viernes, 11 de diciembre de 2020

El hombre que nunca estuvo


 
Anónimo, invisible
desde niño aprendió a creer
en la opacidad, pues lo brillante
solía ser objeto de burlas o censura.
 
Narciso se ahoga en la fuente
que no sepa tu mano izquierda
lo que hace tu derecha
entre parábolas y mitos
volcó su mirada hacia afuera
y ahogó su fuego interior.
 
Camina bajo el cielo sobre Berlín
desapercibido, teme que lo reconozcan
rubor ante los cumplidos
prefiere ampararse bajo la sombra
de pavorreales henchidos en soberbia.
 
En esas penumbras
se confunde, difuso el horizonte
atrapado en la bruma de culpas
vergüenzas y aires taciturnos.
 
Rostro sin facciones
documento de identidad en blanco
sin nombre ni firma
cree no tener reservada
la butaca en la sala de cine
donde exhiben la película sobre otros.

miércoles, 2 de diciembre de 2020

Gata obesa

 


¿Tan distintos somos? Cuántas veces me lo insinuaste, Andreíta: la diferencia de edad, que yo vivo en Las Condes y tú en Conchalí (nunca pretendí que reeditáramos “Palomita blanca”), que a ti te gusta el animé y yo prefiero la nouvelle vague, que detestas la política y, en tanto, soy marxista. Disfrutas los libros de vampiros mientras yo leo a Cortázar. Sólo nos une el departamento de la calle Ejército donde trabajamos y la gata obesa que deambula entre los computadores. Ahora, que la agencia cierra, pienso si has leído el poema sobre el felino solitario de la Szymborska.

viernes, 27 de noviembre de 2020

Soldados de Cristo

 


“En mis nueve años de colegio conocí muy bien el espíritu de los padres jesuitas, por eso sé odiarlos, quererlos y admirarlos. Odiar a algunos por intrigantes, por chismosos y por espías, porque siempre en sus palabras había algo de traición, de sombra y de olor a subterráneo. Querer a otros por ser hombres buenos, rectos, sin dobleces, almas sin arrugas, amplios y comprensores de todas las cosas de la vida. Admirarlos a todos porque son una falange macedónica, una máquina infernal, insuperables en la guerra”. Vicente Huidobro. En “Pasando y Pasando”, 1914.

 

El autor de “Altazor” estudió en estas aulas. Pero eso a nosotros nunca nos lo mencionaron, menos que tuvo una querella feroz con el colegio a raíz de la publicación de “Pasando y Pasando”, su primer libro, en el que ridiculiza y escribe una crítica acérrima a los jesuitas. Era un ambiente muy protegido: de ideologías “subversivas”, de la vida licenciosa y del mundo popular. Lo que con los años más me di cuenta fue de la hipocresía en esta formación, colegio católico, que decía promover el espíritu de servicio, la vocación social, heredera directa del Padre Hurtado, pero la máscara cínica ocultaba la real dimensión de ser “soldados de Cristo”.

Por cierto, no del Cristo obrero, del Jesús hijo de carpintero que se rodeaba de perseguidos, mendigos, enfermos y prostitutas. Con unos compañeros que tendíamos más hacia las ideas sociales de izquierda bautizamos el prototipo de alumno como “An ignacian boy”. Y tenía sus características peculiares.

Este joven era de origen muy burgués, de las familias acomodadas latifundistas tradicionales, buen deportista, presumible ejemplo sano de nuestra generación, católico y activo partícipe de movimientos de pastoral cristiana. Según él, con conciencia social. O al menos eso era lo que el colegio le imprimía. Sobre todo, un líder en todos lo ámbitos de la sociedad, cuya misión era evangelizar en los preceptos de la Compañía de Jesús con la formación de excelencia que había recibido.

Pero esa incongruencia saltaba a la vista, entre un pijecito mimado y el supuesto muchacho consciente con lo que sucedía en el país por esos años. Durante los ochenta era un hecho conocido la represión de la dictadura militar y la extendida pobreza en Chile. Pero los padres jesuitas eran ambiguos con respecto a esta realidad: proteger a los niñitos y sólo mencionarles estos hechos en la lejana imagen de un documento social. Entonces, en Tercero Medio, nos llevaban a Trabajos de fábrica, para acercarnos al mundo obrero. Durante una semana trabajábamos como un empleado más en una fábrica de propiedad de alguno de los apoderados, siempre con la estricta tutoría de un exalumno que contextualizara estos hechos en el más pulcro pensamiento católico.

Sin embargo, en mi generación escolar, el más emblemático de los ignacian boy se excusó de asistir. Era un alumno que destacaba en el atletismo, por lo que el rector del colegio se enorgullecía de la imagen que proyectaba de su institución y, entre los compañeros circulaba el rumor que sus padres recibían habitualmente, en el living de la casa, a políticos como Andrés Chadwick. Un día de los Trabajos de fábrica (alojábamos en grupos en casas de escogidas familias de la población Los Nogales, en Estación Central), este compañero nos visitó. Bromeó un rato y dijo que no podía ser parte de la actividad porque sus papás no lo dejaban. Llegó en auto junto al profesor jefe.

Iba tiritando mientras manejaba, nos confesó después el profe a este grupo de amigos disidentes. Si en ese momento me sorprendió, ahora no me causa ninguna extrañeza al ver a adultos del barrio alto que, al bajarse del auto en comunas como Ñuñoa, transpiran al caminar acelerados hasta sus destinos, pues están convencidos de que un flaite es una bestia irracional que no trepida en desollar a los cuicos sin provocación alguna.

El clasismo de la mayoría de mis compañeros también era un contraste con el espíritu que proclamaba el San Ignacio. Más allá de que la religión castraba el despertar sexual en ciertos alumnos, confundiendo con amenazas como que la masturbación nos iba a dejar estériles, las primeras relaciones de pareja de los ignacianos guardaban el típico doble estándar de la burguesía chilena. La polola, la oficial, debía ser una niña de buena familia, educada y con valores sólidos, pero había la licencia para desbandarse en la sexualidad irresponsable al “chulear”. Qué palabra más despectiva. Las muchachas pobres podían ser la entretención, el turismo sexual de los niñitos bien del colegio de Providencia.

Salir con chulitas te da seguridad, fue el consejo de un compañero ante mi timidez con las mujeres. Recuerdo una fiesta en el San Ignacio. Ese mismo compañero, junto a otros tan deseantes como él por esos años, se aburrieron de la parsimonia de las jóvenes de colegios privados y planeaban ir a agarrase chulas.

Entonces nos vamos al Li-ce-o-de-A-pli-ca-ción, decía uno de los más entusiasmados, sobrecargando la pronunciación de las sílabas y de las letras C, lo que causaba de por sí una risotada general en el grupo. Se reían sin tapujos. Me pregunto qué habrían pensado de saber en ese momento que ese liceo era de hombres.

Lo más triste era que, ahora lo entiendo mejor con la distancia de los años, los jesuitas eran muy conscientes de la formación que nos entregaban y la hipocresía implícita. Las redes de contacto de los colegios particulares fueron el mejor legado que les otorgaron a los ignacianos. Digo les otorgaron porque fui “excomulgado” de esa selecta estirpe. Ahora me entero de que ocupan cargos gerenciales, altos puestos públicos e, incluso, son rostros de canales de televisión. Líderes sociales. Algunas veces me topo con ellos. Trato de no saludarlos, pero algunos insisten en acercarse. Es un trato de lástima el que me dedican, saludar al pariente pobre que no fue digno de esa bonaza propia de la enseñanza de los jesuitas.

Recuerdo que el último año de mi generación el rector nos impartía una asignatura. Nos hizo escuchar, desde una radio cassette, la canción El baile de los que sobran, que por entonces era un tema de Los Prisioneros muy vigente.

“Oíamos los consejos, los ojos en el profesor. Había tanto sol sobre las cabezas (…) A otros enseñaron secretos que a ti no. A otros enseñaron esa cosa llamada educación”. El rector nos pidió que escribiéramos nuestro sentir a partir de esa música y letra. Escribí que me causaba entre pena y rabia la injusticia y falta de oportunidades para la mayoría de los jóvenes que no podían acceder a esa educación privilegiada. No recuerdo si el rector me hizo un comentario luego de leer mi respuesta. Sólo me acuerdo de que, al final de esa clase, comentó muy extrañado que esa banda musical no hablara de Dios.

miércoles, 25 de noviembre de 2020

Corriente del vahído


 

Tarde primaveral cargada
de humedad en el ambiente
bruma invisible que condensa
labios insinuantes
juegos de cabellos de mujeres
tan ansiadas como escurridizas.
 
Es la corriente del vahído
invade mis poros
sumido en un calor taciturno
me impide ver con claridad
descifrar la geografía.
 
Caigo embotado en un sueño
amnésico que me suspende
distante años luz
del beso de tu inmanencia.
 
En sueños intento despojarme
aquella bruma ubicua
y contemplar tus ojos transparentes
sin que el aire esfume
la solidez de tus palabras
ancla a mi sed extraviada
en laberintos oníricos.

miércoles, 18 de noviembre de 2020

Cadena en podredumbre

 


“Todo encaja en todo armoniosamente
El macho encaja en la hembra y la hembra en el macho
tal como el cuchillo encaja en los labios de la herida sangrante”.
 
Hernán Miranda Casanova
 
 
El pagar con la misma moneda
incuba un riesgo terrible:
ser víctima de lo convexo
puede germinar el cuchillo
la venganza a diestra y siniestra
sin importar el blanco
con la moral de la herida.
 
Hay que restablecer la armonía
¿incluso a costa de engendrar
monstruos que se amparan en el daño?
La cadena humana se pudre.
 
Es más fácil disparar a mansalva
que con pinzas extraer
una a una las balas de la carne
y sanar la piel de las heridas
que el agresor proyectó en nosotros.
 
El inconsciente colectivo
como una máquina hidráulica
donde los vacíos deben ser llenados
con presión líquida que compense
el socavón, seguir el flujo
incluso cuando envenenemos el pozo.
 
No te conviertas en lo que te hicieron
ahoga al monstruo que pulsa
en tu sombra a la espera
de una excusa para ser caníbal
cortemos esta cadena que esclaviza.

sábado, 14 de noviembre de 2020

El dragón mágico

 


A mis sobrinos Seba, Nico y Mati.

 

Etienne es un niño haitiano. Vive con sus padres en la capital de Chile luego de viajar desde su país en busca de una mejor vida. Estudia en una escuela cerca de su casa, pero no hay muchos compañeros parecidos a él. El color de piel y su pelo tan crespo llaman la atención de los otros niños del curso.

“Negro cochino”, le gritan sus compañeros. Etienne se siente triste y piensa qué debe hacer para que los otros niños lo acepten. Una tarde llegó a su casa después de la escuela, llorando, y su mamá le preguntó:

 

     -  Etienne, ¿por qué lloras?

     -   Los niños de la escuela se ríen de mí, mamá. Me molestan, me dicen “negro cochino”. ¿Por qué son así?

     -    Ay, hijo, ellos son niños y no entienden. Nos vinimos de Haití porque allá la vida es muy difícil. Tu papá se esfuerza tanto en su trabajo, construye edificios y yo hago todo lo que puedo lavando la ropa de los vecinos. No les hagas caso, esos chicos no saben lo que hemos sufrido.


Etienne tenía una mascota, un dragón de peluche con el que dormía. Esa tarde tan triste lo abrazó y quiso contarle sus penas. El atardecer fue llegando y la tristeza de Etienne parecía irse con la luz del día.

Antes de ir a dormir fue al baño a lavarse los dientes con su dragón en las manos. Mientras se miraba al espejo, pensaba si su color de piel lo hacía un niño feo o malo. Entonces sintió que le hablaban:

 

      -    Etienne, no estés triste.

 

Sorprendido, vio en el reflejo del espejo que su dragón le hablaba. Se sintió acompañado y le sonrió.

 

     -   ¿Qué te gustaría que sucediera para que pasara tu pena? – le preguntó el dragón.

     -    Me gustaría ser otro niño, me gustaría ser blanco.

     -    Quédate tranquilo, Etienne. Mañana será otro día y tu deseo se hará realidad.

 

El niño durmió esperanzado y feliz, abrazado de su dragón. A la mañana siguiente sucedió lo que le había prometido su peluche: ¡era un niño blanco! En la escuela sus compañeros lo invitaron a jugar fútbol y no lo molestaban. Se sintió tan contento.

Etienne hizo varios amigos en la escuela, que lo invitaban a tomar once a las casas de ellos. Ahora vivía con unos papás blancos que tenían una casa grande, con un jardín muy bonito. Los desayunos eran más ricos, comía manjar, pan con queso y bebía una leche muy sabrosa. Podía jugar fútbol en el patio de su casa y veía las caricaturas que le gustaban en la televisión.

Pasado un tiempo, Etienne se acostumbró a su nueva vida. Hasta que un día llegó un compañero haitiano a la escuela. Sus amigos le dijeron que fueran a recibir al nuevo:

 

      -  ¿Saben por qué los negros corren tan rápido? Están acostumbrados, pues escapan de los leones en la selva- dijo uno de sus amigos delante del niño haitiano, y todos rieron, menos Etienne.

      -   No deberían decirle eso. No es justo- dijo Etienne.

      -   ¿Y tú lo vas a defender?, ¿acaso te volviste negro?

 

Etienne volvió muy triste a casa. Ni la televisión, ni el fútbol, ni siquiera el Play Station lo animaron. Se encerró en su pieza y recordó a sus padres haitianos. Los echó muchos de menos. Se acordaba de las palabras de su madre cuando volvió llorando porque lo molestaban.

 

Fue al baño y en un baúl, lleno de ropa, encontró a su viejo amigo: ¡el dragón estaba ahí! Lo tomó en sus brazos y le dio un largo abrazo. Se miró al espejo y le dijo:

 

     -  ¿Sabes, Dragón? No sé si ahora me guste tanto ser blanco.

     -   Pero era lo que querías, Etienne- respondió el dragón.

     -   Sí, pero extraño mucho a mis padres. Además, los niños de la escuela ahora molestan a otro niño haitiano.

     -   Te entiendo, Etienne. Dime, ¿qué has aprendido de todo esto?

     -   Que no importa mi color de piel. Importa que sea yo mismo.

 

A la mañana siguiente, Etienne despertó en la casa de sus padres, de sus verdaderos padres haitianos. Los abrazó con mucha ternura al verlos de nuevo. Ellos se preguntaban por qué estaba tan cariñoso.

Etienne volvió a la escuela y ahora no le importó que lo molestaran por su color de piel. Es más, muchas veces les respondía, les decía que eran unos niños que hablaban sin saber. Sus compañeros, al poco tiempo, dejaron de molestarlo. Etienne había aprendido una gran lección. Ahora se sentía orgulloso del niño que era.

jueves, 12 de noviembre de 2020

Monstruos en el espejo

 


“El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”, Antonio Gramsci.

 

El hombre me mira desde el espejo

luce mayor cansancio
la piel demacrada, con menos pelo.
Intenta traspasar el cristal
aquel mundo debe estar en ruinas.
 
Era necesario
arder Chile para sepultar lo podrido
incubar en las cenizas
florecer la luz de un rojo amanecer
lanzar vestimentas gastadas a la hoguera.
 
Pero en la tardanza del claroscuro
deambulan monstruos en el espejo
trizan los huesos, conocen
cada centímetro de la piel.
 
Desesperado
sacudo mi cuerpo del esperpento
que asola la mente
coarta la vigilia
soborna los instintos en busca
de ver nacer una piel escamosa
que impida a los poros respirar.
 
Debemos renacer
pero con la mirada cristalina
lavar los ojos
de aquella bruma arrogante
cuales nubes pomposas
que nos confunden y empañan
al tiempo la retina y el espejo.