lunes, 9 de septiembre de 2013

Sobre lo arcano


Calles estrechas e interminables,
trastabillar de pies
e ideas. A cada esquina
una ciudad
nueva y desconocida.
El bosque no deja ver
los árboles.

Si la existencia no fuera
un misterio,
la vida es una película
de Hollywood.
El sentido es caprichoso e inasible,
como abrazar una nebulosa
(Cortazar se remece
en su tumba).

El final de la rayuela es
el cielo,
pero ignoramos qué hay
tras el velo de
la muerte.

Por eso Jean- Paul Sartre
se encierra por días
enteros
en su biblioteca de París,
y Albert Camus fuma
angustiado
un cigarrillo en Argel.

Para ellos vencer la muerte
es besarse bajo el
Puente de los Suspiros,
y que los gondoleros
ciegos
comprendan a sus colegas
para no estrellarse
entre sí.

Pero yo desconozco Europa
y jamás he pisado
Venecia.
Sólo junto monedas
para comprarle
rosas
a mi amada
durante mis paseos
por La Vega.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Alma


Las prensas imprimen
con frenesí,
carteles de búsqueda de
un prófugo.
Se busca: El Alma.

El empresario acumula
con recelo monedas
para su colección. El polvo
es el vigía.

Los políticos elevan su
sacrificio,
como Abraham blandiendo
la daga ante
Isaac;
el cencerro de oro
enajena hasta al
más humilde.

Todo se desvirtúa. Hasta
el amor es
moneda de cambio.
La pureza dialoga con El Alma
como mendigos a la
intemperie, en la rivera
del Mapocho.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Ley mordaza


El hocico del cancerbero ha sido
amordazado.
Sobre sus ojos acuosos
Amanda corre
a la fábrica donde trabaja
Manuel.

Pero hay carabineros a la entrada
de la maestranza,
que dibujan hospitales con
su orina
sobre la arena de playa.

Los obreros conversan distendidamente
con la musiquilla atronadora
de sus sierras
que taladran sus sienes.

Sobre ellas se han instalado los tornos
que labran figuras de Odile
equilibrando sus treinta y dos fuettés. 

miércoles, 28 de agosto de 2013

Bruma atávica


Poesía son siluetas de rostros
nostálgicos, esbozados
en la pared del dormitorio.
O asomados por entre las nubes.

Es la travesía por el desierto
al escuchar un murmullo
de sentido.

Un laberinto de espejos
donde no vemos nuestra
efigie,
sino las ciudades a
visitar.

El movimiento telúrico surge
por la noche,
a la hora de los insomnes
y emanan horizontes
inventados,
con sabor a nuestra sangre.

jueves, 2 de mayo de 2013

Crecer



Te conocí muy pequeña, cuando visité a tu madre en la casa de José Arrieta. De la Maite me enamoré al verla dibujar en los talleres de Lastarria. Supe que bailaba en el Municipal y sobre cubículos de las fiestas Spandex, hasta que se embarazó de ti y volvió con sus padres. Estudiamos juntos para la escuela, te conseguí la novela de Lafourcade en Bibliometro, te compré fascículos prácticos de dibujo en el Persa Bío-Bío. Anoche vi en Plaza Ñuñoa unas adolescentes beber pisco del gollete como agua, vestidas con ropa muy provocativa. Espero que no termines así, Palomita.

Este cuento participó en el concurso Santiago en 100 Palabras el año 2013

viernes, 12 de abril de 2013

Olla a presión



A esta hora los perros ladran.
Avanzadas las tres de la madrugada
la noche emite aullidos desgarradores,
las miserias humanas manifiestan
sonidos esperpénticos de rabia
y ofuscación.

Insomne, evoco las palabras
de un sabio amigo
que me comparó con
una olla a presión.
Es que me circunda
sempiternamente una tensa calma,
una fuerza ígnea subrepticia,
la cual no se sabe cuándo
va a detonar.

Más tranquilo que una foto,
decían de mí mis compañeros
de colegio,
mas no sospechaban que
aquella leche en la taza
imprevistamente inflamaba
en maldiciones
e improperios hirientes,
muchas veces ante la más
leve agresión pasiva.

Son muchas las frustraciones,
pienso. Tanta la impotencia
y ofuscación que este hervidero
de ira en algún momento
debe estallar.

No es sano contener las emociones,
ni guardar la compostura
como educado caballero inglés
hasta en las más exasperantes
situaciones.

Intolerancia a la frustración,
problemas para modular y
canalizar las emociones,
sí, me lo han dicho desde niño.

La olla a presión resiste
la agitación incesante y violenta
de moléculas generadas por las
altas temperaturas pero,
como siempre se nos dijo desde pequeños,
todo tiene un límite.

De tanto va el cántaro al agua…

Y cómo no perder la compostura
si los demonios intangibles
jamás se fatigan ni cejan
en sus insidiosas y crueles agresiones.
Pero es que no poseen
ni el más mínimo pudor en disimular
el placer que sienten al denigrarme
con sorna.

Ahora, ya más tranquilo tras un día de furia,
hago un examen sereno y realista
de mis circunstancias vivenciales,
y concluyo que la situación es grave.

La evidencia indica que este tendencia,
lejos de amainar continuará
con vigorosa porfía.
Peor aun, profundizará su apetito
depredador.

Creo en la psicología,
puedo superar estas fisuras
de personalidad.

Sin embrago,

¿cuánto más puede ser humanamente
posible la resiliencia antes de que
la erupción consiga hacer
estallar mi cuerpo?

miércoles, 13 de febrero de 2013

Las oscuras hebras del poder



La décima aventura policial de Ramón Díaz Eterovic nos sumerge en una sucesión de hechos, aparentemente inconexos, cargados de reflexiones sociales, de humor y suspenso, donde los personajes se desenvuelven en una oscura y corrupta telaraña que se teje en instituciones estatales y políticas. En A la sombra del dinero, Heredia investiga acompañado de una atractiva mujer el homicidio de un funcionario público, presionado por misteriosos poderes

Heredia transita de su inhóspito departamento del barrio Mapocho hacia bares, cabarets y centros comerciales, algunos siendo fachadas de oscuros negocios. Se inmiscuye en el establishment de los funcionarios públicos, donde la caracterización del autor es tan minuciosa que se recrean hasta sentimientos personales de los investigados. Incluso hay un capítulo dedicado a la rutina de un orate que se proclama un ángel de tres alas y vive refugiado, al alero de una fuente, de las persecuciones de los agentes de la represión que coartan su libertad.

Díaz Eterovic logra un preciso retrato de Heredia, como un tipo solitario, escéptico y melancólico, desencantado del porvenir sin proyectarse hacia el futuro, con vicisitudes y placeres según la circunstancia. Perfil que se mezcla con sucesos cotidianos de la urbe, breves y fragmentados, que sirven de ensamblaje para la trama policial. Como contrapunto a su vida, persiste la presencia del gato Simenon, un felino parlanchín que logra las reflexiones más agudas en la conciencia del protagonista, generando una dinámica a la narración que es más atractiva que un simple monólogo interior.

Respecto de los personajes secundarios, la sensación no es del todo satisfactoria. Hay una construcción descuidada de sus caracteres. No alcanzan a ser creaciones con vida propia que desprendan un móvil de conducta independiente, sino una mera articulación de las acciones ególatras de Heredia. El propio autor lo justifica: “La soledad de Heredia es el aislamiento de quien no quiere ni puede compartir los falsos valores que hoy mueven nuestra sociedad: la competencia, el individualismo, el exitismo. Es un personaje que prefiere vivir en los márgenes y de ahí, en la medida de sus posibilidades, actuar para establecer su sentido justiciero, para buscar verdades que se ocultan. Y como esta postura vital es difícil de compartir, suele quedarse solo, como tanta gente que hoy, para no ser parte del circo y la banalidad, ha optado por la soledad e independencia”.

Con breves descripciones del paisaje, diálogos lacónicos y significativos y un encauzamiento de la acción dramática, el autor maneja con habilidad el suspenso del desenlace y los ritmos dramáticos. Su personaje Heredia desembrolla una madeja de relaciones entre delincuentes y sus contactos hasta dejar el misterio en un punto muerto. La intriga policial queda irresoluta y es necesario investigar por sobre las esferas criminales, llegar a los hilos del poder, a los mundos institucionales que representan.

En el trasfondo de A la sombra del dinero, Ramón Díaz Eterovic profundiza en la sociedad de las apariencias, el engaño soterrado tras el cual se oculta la dignidad del esfuerzo y la nobleza, en una ciudad de vicios y corrupción ética, donde los rostros honorables son una careta del descalabro conductual de la especie humana. En suma: una crítica a la sociedad de consumo, a la existencia del ciudadano editorializada por los medios masivos, al vacío axiológico supeditado a la subsistencia y al anhelo de una vida acomodada, soslayando los fundamentos morales para alcanzarla. 

Santiago, primer semestre de 2005