domingo, 3 de octubre de 2021

Cultura televisiva


La televisión es el espejo donde se refleja la derrota de todo nuestro sistema cultural”.
Federico Fellini


Hasta avanzadas horas de la madrugada, Benjamín sintonizaba canales de la televisión abierta. Lo hacía por tedio, jamás por interés. Su opinión sobre la industria del espectáculo no era en ningún caso favorable, pero luego de revisar una y otra vez las redes sociales, de recorrer las películas de la televisión por cable, incluso de mirar alguna serie en Netflix (pagaba con esfuerzo una cuenta básica), terminaba por envolverlo el fastidio y prefería ver contenido basura en vez de buscar productos culturales interesantes donde sabía, de antemano, no los iba a encontrar.

Se consideraba a sí mismo un literato decepcionado. Su pasión por la literatura no había sido sepultada del todo, pero veía con frustración su Licenciatura convertida en un título de cesantía ilustrada. Por cierto, continuaba leyendo autores interesantes, pero cada vez constataba que las letras, el lenguaje y la ficción perdían más terreno en esta sociedad de consumo y manipulación mediática. Además, ni los libros ni la cultura le daban de comer. Cercano a sus treinta años, vivía con su madre en un departamento de Ñuñoa y le desesperaba la idea de no poder desplegar sus alas.

Sin embargo, una tarde en que visitaba una librería en el centro de Santiago, un casual encuentro daría un giro a su vida. Su sorpresa fue mayúscula cuando vio entre las estanterías a Esteban, un primo unos años mayor que él que sabía era comunicador audiovisual y bastante exitoso, al menos en el aspecto económico. Hace un par de años se desempeñaba como productor ejecutivo en Chilevisión. Al reconocer a Benjamín lo saludó efusivo, abrazo afectuoso de por medio, y al preguntarle por su situación laboral de inmediato esbozó una idea que pensó muy conveniente, tanto para él como para su primo. Esteban citó para el día siguiente a su primo a su oficina en el canal, con prometedores planes.

La impresión de Benjamín al llegar al edificio de Chilevisión fue mayor. Verse entre tanta seguridad, solicitar el pase de visita para entrar a las dependencias en la recepción y caminar entremedio de estrellas de TV fue una experiencia, por decir lo menos, curiosa. Al llegar a la oficina de Esteban, él le ofreció un café y luego atacó directo al asunto.

Mira, primo, a Chilevisión le ha ido muy bien desde que la adquirió Turner Broadcasting. El área de entretención ha aumentado suculentamente los ingresos, con beneficios para todos. Sin embrago, hay un problema de credibilidad de por medio, que afecta al Departamento de Prensa. La idea es combatir un poco el desprestigio que acarrea la faradulización de la industria televisiva mediante la generación de contenidos culturales. 

Bueno, Esteban, me parece muy bien. Pero ¿qué monos pinto yo ahí?

Es muy simple. El periodista Daniel Celis prepara un segmento en Chilevisión Noticias, en el central, en el cual comentará diversos temas culturales, desde comentarios de libros hasta de corrientes filosóficas o sociológicas. Se pretende dar un barniz docto a los contenidos periodísticos.

Ubico a Celis, ¿era el mismo que antes estaba en el matinal?

Sí, el mismo. Tu labor sería generar esos contenidos, escribir una vez a la semana un texto que le haríamos llegar a Daniel, con temas que podemos pautear entre nosotros, para que él elabore el comentario televisivo. Habría hartos billetes para ti.

Ya, me suena interesante. Ahora, ¿Celis citaría las fuentes?, ¿saldría mencionado en los créditos de ese comentario?

Benja, no aspires a tanto. Un periodista como él no tiene tiempo de investigar temas de cultura. Tú tienes una licenciatura y lees constantemente. Además, sé que necesitas el dinero. Podríamos pedirle a otro licenciado en literatura o en filosofía cesante que hiciera este trabajo. He pensado en ti por el cariño que te tengo. Ya habrá tiempo para que publiques tus libros.

Benjamín caminó dubitativo al paradero para regresar a su hogar. No era una mala alternativa, lo que le pagaría el canal le significaría contar con ciertos ingresos que mejorarían bastante su situación. El punto era entregar sus conocimientos para que este periodista se arrogara la autoría y Esteban fue taxativo en señalarle que no podría revelar que él escribía los comentarios. Debía responderle en, a lo sumo, un par de días.

Al día siguiente, sentado al computador de su pieza, Benjamín no sólo había decidido aceptar la oferta, sino que ya esbozaba un borrador del primer comentario. La necesidad tiene cara de hereje, se repetía mentalmente. Tal vez su nombre y pluma, como le había insinuado su primo, tendrían futuras oportunidades de figurar. Redactaba un par de carillas acerca de la noción de campo cultural en Pierre Bourdieu. 

Espero con ansias hasta el jueves de la siguiente semana. Sentado en el living del departamento, junto a su madre, que ignoraba los pasos de su hijo, miraban el noticiero central de Chilevisión. En los minutos finales del programa, el conductor Ignacio Muñoz, con actitud ceremoniosa, anunciaba el estreno del segmento Cultura para todos, a cargo del periodista Daniel Celis. Éste se mostraba muy compuesto y bien arreglado, luego de una cortina televisiva con gráfica que incluía retratos de Shakespeare y Cervantes, y leía parsimoniosamente en el teleprompter una adaptación del texto original de Benjamín. 

El fantasmal autor del comentario se enteraría de los detalles después. Su primo Esteban le indicó que su texto era sumamente valioso, pero debió ser suavizado en el lenguaje, pues la audiencia televisiva mantenía un nivel intelectual inferior al requerido para un ensayo académico. También le aclaró que Daniel Celis confió en Esteban, así como los otros productores, pues ni el periodista ni los jefes podrían ser capaces de retener, menos memorizar, un escrito de esas características. Era una materia que, evidentemente, no dominaban.

Luego de la primera emisión del segmento, la madre de Benjamín reaccionó efusiva, resaltando la calidad cultural del periodista Daniel Celis y le comentó a su hijo que era genial que se incluyeran esos contenidos en la televisión. Sin duda, Celis era un intelectual de estatura. Benjamín asentía con amargura y, para disipar cualquier sospecha, le respondió a su madre que tenía toda la razón. 

También fueron elogiosas las reacciones de la opinión pública ante este nuevo segmento en las noticias. A las pocas semanas estaba instalado el tema de la agudeza intelectual de Celis y de la apuesta comprometida de Chilevisión. Esteban alentaba a su primo, le confidenciaba que Cultura para todos no sólo había aumentado el rating en ese horario, sino que había elevado la audiencia de los sectores ABC1, lo cual tenía a los productores de la estación eufóricos. 

Benjamín se sentía ambivalente respecto de este fenómeno televisivo. Si bien había aumentado ostensiblemente sus ingresos, lo cual invertía en interesantes libros, funciones de cine arte y cafés bohemios con amigos, le horadaba el ánimo que todo ese éxito fuera atribuido a la capacidad profesional de un periodista que con suerte entendía lo que él le redactaba semana a semana. 

Y el creciente interés de los televidentes redundó en que Benjamín debió esforzarse cada vez más. En principio abordó temas de filosofía, como ensayos de Byung Chul Han y La dialéctica de la ilustración, de Adorno y Horkheimer, que dominaba en general, pero luego debió concentrarse en la lectura acerca de la semiología de la imagen con autores como Ronald Barthes y otros que le significaron un trabajo adicional. Y no hubo mayores honorarios por su dedicación extra. 

En un momento, luego de varios meses de asonadas presentaciones de Daniel Celis los jueves culturales, Esteban le pidió a Benjamín que escribiera una crítica elogiosa de la más reciente novela de Roberto Ampuero. Él se resistió, argumentando que no era un escritor de su gusto personal y que, si bien podía ser un libretista fantasma para la TV, otra cosa es que alabara las virtudes literarias de un autor que consideraba no poseerlas. Pero la réplica de Esteban fue enfática: debía obedecer esta tarea encomendada. Ampuero había sido ministro de Piñera, antiguo dueño del canal, y había ciertos lineamientos político- editoriales que Benjamín debía respetar.

A regañadientes escribió el comentario, con elogios a la fluidez narrativa en el género policial de Ampuero y su humildad política al reconocer los errores de juventud en la militancia de una ideología vetusta y anacrónica. El resultado fue tan explosivo que hasta el mismo escritor le agradeció en un enlace en vivo, durante una emisión de Chilevisión Noticias Tarde, al prestigioso y culto periodista Daniel Celis.

Se acercaba el fin de año y Benjamín decidió asistir a unos cursos de estética en un centro cultural de Ñuñoa. Era para distraerse de tanto ajetreo producto de su empleo en la Industria televisiva. En casa, a su madre le había dicho que sus nuevos ingresos, que no podía ocultar, era por un trabajo de corrección de estilo de un afamado escritor, que había pedido estricta confidencialidad de su nombre. 

El curso era impartido en la Casa de la Cultura de la comuna y tenía la gracia de funcionar a modo de taller, con momentos para compartir con sus compañeros. Una bonita niña de lentes se explayó acerca de la calidad de la narrativa de Andrés Vicuña, así como de sus películas. Afirmaba que, incluso, el destino era paradójico, pues José Donoso lo había expulsado en un principio de su taller y ahora el escritor había superado con creces a la figura literaria que fue su maestro. Daba tantos argumentos convencida, con un dejo de arrogancia, que Benjamín no lo soportó más y exclamó:

No tienes idea de los que estás hablando. Confundes a un escritor de moda de los 90, de narrativa fácil y liviana, con la alta cultura.

¿Y tú qué tanto sabes?, ¿a quién le has ganado? Para tu mayor información, intelectuales de tanto peso como Daniel Celis han alabado la literatura de Vicuña.

¡¿Cuándo ha dicho Celis eso?!

El otro día, en una entrevista en El Mercurio. No tienes cara para andar rebatiendo con tanta insolencia, ¡pedante!

Para Benjamín fue indignante. El problema no era, claro está, ni Vicuña, ni José Donoso ni Perico los Palotes. El asunto era que ese ignorante de Daniel Celis se había convertido en un referente cultural, una suerte de líder de opinión en temas literarios y filosóficos y todo a costa de su esforzado y ninguneado trabajo. Decidió que debía conversar seriamente con su primo Esteban.

Lo visitó al día siguiente a su oficina en Chilevisión. Los guardias de recepción no querían dejarlo pasar. Luego de insistir, finalmente llamaron por teléfono interno a Esteban y él permitió que ingresara. Benjamín llegó enfurecido. Estaba dispuesto a seguir escribiendo los comentarios, pero quería un aumento en sus honorarios, pues le demandaban mucho más esfuerzo que al principio y con el compromiso de su primo de que el periodista Daniel Celis cuidara más su imagen pública, fuera más prudente en sus declaraciones y no anduviera hiperventilado refiriéndose acerca de temas y personas que, por cierto, abordaba con chapucería intelectual.

Benja, tú firmaste con contrato que te eximía de tus derechos de autor y te deja completamente ajeno a los derechos de imagen de Daniel Celis, pese a que te pagamos las remuneraciones a honorarios. Ganas mucha plata, hombre, no deberías alterarte tanto por unas inocentes declaraciones. 

Es que siento que este juego ha llegado demasiado lejos.

Bueno, si así crees, te informo que la puerta es bien ancha. No eres indispensable, Benjamín, habrá otra persona que pueda seguir haciendo tu trabajo.

A los pocos meses Cultura para todos dejó de ser un segmento en Chilevisión Noticias. Los ejecutivos del canal explicaron a la prensa que el espacio había cumplido un ciclo y veían nuevos horizontes profesionales para el periodista de bagaje intelectual.

Fue una Navidad muy triste para Benjamín. Todo el esmero al tacho de la basura y sentirse tan decepcionado. A principios del año siguiente hubo una noticia que lo estimuló. Los antiguos organizadores restablecieron los Premios Altazor. Curiosamente, y hablaba del regreso triunfal de estas preseas culturales, la ceremonia sería transmitida en directo por Chilevisión, en horario estelar. Evidentemente, el premio Aporte televisivo a la cultura fue para Daniel Celis.


miércoles, 1 de septiembre de 2021

Fractal

 


Mis días transcurren azarosos
en un aparente libre albedrío:
el engaño se descubre con facilidad
tropiezo con una piedra
y el sendero se reproduce a modo fractal
en mi imaginación o en el baile
con disfraces y máscaras, la realidad
camuflada por oscuras intenciones.
 
Velo sutil de la Naturaleza
el fractal imita un copo de nieve
pero responde a la geometría de Koch
o la alfombra de Sierpinski
despliegue de la galería de monstruos.
 
Aparente condición fragmentaria
en la superchería, irregular
las formas similares se repiten
a diferentes escalas
un cerebro ominoso las produce
tela de araña captura con su veneno.
 
Vuelvo a mi hogar, me aguarda
una taza de té caliente y silencio
tropiezo esta vez con la alfombra
emana monstruos y formas malditas
consume el oxígeno del living
yazgo inánime sobre mi historia
azar subterráneo con designios
deliberados en el paisaje secreto.

jueves, 19 de agosto de 2021

Atentado a la Madre Tierra




 “Cuando los hombres escupen sobre el suelo, escupen sobre sí mismos”.
Carta del jefe indio Seattle a Franklin Pierce, presidente de Estados Unidos (1854)
 
 
El instinto extractivista del ser humano
parece no tener límites ni mesura
¿Somos hijos del sol o de la tierra?
El antipoeta se revuelca en su tumba.
 
Codicia y ambición
el empresariado chileno cree ser hijo
del progreso iluminista racional
dueño de la tierra para su usufructo
aunque al pensar mejor
es sólo una bandera de humo
para ocultar su apetito de poder
enriquecerse de forma obscena
producir zonas de sacrificio.
 
Andes Iron, olvidas tus orígenes
juegas a ser Dios y pretendes dominar
el hierro y el cobre de la geología.
No se te arruga la nariz
ante la masacre de la biodiversidad
la extinción del pingüino de Humboldt
carnicería de ballenas azules y jorobadas
homicidio de orcas, delfines y lobos marinos.
 
Carlos Alberto “Choclo” Délano
el instinto depredador
prepotencia de poder heredada
de tu alcurnia que carece de mérito
burla leyes y sentido común de pobladores
embaucados con cantos de sirena
en La Higuera y ante la Opinión Pública
atenta contra la sabiduría
de la Madre Tierra y el ecosistema
crimen profundo que no se borra
con pueriles comunicados de prensa
ni ladinos community managers.

sábado, 31 de julio de 2021

Celeste

 


Dicen que un romance no se puede concebir sin una cuota de misterio. Así fue desde el principio contigo, Celeste, al menos de mi parte. Recuerdo ese día en que me visitaste al trabajo, que también era nuestra alma mater.

Cierto, fuimos compañeros de Periodismo en la universidad, pero si bien me había fijado en ti, nunca conversamos hasta aquel día durante mi práctica en el Canal, durante la espera de la noticia a las puertas del Servicio Médico Legal. Menudo lugar para presentarse y la forma en que sucedió. Estaba con frío, aburrido fumando, hasta que llegaste y me dijiste Hola. Lo sabes, soy pésimo fisonomista y durante esa práctica me aparecieron muchas caras del pasado y me era difícil recordarlas todas.

Soy Celeste, fuimos compañeros en la U”, me aclaraste y, de pronto, como un estúpido, recordé nítidamente la niña que opinó sobre mi proyecto de tesis en clases, que aportaba acerca de mis teorías literarias a desarrollar. Trabajabas en la sección nocturna de La Tercera y mucho después supe que en esos reporteos bohemios conocerías a Javier.

Pero no fuimos estrictamente amigos hasta que, luego de coordinar por las redes sociales, me visitaste en la sala de computación de la universidad que administraba en esa época. Cómo olvidarlo, si te veías tan atractiva con tus jeans ajustados, tus botines y chaqueta de cuero negros. Tus cabellos rojizos siempre me resultaron parte de tu enigma, así como tu sonrisa espontánea, que alegra el día con toda la frescura que irradias al caminar.

¿Sabes?, no pensé que llegarías esa tarde, imaginaba que tus palabras por el computador eran sólo de buena crianza. Pero apareciste, Celeste, y no dudé un minuto en cerrar la sala con llave y ausentarme de la jornada para que fuéramos a compartir un café al patio con el resto de los estudiantes.

Me sorprendía tu agudeza intelectual, tu chispa para rápidamente hacer comentarios ingeniosos e hilarantes, tu vasto conocimiento en literatura y los detalles que prodigabas en cada descripción, siempre condimentados con tu risa transparente y tu pestañear ágil, como aleteo de colibrí. Fue el estilo Celeste el que me cautivó desde la primera conversación y quedé enganchado a ti como perrito faldero.

Nunca logré descifrar cuál era tu sentimiento hacia mí. A veces pensaba que te gustaba y que era mi insufrible timidez la que frenaba la relación entre nosotros. Pero te desaparecías, Celeste, a veces había períodos en que me buscabas, me enviabas libros en formato digital a mi correo, aderezados de anécdotas significativas de tu vida, que leía con esmero, pero en otros pasajes hubo llamadas que no contestaste, mensajes que se perdieron sin respuesta y mi ansiedad crecía al ritmo del deseo de volver a sentir esa risa, aquella cascada de agua, junto a tu voz acompasada.

Me contaste de aquel amor tórrido, ése del profesor de preuniversitario que, siendo docente y tú estudiante, se te insinuaba y le correspondías con cuentos románticos. El amor nunca muere, fue uno de ellos, haciendo referencia al sentimiento y al mítico café ñuñoíno. Me confesaste que él se enteró de la inspiración de ese relato y que, durante mucho tiempo, fue tu amante, a escondidas de un pololo más joven e ingenuo.

Nunca te confesé que eras la inspiración de muchos de mis poemas, pero tengo la certeza de que te enteraste. Era bien evidente en mis versos. “Camino detrás de ti y no te alcanzo”, “tres pasos delante de mí, siempre”, palabras que incluso una vez quisiste desmitificar, recordándome lo tonta que eras de adolescente, cuando compartimos un café después del trabajo.

Pero también me confidenciaste tus problemas de pareja con Javier y de cómo repercutían en Amaya, la pequeña hija de ambos. Él, ilustre licenciado en Filosofía, que tiempo después ganó una beca para cursar un doctorado, alcanzó el empleo de profesor auxiliar en la facultad y no escatimaba soberbia en alardear sobre su eximio nivel cultural y su intelecto conspicuo. Creo que fue el poema La universidad, que me enseñaste al poco tiempo de conocerte mejor, donde revelabas esa irritación por la pedantería que, si bien exhibían más los amigos de Javier, no estaba erradicada del todo en tu pareja.

En algún momento pensé que ya no te vería más. Durante mis extenuantes jornadas en la agencia de comunicaciones en la que me desempeñaba, pensaba en ti y trataba de ubicarte. Parecía que te hubiera tragado la tierra. Mas siempre volvías a dar señales de vida, y no pude establecer una suerte de patrón de tu conducta entre las fugas y presencias repentinas. ¿Por qué esa inconstancia, Celeste? ¿Era que, tal como creí en una de tus indirectas, te resultaba aburrido luego de verme muy seguido? ¿Era tu gusto por la novedad, que me confidenciaste, el móvil de tu carácter veleidoso?

Espero no me encuentres machista al hacer estas reflexiones, pese a que tal vez jamás leas estas palabras. Una vez me invitaste a un homenaje a la poeta Wislawa Szymborska a una interesante librería, propiedad de un periodista y escritor. Te recuerdo, maravillada por la poesía de la polaca, por su vida austera y sabia, pero a la vez, tenías una mirada un tanto perdida, ausente. No me atreví a indagar más acerca de tus preocupaciones. A veces es mejor callar.

Y al poco tiempo, la publicación del poema Un gato en un piso vacío en tu perfil de Facebook, además de otros comentarios crípticos que me despertaron sospechas. Y te demorabas tanto en responder, otra vez no contestabas el teléfono. Finalmente, nunca supe por qué, atendiste a mi llamado. No encontraba las palabras para consolarte. Se me partía el corazón escuchar tu relato entre sollozos, que Javier tenía una amante, que encontraste una carta de amor dirigida a él entre sus pertenencias, que se trataba de una colega, era una profesora de Filosofía de la facultad, que la vida era injusta y todo lo veías negro y triste. ¿Por qué cortaste de improviso, Celeste? ¿Por qué no permitiste que te calmara, que te consolara? ¿Por qué no aceptaste mi ayuda?

No recuerdo cuántas veces intenté comunicarme contigo nuevamente. Toqué tantas veces la puerta de tu departamento, hasta que uno de tus antiguos vecinos se apiadó de mí y me explicó que habías partido junto a Amaya, hecha un diluvio de lágrimas. Y ahora nadie sabe de ti: ni tus padres, ni los antiguos amigos de la universidad, ni siquiera Javier, que poco faltó para que me agrediera cuando me acerqué a preguntarle por tu paradero.

Aunque sé que ya no aparecerás, pese a que desistí de buscarte, sigo confesándote estas verdades, palabras que quizás nunca leas. Y me pregunto por qué las escribo. Tal vez para completar una historia trunca, para evitar que los hechos se disuelvan con el tiempo, porque te extraño tanto, porque quiero reconstruirte con estas palabras y volver a escuchar tu risa, sentir tu voz.


jueves, 29 de julio de 2021

Vigilar y castigar

 


Cuide sus palabras
me recomendaba el petulante profesor
más que recomendar era una amenaza
en ese colegio donde jugaba aquel rol
uno de los pocos elementos distópicos
que desentonaban con la asepsia del linaje.
 
La rueda gira y la burbuja
se expande al horroroso Chile
y pareciera que los jesuitas de la enseñanza
no han perdido el cetro de dominación.
Olor a subterráneo que impregna
esquinas, plazas y avenidas.
 
Cuide sus palabras
y sus gestos, miradas y acciones
nada escapa a la lupa del Gran Hermano
incluso los pensamientos
no me engaña, excusarse con no lo dije
pues es un hecho irrefutable
que lo pensó en su fuero íntimo.
 
En este país no se mueve una hoja
sin que yo lo sepa.
 
Si se atreve, aténgase a las consecuencias.
Todo se paga en esta vida y en esta muerte.
El poder se regocija, como un cristo barroco
con toda su crueldad innecesaria
hay registros en cámaras de seguridad
testigos y paredes que escuchan
usted no se librará del castigo
aunque a ojos no sea más que
obra de la Divina Providencia.
 
Sweet dreams are made of this
de esta pesadilla no hay escapatoria
cuide sus palabras
Some of then want to abuse you
Some of them want to use you.
Recurro a mi sombra por el buen consejo
me desconoce, cree que soy víctima
de locura temporal.
 
Una mirada cómplice me advierte
de las verdades imposibles de pronunciar.

lunes, 26 de julio de 2021

Veinte años no es nada

 


Una amiga muy culta me explicó el tópico del puer xenex, algo así como el niño viejo, la contraposición entre el joven inexperto con el sabio muy vivido, y que un ejemplo muy evidente era la obra "El Conde Lucanor", la cual nunca he leído ni pienso leer. Pero me resonó mucho en la conciencia en la época que trabajé en la agencia Omega Press, donde conocí a la Panchita.

Era una chica de 22 años, delgada y de piel muy blanca. Parecía muy seria al principio, pero creo que lo que me cautivó de ella fue esa mirada a la vez tierna y mordaz de la vida, sumado a un ingenio y sentido del humor muy cáustico. Panchita tal vez no disfrutaba de la vida, como si hubiera prolongado su adolescencia por sobre la veintena, y su válvula de escape era la ironía, el mundo del comic y del animé.

Era eficiente en el trabajo, una rutina mecánica de revisar digitalmente medios de comunicación y extraer notas para determinados clientes, por lo cual disfrutaba del margen sobrante de su jornada viendo series niponas en You Tube o leyendo alguna novela de vampiros. Por cierto, era un tanto gótica, pero siempre guardando la sencillez al vestir y sólo exteriorizándolo cuando salía de juerga con su inseparable amigo Roberto, un joven gay que combinaba el trabajo en la agencia con el estudio de diseño de vestuario.

Fueron los días iniciales de trabajo en que Panchita estuvo a cargo de mi inducción. La paga no era mucha, pero al ser un empleo de media jornada tenía la ventaja de dejarme tiempo para otras actividades, como la literatura. En ese entonces tenía 42 y la diferencia etaria era notoria desde las primeras conversaciones. Es que nunca entendí esa manía por las sagas juveniles, y mientras yo le comentaba acerca de la poesía chilena contemporánea o la novela existencialista, ella me enseñaba términos como fanfic o spoiler.

Le molestaba que alardeara erudición, la que, ingenuamente, hacía lucir como método de seducción. Me respondía bromeando sobre los memes que suelen hacerse en las redes sociales con la figura de Paulo Cohelo y los pretendidos aspirantes a escritores. Es un monólogo, me explicó un día, refiriéndose a esas supuestas conversaciones en las que sólo uno expone su fulgurante barniz cultural en desmedro del silencio ignorante del otro interlocutor. Me dio mucha risa cuando me contó que, en una de las ferias del libro de Estación Mapocho, un muchacho le preguntó qué le gustaba leer, para orientar su compra, y ante tantas sugerencias sin origen de una preferencia definida, se excusó con ir al baño y huyó con prisa.

Panchita había estudiado Relaciones Públicas y constataba el gran engaño de esas carreras técnicas que, en el papel de la publicidad del instituto, auguraban prometedores futuros laborales, y en la práctica la habían relegado a desempeñarse en un empleo que poco o nada tenía que ver con sus noches de quemarse las pestañas estudiando.

Vivía en Conchalí con su familia, dentro de la cual estaba su media hermana que era un factor disfuncional dentro del grupo social. Se lamentaba, una vez bajada la guardia de la desconfianza, que su hermanastra no colaboraba con la familia y acarreaba más problemas que soluciones, y los padres se mostraban muy pasivos ante tal situación.

Para seducirla, yo la instaba a que desarrollara sus capacidades artísticas (dibujaba muy bien) y que buscara un nuevo rumbo a su vida, lejos de tareas que no la gratificaran. Ella siempre anteponía una distancia fundamentada, mediante indirectas, en las diferencias que había entre nosotros. La diferencia en edad, que yo viviera en Las Condes y ella en la comuna del norte de Santiago, que los gustos distaban entre los dos. Sin embargo, en ocasiones, parecía disfrutar con mis conversaciones, en la que era cauto en no asomar al pedante que llevo en mis genes y trataba de ser muy empático con su realidad.

Cuántas veces la invité, luego del trabajo, a beber un café en algún local del barrio Lastarria. Se excusaba con que le costaba mucho tomar locomoción de vuelta a casa a esas horas, con que tendría que hacer hora mucho antes de juntarse conmigo (ella cumplía el turno de la mañana, yo el de la tarde), en fin, frecuentemente argumentaba razones que no eran más que resistencias a mis proposiciones.

Y, por otro lado, estaba la persona de Roberto interponiéndose entre nosotros. Es curioso que algunos homosexuales sean tan celosos de sus amigas mujeres. Roberto era unos años mayor que Panchita; la protegía y orientaba en la vida. Hacía notar que mi cercanía con ella no era una buena influencia, no se fiaba de mis intenciones y poseía una gran autoridad moral sobre Panchita, al punto que parecía más su padre que su amigo.

Hubo una época en que, producto de otro trabajo en que me desempeñaba de manera free lance, tenía oportunidades muy valiosas de asistir a tertulias literarias en liceos de Providencia a leer mis poemas. Desgraciadamente, en la agencia había sobredemanda de solicitudes de registros en prensa y el trabajo se sobrecargaba para los pocos empleados que nos desempeñábamos en ese entonces. Advertí con tiempo a la Panchita y a Roberto que en ciertos días debía terminar mi jornada a tiempo para llegar a estas tertulias, previendo que, como en otros días, me pudieran dejar muchas tareas pendientes de la mañana que retrasaría mi hora de salida.

Uno de esos días llego y constato que Panchita tenía mucho trabajo que le correspondía sin hacer. Roberto se había retirado más temprano, para variar. Fue tal mi rabia que me acerqué a ella y, por primera vez sin llamarla por su diminutivo, le dije con voz firme: Francisca, hay muchas tareas que tienes pendientes y no es justo que me las delegues a mí, no corresponde, en especial hoy que avisé que tengo que salir de la agencia a tiempo. Fue una reacción de mucha rabia y frustración de Panchita, me respondió, muy aireada, que las indicaciones que le dejé ayer en check list estaban mal escritas, que no entendía bien cuáles eran las tareas y una serie de excusas infantiles e irresponsables.

Le pedí disculpas y, tratándola con guante de seda, le expliqué lo importante que eran para mí esas tertulias. Luego de un rato de escuchar mis palabras quedó en silencio. Fue a la cocina y volvió más tarde, cuando ya había iniciado mi jornada. Sin decirme nada, avanzó en muchas tareas de forma muy eficiente y logró reducirme la carga de trabajo al punto que, más tarde, pude llegar a tiempo al liceo y la tertulia fue todo un éxito.

Le agradecí mucho su gesto y prometí comprarle un libro de su preferencia en compensación al favor. En sus momentos de confianza, Panchita me había contado que le había gustado mucho la película “Sensatez y sentimientos”, que el protagonista masculino era todo lo que una mujer podía soñar. Decidí regalarle una bonita versión del clásico de Jane Austen y le agregué a la compra “Narraciones extraordinarias”, de Edgar Alan Poe, por sus afinidades con el misterio y el mundo gótico.

El día en que le entregué los libros estaba muy feliz y bromeaba infantilmente con Roberto por sus regalos. Mira mis libros, Roberto, yo los tengo y tú nooo… Panchita se sintió tan agradecida que, a los pocos días, una vez que tuve que reemplazar a Roberto en la mañana, me preguntó cuál era mi personaje favorito de “Star Wars”. Por ese tiempo habían estrenado hace poco “El renacer de la fuerza”, séptima película de la saga. Yo le respondí que era Yoda. Ella sonrió y me dijo, apuesto que es por eso de el tamaño no importa. Me dio mucha gracia y le aclaré que, en realidad, era un personaje aparentemente muy inofensivo y hasta ridículo, pero que escondía una sorprendente fuerza mental y elevado espíritu.

El personaje favorito de Panchita era Darth Vader, no por la oscuridad gótica ni por la maldad, como los adolescentes que se esmeran en aparentar ser rudos para sentirse más seguros, sino porque ella era asmática, desde niña tenía esa enfermedad y se sentía muy identificada con la respiración del tipo inhalador del lord del Imperio. Ese mismo día revisó una página en Internet y se quedó dibujando largo rato.

Más tarde volví de la cocina, donde me serví un café, y Panchita había dejado un regalo en el computador que yo ocupaba. Era un dibujo de Darth Vader siendo niño, blandiendo su espada láser, extraído de una página web de animación que emulaba el estilo kawai, que significa tierno en japonés, con una bonita leyenda en que bromeaba con los escritores Paulo Cohelo y me instaba a ser como mi gran referente: Julio Cortázar.

Me enterneció mucho el regalo y se lo agradecí con un gran abrazo. Panchita había mostrado ser sensible y afectuosa. Todo parecía ir muy bien con mis intenciones.

Sin embargo, la figura de Roberto se interpuso entre nosotros.

Al poco tiempo él regresó del reemplazo que hacía en su jornada en la mañana. Fue notorio que estaba molesto por nuestra cercanía. En un momento sorprendí a Roberto reprendiendo a Panchita por su cercanía conmigo y detrás de la puerta escuché clarito cómo le aseguraba que yo no era una buena alternativa para ella, que la superaba por años, que no se confiara de ese tal Juan Pablo, con sus pretensiones de escritor y toda esa mentira que lo único que buscaba era llevarla directo a la cama.

Los días que siguieron fueron difusos. Entraba a las 14 horas y muchas veces Panchita ya se había retirado. Roberto, con cinismo, me explicaba que ella estaba haciendo trámites, pues tenía el interés de volver a estudiar. Yo la extrañaba mucho y trataba de encontrarme con ella, de sentir su risa y sus juegos infantiles que me alegraban aquellos días de mucha rutina y amargura.

Para colmo de males vinieron malas noticias: por imposibilidad de crecimiento de la agencia, la dueña había pactado cerrar paulatinamente Omega Press y sus tres empleados nos quedábamos con las manos vacías ante la falta de trabajo. Pasé días muy oscuros pensando en mi futuro y en la dificultad para encontrar un empleo con un sueldo profesional que significara un salto en mi tardía carrera de periodista.

Panchita me evadía y, las pocas veces que me topaba con ella en la agencia, me daba excusas de tiempo y dinero para que la congraciara con algún café y un pastelillo, que decía disfrutar mucho, en algún local bohemio del barrio Bellas Artes u otra geografía que le agradara. El problema no era el tiempo, ni el dinero, ni la ubicación del encuentro: cargaba con una difamación que me era muy arduo aclarar.

Hasta que finalmente llegó el día del cierre de Omega Press. Hubo recriminaciones, enojos, palabras confusas, dimes y diretes varios con la jefa. Pero a la larga no había mucho más que hacer. Como para cerrar un ciclo, quedamos con la Panchita y Roberto de juntarnos en un boliche del Centro de Santiago a beber unas cervezas como despedida, las del estribo, como se dice.

Esa reunión de exempleados fue tensa. Muchas palabras entre líneas, ajustes de cuentas emocionales, frases con veneno y poco compartir en camaradería. De lo que se pudo rescatar, supe que Panchita iba a entrar a estudiar Recursos Humanos en un instituto, con ayuda económica de su padre y algún trabajo de medio tiempo que buscaría. Yo le había prometido a Panchita regalarle un libro de cuentos de Cortázar para que conociera más mis gustos. En principio había aceptado.

Salimos entonados del tugurio, con una pesadez tanto en el hálito alcohólico como en el ánimo reinante. Roberto se dirigió a la Alameda y se hizo humo. Yo acompañé a la Panchita al Metro Cal y Canto a que tomara colectivo de regreso a casa, pues era tarde y me preocupaba por ella. Mientras caminamos íbamos en silencio, intercambiando apenas palabras triviales sobre el clima o las noticias recientes del país.

Al momento de la despedida, le recordé que teníamos una junta pendiente para regalarle el volumen de cuentos de Cortázar. Tú no tienes ningún libro que regalarme, me respondió con frialdad. Un insípido beso en la mejilla y se perdió por entre las personas que circulaban por la galería del Metro.

Panchita, por qué no fuiste capaz de tomar tus propias decisiones, de escuchar lo que te sugerían las emociones. ¿Tan diferentes éramos? Las afinidades se podían complementar, nunca pretendí que reeditáramos “Palomita blanca”, las distancias geográficas se podían soslayar. Veinte años no es nada, dice el tango, no lo son cuando dos personas logran comunicarse y hablar con el corazón en la mano.

Han pasado varios meses desde que me despedí de Panchita para no saber más de ella. Pienso en esa amiga culta que me explicó el tópico del puer xenex, en que tal vez yo tenga mucho de niño anciano, que me despierte tanta pasión la ternura femenina y, al mismo tiempo, no pueda entender la dinámica de la juventud. A veces, dentro de mi ocio de la cesantía, reviso mis documentos y encuentro el dibujo del villano espacial que me regaló Panchita. Pienso si en estos tiempos mezquinos e individualistas, donde los seres humanos hemos olvidado amar, hay cabida para epopeyas nobles de lucha entre el bien y el mal, con la dignidad de caballeros andantes futuristas.

martes, 6 de julio de 2021

Parásitos

 


Excavación de túneles
larvas horadan mi interior
agujerean certezas, socavar la seguridad
frenesí del rasguño que causa mareos
y en el exterior mi cuerpo intenta refugiarse
una taza de té, cigarrito y lectura
no vaya a recaer en la hipnosis
de mirar compulsivamente las redes sociales.
 
Estas larvas devoran mi cerebro
aquella zona reservada a la memoria
canciones, besos, atardeceres
mutan sospechosamente de color.
Los globos oculares también son alimento
varía la incidencia en la refracción de la luz
revoluciona perspectivas y dimensiones
sólo el tacto es capaz de reconocer
la fisonomía de los seres queridos
no todo lo que brilla es mirra e incienso.
 
Divago en mi habitación
mientras los parásitos disfrutan
bacanal fiesta en mis entrañas.
Desconozco si soy el carcelero de estas larvas
o ellas me han condenado al inxilio
distante años luz de las caricias
al tiempo que se derrumban
las estructuras de sentido, los pasos
tropiezos torpes en geografía adversa.
 
El espejo en el cual me observo
huye despavorido por la ventana
la misma por donde siento melodías
de otro tiempo, ajenas
que corresponden a épocas pre pandémicas
y el soliloquio se diluye
-sin reconocer si es mental o vociferante-
como el espiral de agua
que se pierde en el lavamanos.