cincuenta y tantos años. Ella se queda tras él. Este tipo estaba vestido de terno y corbata, se notaba culto y elegante.

 

Señor Ponce, ¿usted tiene DNI?

No, pero tengo pasaporte de estudiante que me habilita a trabajar.

Mire, señor Ponce. Yo no estoy dispuesto a darle trabajo a uno de los paisanos de su país que vinieron a robar las riquezas de mi patria. No es de mi interés emplear a negros indecentes, que no tienen dignidad ni cultura, menos inteligencia, escoria social que no debió alojarse nunca en Argentina. No voy a gastar ni un centavo en remunerar a lacras subhumanas que no merecen ni la más mínima asistencia ni del Estado ni de comerciantes honrados como yo. ¡No, señor Ponce! ¡No! Consiga DNI y regrese. De lo contrario, no vuelva a pisar esta oficina.

 

La mujer de atrás me miró con lástima. Por suerte había una cooperativa obrera en la esquina de esa calle donde por 90 centavos pude comerme un choripán y beber una gaseosa. Sentía mareos.

Héctor me dijo que no tenía que hacer caso a viejos de esa calaña. Alex, que estuvo mucho tiempo buscando empleo y se dio cuenta de que no necesariamente el que no trabajaba en Buenos Aires era flojo y se excusaba en la situación económica, reforzó las palabras del peruano. Para bajar la tensión, pusimos en la televisión un canal de videoclips musicales. Al poco rato se escuchaba Soda Stereo.

Me verás volar por la ciudad de la furia. Donde nadie sabe de mí y yo soy parte de todos (…) En sus caras veo el temor, ya no hay fábulas en la ciudad de la furia”. Héctor me pregunta si, aunque sea los primeros días en Buenos Aires, tuve ese sentimiento. Le confirmo que sí, que la canción me identifica mucho, en especial al principio. Es cierto, Ponce, un extranjero en una ciudad tan grande y con una cultura tan distinta, sin conocer a nadie. Es natural sentirse así.

Al poco rato Alex nos cuenta que debe levantarse temprano y se va a acostar. Héctor, pese a que es muy tarde, dice que va a la Biblioteca del Congreso a estudiar. Con Alex ya habíamos especulado que era probable que Héctor tuviera amigos peruanos con los que callejeara por las noches. Me quedo bebiendo lo que me queda de café y me doy cuenta de que se me están por acabar los cigarros. Son la una de la mañana, pero por suerte el quiosco de la esquina está abierto hasta muy tarde.

Camino bien abrigado por Pichincha hasta la esquina con San Juan. Hace un frío invernal del que tengo que cuidarme. Luego de comprar una cajetilla de Marlboro regreso por la misma ruta. Siento que dos siluetas se acercan a paso rápido por detrás. En instantes, creo que es una falsa alarma y continúo hasta que siento a uno de los pendejos que pululan por el barrio tomarme con violencia por el cuello desde atrás, y su compañero un poco más alto al lado, muy de cerca.

 

A ver, chavón, hijo de puta, decime. ¿Cuánta plata tenés?

Muy poco, muy poco, de verdad.

Pasame tu billetera.

Aquí está. ¿Puedes tirar los documentos?, le digo al joven alto.

¡Puta, el chavón tiene dos pesos!, ¡ahí tenés tus documentos!, y los lanza con violencia al pavimento.

Pasame tu reloj, hijo de puta. La campera también. Ahora, metete debajo de ese auto. ¡Y si salís te mato, te juro que te mato!

 

Estaba muy asustado. Me quedé debajo de un automóvil antiguo por largo rato hasta estar seguro de que se habían ido lejos. Me afanaron, me afanaron, repetía solo con una mezcla de llanto. Pasa una patrulla de la Policía Federal y les hago señas, les grito que me han asaltado. Los policías tienen los vidrios cerrados, pero son indiferentes, me hacen gestos como diciendo na, na, dejate de joder.

Al día siguiente decidí hacer la denuncia en la comisaría. El policía que me recibió me preguntó si conocía a los jóvenes. Le respondí que no. Me preguntó si estaban armados. Sólo para no discutir luego del hecho inventé que portaban arma blanca. Me hizo pasar con el sargento quien escribió en un computador las descripciones de los chicos y de las pertenencias robadas. Cuando iba saliendo del lugar el policía que de la recepción comentó entre risas, jaja, lo asaltaron al boludo.

Estoy tan desanimado. No me importa la pérdida material, es la humillación y el trato que me han dado, no sólo por el asalto, lo que me duele y hace pensar muy melancólicamente es si valió la pena venir a este país. Además, si bien me ha ido bien en los estudios, ¿de qué me va a servir este título? ¿Hasta cuándo me sigo engañando? Pero volver con la cabeza abajo tampoco parece una opción muy estimulante.

En la universidad se avecinan los exámenes de fines de semestre. Carolina, aunque no lo haya oficializado, está de novia con ese chico de montaje cinematográfico. Rindo la prueba oral con el profesor eminencia de Historia del Cine y él aprovecha de decirme con un paralelismo a la figura de Nietzsche que no es conveniente devolver el trato dañino que injustamente a uno le han propinado, no convertirse en lo que uno más odia. Me califica bien. En una prueba anterior, una de las más importantes de la asignatura, había obtenido nota nueve, desempeño que le sorprendió e hizo bajar la actitud pedante y altanera hacia mí. Pero no importa mayormente ahora la nota del examen final que acabo de rendir.

Carolina se acerca y me felicita por el examen. Grande Gabriel. Le sonrío triste. Me dice que a veces hay que volver a las raíces para reencontrarse con uno mismo. Luego se va apurada y se sienta en las piernas de su novio, quien me sonríe con una cara de victoria y con su trofeo sobre él.

Todos los fines de semana suelo llamar a mi casa en Santiago desde un locutorio del microcentro. Esta vez es día hábil y llamo con cobro revertido, necesito hablar con alguien. Me contesta mi hermano Andrés. Le cuento que estoy desanimado, que no sé si valga la pena continuar viviendo en un país que no me entiende, que no me acepta como uno más de ellos. ¿Y volver a Periodismo, Gabriel? Me quedo pensativo. Andrés nunca tuvo buen rendimiento en el colegio, el mismo en que estudiamos en la comuna de Providencia, un establecimiento católico privado, educación de elite. Repitió un año y juntos salimos de cuarto medio, claro que él de uno de esos programas dos en uno del Duoc. Luego ingresó a estudiar Publicidad en la Universidad del Pacífico. No le gustó el ambiente y alegó que los profesores eran de mala calidad. Abandonó y ahora planeaba retomar su carrera en la UDP. Es la última oportunidad que tengo, Gabriel. Si no termino los estudios ahí, el papá no me va a seguir pagando la universidad. Depende de mí. Le digo que voy a pensar qué hacer, que aún me quedan exámenes por rendir, que la última palabra no está escrita. Me despido y le agradezco su apoyo. Chao, huevón, me dice y extraño el modo de hablar de mi país.

Los exámenes de fin de semestre terminaron bien, aprobé todas las asignaturas. Ahora volvía en colectivo desde la FUC a la pensión para evitar a los pendejos. Sali de vacaciones y, pese a que mi padre me insistió en que regresara al menos de visita, lo convencí de que me quedaría ese par de semanas en Buenos Aires, necesitaba pensar y estar tranquilo. Contaba con más dinero que al principio. No había conseguido trabajo- y ya había renunciado a la idea de buscar-, pero postergué los pagos de la mensualidad de la FUC. Afortunadamente, la usanza en Argentina es pagar mes a mes y no se firman letras de cambio como en los planteles privados chilenos. Me di mis gustos, compré en una de esas estupendas disquerías un casete de Babasónicos y un disco compacto doble de tributo a Sumo. Se titulaba “Fuck You” e incluía un tema de la mítica banda interpretado por Fiskales Ad- Hok. Además, encontré unos lentes oscuros redondos, del tipo John Lennon, que siempre había querido usar, pero en Santiago nunca me atreví. Reflexionaba mucho. Pensaba cómo estaría Bárbara en Santiago, o en Temuco, junto a su pololo con el que había iniciado una relación poco antes de que yo abandonara Periodismo y que me contaron que era muy parecido a Zack de la Rocha.

En algunos momentos amasaba la idea de quedarme en Buenos Aires a vivir, ya no estudiando, menos esa carrera. El cine es una máquina de crear sueños me repetía en silencio. Renunciar a la meta de tener un título universitario, buscar un empleo no calificado, aunque me costara encontrarlo, y vivir en San Cristóbal u otro barrio popular de Buenos Aires. Comenzar de nuevo, sólo que ahora lejos de mi familia y de toda la cultura con la que me formé como persona en Santiago de Chile.

La primavera llegó junto con el inicio del segundo semestre. Ahora tenía un ramo de Literatura, que cada vez me entusiasmaba más. Como era de esperar, los contenidos eran de escritores europeos en su mayoría. Pero la profesora mencionaba a Cortázar- a quien leía desde los 15 años con devoción- y dejaba en claro que él se fue a vivir a París y jamás regresó.

Un día antes de clases pasé a la lavandería. Desde que contaba con más plata había dejado de lavar la ropa a mano. Cargaba la ropa limpia en una mochila grande, de montañista, y al momento de regresar por una calle del barrio veo que un joven me impide el paso apoyado contra la pared en la estrecha cuneta. Creo reconocer al pendejo que me asaltó.

 

¿Tenés 50 centavos que me convidés?

No, no tengo nada.

Vengo saliendo de la comisaría.

No es mi problema, repliqué. Había que hacerse el duro. Lo había aprendido.

 

Paso por el lado en que no está apoyado el pendejo y siento un golpe estremecedor en mi sien. Los lentes John Lennon fueron a parar estrepitosamente a la calle. Siento tanta rabia que lo encaro. ¿A vos qué te pasa? Hombres mayores, padres de familia que estaban por la esquina son espectadores de esta escena. Vamos, muchacho. Pelea con el chavón. El pendejo me responde No, qué te pasa a vos. Me acerco a golpearlo, pero de inmediato me reduce, atrapa mi cuello con su brazo, me fuerza a doblarme mientras me golpea una y otra vez la cara. El mismo joven alto del robo está al lado e interviene. Ya, dejalo, dejalo. Estoy aturdido, no sé qué pensar. Vamos, ándate, ándate.

Camino con pena y rabia de vuelta a la pensión. Antes de subir a mi dormitorio paso por la cocina y me unto la frente con aceite para evitar la hinchazón. Jorge y José parece que están enterados de mi paliza y hacen gestos sonoros de arcadas.

Ya en mi dormitorio me hundo sobre la cama y lloro. No quiero seguir aquí, no puedo seguir aceptando esto.

Mi padre me señaló días después al teléfono: Así que quieres venirte. Bueno, vente. Debo tragarme mi orgullo y volver derrotado. Esta tierra no es para mí. La noche antes del vuelo en Ezeiza soñé que vivía en un país imaginario. Era extraño, pero en el sueño era consciente de que era un país imaginario, aunque la vivencia era de una patria real, sin fantasías. No se llamaba Chile ni Argentina, tampoco tenía otro nombre conocido. Vivía en un departamento modesto, salía por las tardes a pasear a mi perro, regaba las plantas interiores y me dedicaba a escribir largas horas por la noche. En ese país no había familia. Tenía una novia que me comprendía y nos queríamos mucho. Yo era el autor de mi propia vida.



[1] “La ciudad”. Traducción de Miguel Castillo Didier. En Revista Tebaida 8-9 (mayo- diciembre de 1872).