miércoles, 18 de julio de 2012

Trastienda



Un mendigo caminaba por el Paseo Huérfanos hasta que se detuvo atraído por las luces de una elegante vitrina. Las muletas de un minusválido se arrastraron para mirar el mismo escaparate, y luego se le unió un travesti. Petrificados contemplaron a tres maniquíes de rostros caucásicos y cuerpos de adonis que ostentaban la exclusiva ropa de la tienda, y eran adornados en el fondo por la distinguida clientela del local. Permanecieron impávidos aun cuando las figuras artificiales cobraron vida para, con una mueca de asco, girar en ciento ochenta grados. Hasta ellos les daban la espalda.


Este cuento participó en el concurso Santiago en 100 Palabras el año 2006.

domingo, 15 de julio de 2012

Animal de circo



Con el crepúsculo, cuando
las sombras crecen alargadas
su tamaño,
se le ve pasearse detrás
de los barrotes.
De paso cansino
y monótono,
ya mucho tiempo perdido
su talante gallardo y
soberbio,
camina sobre sus huellas
formando un óvalo
tedioso y absurdo,
en el claustro de
los reducidos metros
cuadrados de su jaula.

Felino viejo y en decadencia,
su pelaje no disimula
el descuido, ni los años
ni los habituales malos tratos.
Su dentadura deteriorada
y lo esmirriado de su melena
son una mordaz ironía
a quien fuese tan poco ocurrente
de atribuirle ser el monarca
de la selva.

Si hasta los niños de cada pueblo,
que recorre itinerante el
“Gran Circo Epimeteo”,
lejos de asustarse
y respetarlo,
sonríen y se burlan
de la malograda bestia.

Y quienes tienen a su cargo
su cuidado y mantención,
lo castigan impunemente
aliviando sus raciones
de carne,
a veces incluso
alimentándolo con trozos
en descomposición.

“Bestia primitiva”, le espetan
cada vez que el animal
manifiesta su amargura.
Y los payasos
(ya no sonrientes ni festivos,
pues ya sin las luces ni
el maquillaje
se tornan crueles
y perversos),
al retirarse a sus camarines
se solazan obsequiándole
expresiones de desprecio
mientras comentan que
olvidaron retirar
la basura.

Pese a todo,
lo que más deprime
a este infeliz león
en cautiverio
es estar a merced del
capricho insensible
de sus regentes.
No soporta ser humillado,
ser la bestia que debe
hacer una gracia que
agasaje a sus criadores
(o al público que descarga
sus tensiones en una
catarsis macabra durante
las funciones),
para ser premiado
con el alimento.

Se le niega el derecho
a sentir hambre.
Si tan sólo compartiera
su precaria jaula con
una hembra
para satisfacer sus
necesidades fisiológicas.
Tampoco he hecho
mérito para
gozar de la pasión.

Y cuando las luces de la función
deterioran su vista,
cuando los sonidos estridentes
de esa infernal orquesta
los ensordecen
cada día más,
debe contener sus impulsos
ante las provocaciones
del domador.

Sabe que si muestra temor
será sometido con facilidad;
sabe que si se enfurece
más de la cuenta
entra en le juego cruel
del espectáculo, donde
él es la víctima,
sus domadores los
beneficiarios,
y el público el que
siente el placer de verlo
domado.

Pero el chasquido del látigo
es atrabiliario,
y las ineludibles risas
del público otro azote
humillante,
tal vez más doloroso
que el castigo físico
que le infligen.

Pues esta bestia sin alma
es consciente de ser una mascota
en un espectáculo
lleno de sadismo,
un fenómeno apreciado
sólo por lo esperpéntico
de su conducta.

Y lo que más pesa
sobre sus hombros es asumir,
resignado,
este juego insano,
sabiendo que nada es
al azar,
y siempre habrán
nuevos obstáculos,
deliberadamente ubicados
para que él finja le sorprenden
e intimidan,
y para hacer explotar
las carcajadas sardónicas
de los espectadores.

jueves, 12 de julio de 2012

Para que los niños no tengan pesadillas



Tan pálido como oscuro,
el Ying y el Yang se toman la mano,
pero una de las manos libres esconde
un arma homicida.
Una rubia araña la cara de una morena,
y la mujer de pelo oscuro mete su dedo
en el ojo de la muchacha de cabellos de oro,
mas ninguna de las dos consigue el amor en disputa,
pues el empleado público codiciado
está gris y burocráticamente
enamorado de su madre.

El anverso de la moneda envidia
con irritación al reverso,
y el enemigo del primero es zalamero
con su oponente,
ya que está seguro que sin él
nuestro viejo avaro no lo abrigará en su bolsillo.

El muchachito del western siempre ama a la rubia
(eso sí que, en secreto, les cuento que sólo yo sé
que su obsesión es la prostituta de piel canela).
Un argentino fue una vez amigo de un chileno,
le regaló discos de Gardel
y la receta del café cortado;
nunca supo que su amigo se acostaba
con su novia,
y que por las noches estos amantes
clandestinos se burlaban de su seguridad ingenua.

Pero calma, señores,
no hay razón para culparse
del daño infligido por nosotros mismos,
pues la incoherencia firmó un pacto
con los ingeniosos,
quien consignó el documento
fue un tal señor Absurdo,
y ahora son inteligentes aquellos
que sacan las vigas del ojo del vecino.

La primogénita del Rey Lear dio a luz a su hija,
los nobles la bautizaron Inseguridad,
y desde entonces la plebe teme
a la familia monárquica,
y hoy nadie confía ni en Dios ni en el Diablo.

Pero no hay por qué arrancarse
las cejas por dicho problema;
la solución aparece en el diario matutino,
el horóscopo recomienda
desconfiar de la Caja de Pandora;
como ejemplo cito la esperanza polvorienta
en las bóvedas bancarias.
Aquel que encuentre este tesoro
gana dos veces,
la dicha y la gracia;
ahora, las bases del concurso
no implican la completa paciencia
de encontrar el último destello
del arcoíris finito.

Borges no lo consiguió,
su alter ego tampoco;
el bibliotecario malas pulgas encegueció
jugando al Espacio y al Infinito,
y su otro yo no pudo más que
desmitificar los arrabales.

Dios quiera que no nos encontremos
entre la espada y la pared
(quién sabe, puede que no importe…
si la espada fuese de esgrima
y la pared de ilusiones).

Que el Diablo se haga el sordo ante la disputa
entre el cuerpo y el espíritu,
y así Cristo se anime a coquetearle
a la golfa de María Magdalena.
O que americanos y rusos formen
una misma patria,
y entonces juntos beban tequila margarita
en homenaje al ciudadano sin tierra.

Que el ente ominoso jamás monte
al amanerado idealismo
(para evitarlo, basta gastar una fortuna
en comprar el cinturón de castidad
de la esposa de monsieur Bovary).

Pastelero a sus pasteles,
quien no sea creyente,
que acompañe a Dante en busca de su Beatriz;
y que el católico observante
siga jurando al cielo que
el himen de la Virgen María existe.

Después de todo,
en algo hay que creer,
¿o no?
Ley seca a los borrachines
y que a los capitalistas se los encierre
en kibutz judíos.

Por todo esto roguemos al Señor,
escúchanos, Señor, te rogamos.

miércoles, 11 de julio de 2012

Horizonte inconcluso



Entre cuatro paredes
un niño llora
desconsolado.
Su elegía es cautiva
del claustro de la palabra
muda,
y el silencio congela
el paso de las horas,
entre el deambular de imágenes
de reminiscencia,
ausentes de asidero
en la frágil conciencia.

A medida que la ensoñación
esculpe escenarios
y actores de cariz familiar,
por sus pupilas transita
un desconocido
extraviado en tierras remotas,
un sobreviviente luchando
por encontrar asilo a un maremoto
de desesperanza;
un peregrino esforzado
que asciende
de océanos ominosos
de perverso magnetismo;
un artesano que construye
los senderos fértiles
de su entusiasta destino;
una víctima
de embates anónimos,
que alevosamente socavan
los cimientos de su oxígeno;
un prisionero de laberintos
alienantes, donde la razón
adquiere rostro de verdugo.

De esta forma levanta
su mirada
por sobre los escombros
circundantes de su pasado,
que le invita a tomar su mano,
esperando cultivar desiertos
y fundar ciudades
en tierras inhóspitas,
dibujar con su sangre
la línea del horizonte
inconcluso.