Una amiga
muy culta me explicó el tópico del puer
xenex, algo así como el niño viejo,
la contraposición entre el joven inexperto con el sabio muy vivido, y que un
ejemplo muy evidente era la obra "El
Conde Lucanor", la cual nunca he leído ni pienso leer. Pero me resonó
mucho en la conciencia en la época que trabajé en la agencia Omega Press, donde conocí a la
Panchita.
Era una
chica de 22 años, delgada y de piel muy blanca. Parecía muy seria al principio,
pero creo que lo que me cautivó de ella fue esa mirada a la vez tierna y mordaz
de la vida, sumado a un ingenio y sentido del humor muy cáustico. Panchita tal
vez no disfrutaba de la vida, como si hubiera prolongado su adolescencia por
sobre la veintena, y su válvula de escape era la ironía, el mundo del comic y
del animé.
Era
eficiente en el trabajo, una rutina mecánica de revisar digitalmente medios de
comunicación y extraer notas para determinados clientes, por lo cual disfrutaba
del margen sobrante de su jornada viendo series niponas en You Tube o leyendo
alguna novela de vampiros. Por cierto, era un tanto gótica, pero siempre guardando
la sencillez al vestir y sólo exteriorizándolo cuando salía de juerga con su
inseparable amigo Roberto, un joven gay que combinaba el trabajo en la agencia
con el estudio de diseño de vestuario.
Fueron
los días iniciales de trabajo en que Panchita estuvo a cargo de mi inducción.
La paga no era mucha, pero al ser un empleo de media jornada tenía la ventaja
de dejarme tiempo para otras actividades, como la literatura. En ese entonces
tenía 42 y la diferencia etaria era notoria desde las primeras conversaciones.
Es que nunca entendí esa manía por las sagas juveniles, y mientras yo le
comentaba acerca de la poesía chilena contemporánea o la novela
existencialista, ella me enseñaba términos como fanfic o spoiler.
Le
molestaba que alardeara erudición, la que, ingenuamente, hacía lucir como
método de seducción. Me respondía bromeando sobre los memes que suelen hacerse
en las redes sociales con la figura de Paulo Cohelo y los pretendidos
aspirantes a escritores. Es un
monólogo, me explicó un día, refiriéndose a esas supuestas
conversaciones en las que sólo uno expone su fulgurante barniz cultural en
desmedro del silencio ignorante del otro interlocutor. Me dio mucha risa cuando
me contó que, en una de las ferias del libro de Estación Mapocho, un muchacho
le preguntó qué le gustaba leer, para orientar su compra, y ante tantas
sugerencias sin origen de una preferencia definida, se excusó con ir al baño y
huyó con prisa.
Panchita
había estudiado Relaciones Públicas y constataba el gran engaño de esas
carreras técnicas que, en el papel de la publicidad del instituto, auguraban
prometedores futuros laborales, y en la práctica la habían relegado a
desempeñarse en un empleo que poco o nada tenía que ver con sus noches de
quemarse las pestañas estudiando.
Vivía en
Conchalí con su familia, dentro de la cual estaba su media hermana que era un
factor disfuncional dentro del grupo social. Se lamentaba, una vez bajada la
guardia de la desconfianza, que su hermanastra no colaboraba con la familia y
acarreaba más problemas que soluciones, y los padres se mostraban muy pasivos
ante tal situación.
Para
seducirla, yo la instaba a que desarrollara sus capacidades artísticas
(dibujaba muy bien) y que buscara un nuevo rumbo a su vida, lejos de tareas que
no la gratificaran. Ella siempre anteponía una distancia fundamentada, mediante
indirectas, en las diferencias que había entre nosotros. La diferencia en edad,
que yo viviera en Las Condes y ella en la comuna del norte de Santiago, que los
gustos distaban entre los dos. Sin embargo, en ocasiones, parecía disfrutar con
mis conversaciones, en la que era cauto en no asomar al pedante que llevo en
mis genes y trataba de ser muy empático con su realidad.
Cuántas
veces la invité, luego del trabajo, a beber un café en algún local del barrio
Lastarria. Se excusaba con que le costaba mucho tomar locomoción de vuelta a
casa a esas horas, con que tendría que hacer hora mucho antes de juntarse
conmigo (ella cumplía el turno de la mañana, yo el de la tarde), en fin,
frecuentemente argumentaba razones que no eran más que resistencias a mis
proposiciones.
Y, por
otro lado, estaba la persona de Roberto interponiéndose entre nosotros. Es
curioso que algunos homosexuales sean tan celosos de sus amigas mujeres.
Roberto era unos años mayor que Panchita; la protegía y orientaba en la vida. Hacía
notar que mi cercanía con ella no era una buena influencia, no se fiaba de mis
intenciones y poseía una gran autoridad moral sobre Panchita, al punto que
parecía más su padre que su amigo.
Hubo una
época en que, producto de otro trabajo en que me desempeñaba de manera free
lance, tenía oportunidades muy valiosas de asistir a tertulias literarias en
liceos de Providencia a leer mis poemas. Desgraciadamente, en la agencia había
sobredemanda de solicitudes de registros en prensa y el trabajo se sobrecargaba
para los pocos empleados que nos desempeñábamos en ese entonces. Advertí con
tiempo a la Panchita y a Roberto que en ciertos días debía terminar mi jornada
a tiempo para llegar a estas tertulias, previendo que, como en otros días, me
pudieran dejar muchas tareas pendientes de la mañana que retrasaría mi hora de
salida.
Uno de
esos días llego y constato que Panchita tenía mucho trabajo que le correspondía
sin hacer. Roberto se había retirado más temprano, para variar. Fue tal mi
rabia que me acerqué a ella y, por primera vez sin llamarla por su diminutivo,
le dije con voz firme: Francisca, hay muchas tareas que tienes pendientes y no
es justo que me las delegues a mí, no corresponde, en especial hoy que avisé que
tengo que salir de la agencia a tiempo. Fue una reacción de mucha rabia y
frustración de Panchita, me respondió, muy aireada, que las indicaciones que le
dejé ayer en check list estaban mal
escritas, que no entendía bien cuáles eran las tareas y una serie de excusas
infantiles e irresponsables.
Le pedí
disculpas y, tratándola con guante de seda, le expliqué lo importante que eran
para mí esas tertulias. Luego de un rato de escuchar mis palabras quedó en
silencio. Fue a la cocina y volvió más tarde, cuando ya había iniciado mi
jornada. Sin decirme nada, avanzó en muchas tareas de forma muy eficiente y
logró reducirme la carga de trabajo al punto que, más tarde, pude llegar a
tiempo al liceo y la tertulia fue todo un éxito.
Le
agradecí mucho su gesto y prometí comprarle un libro de su preferencia en
compensación al favor. En sus momentos de confianza, Panchita me había contado
que le había gustado mucho la película “Sensatez y sentimientos”, que el
protagonista masculino era todo lo que una mujer podía soñar. Decidí regalarle
una bonita versión del clásico de Jane Austen y le agregué a la compra “Narraciones extraordinarias”, de
Edgar Alan Poe, por sus afinidades con el misterio y el mundo gótico.
El día en
que le entregué los libros estaba muy feliz y bromeaba infantilmente con
Roberto por sus regalos. Mira mis
libros, Roberto, yo los tengo y tú nooo… Panchita se sintió tan
agradecida que, a los pocos días, una vez que tuve que reemplazar a Roberto en
la mañana, me preguntó cuál era mi personaje favorito de “Star Wars”. Por ese
tiempo habían estrenado hace poco “El
renacer de la fuerza”, séptima película de la saga. Yo le respondí que
era Yoda. Ella sonrió y me dijo, apuesto
que es por eso de el tamaño no
importa. Me dio mucha gracia y le aclaré que, en realidad, era un personaje
aparentemente muy inofensivo y hasta ridículo, pero que escondía una
sorprendente fuerza mental y elevado espíritu.
El
personaje favorito de Panchita era Darth Vader, no por la oscuridad gótica ni
por la maldad, como los adolescentes que se esmeran en aparentar ser rudos para
sentirse más seguros, sino porque ella era asmática, desde niña tenía esa
enfermedad y se sentía muy identificada con la respiración del tipo inhalador
del lord del Imperio. Ese mismo día revisó una página en Internet y se quedó
dibujando largo rato.
Más tarde
volví de la cocina, donde me serví un café, y Panchita había dejado un regalo
en el computador que yo ocupaba. Era un dibujo de Darth Vader siendo niño, blandiendo
su espada láser, extraído de una página web de animación que emulaba el estilo
kawai, que significa tierno en japonés, con una bonita leyenda en que bromeaba
con los escritores Paulo Cohelo y me instaba a ser como mi gran referente:
Julio Cortázar.
Me
enterneció mucho el regalo y se lo agradecí con un gran abrazo. Panchita había
mostrado ser sensible y afectuosa. Todo parecía ir muy bien con mis
intenciones.
Sin
embargo, la figura de Roberto se interpuso entre nosotros.
Al poco
tiempo él regresó del reemplazo que hacía en su jornada en la mañana. Fue
notorio que estaba molesto por nuestra cercanía. En un momento sorprendí a
Roberto reprendiendo a Panchita por su cercanía conmigo y detrás de la puerta
escuché clarito cómo le aseguraba que yo no era una buena alternativa para
ella, que la superaba por años, que no se confiara de ese tal Juan Pablo, con
sus pretensiones de escritor y toda esa mentira que lo único que buscaba era
llevarla directo a la cama.
Los días
que siguieron fueron difusos. Entraba a las 14 horas y muchas veces Panchita ya
se había retirado. Roberto, con cinismo, me explicaba que ella estaba haciendo
trámites, pues tenía el interés de volver a estudiar. Yo la extrañaba mucho y
trataba de encontrarme con ella, de sentir su risa y sus juegos infantiles que
me alegraban aquellos días de mucha rutina y amargura.
Para
colmo de males vinieron malas noticias: por imposibilidad de crecimiento de la
agencia, la dueña había pactado cerrar paulatinamente Omega Press y sus tres empleados nos quedábamos con las manos
vacías ante la falta de trabajo. Pasé días muy oscuros pensando en mi futuro y
en la dificultad para encontrar un empleo con un sueldo profesional que
significara un salto en mi tardía carrera de periodista.
Panchita
me evadía y, las pocas veces que me topaba con ella en la agencia, me daba
excusas de tiempo y dinero para que la congraciara con algún café y un
pastelillo, que decía disfrutar mucho, en algún local bohemio del barrio Bellas
Artes u otra geografía que le agradara. El problema no era el tiempo, ni el
dinero, ni la ubicación del encuentro: cargaba con una difamación que me era
muy arduo aclarar.
Hasta que
finalmente llegó el día del cierre de Omega
Press. Hubo recriminaciones, enojos, palabras confusas, dimes y diretes
varios con la jefa. Pero a la larga no había mucho más que hacer. Como para
cerrar un ciclo, quedamos con la Panchita y Roberto de juntarnos en un boliche
del Centro de Santiago a beber unas cervezas como despedida, las del estribo,
como se dice.
Esa
reunión de exempleados fue tensa. Muchas palabras entre líneas, ajustes de
cuentas emocionales, frases con veneno y poco compartir en camaradería. De lo
que se pudo rescatar, supe que Panchita iba a entrar a estudiar Recursos
Humanos en un instituto, con ayuda económica de su padre y algún trabajo de
medio tiempo que buscaría. Yo le había prometido a Panchita regalarle un libro
de cuentos de Cortázar para que conociera más mis gustos. En principio había
aceptado.
Salimos
entonados del tugurio, con una pesadez tanto en el hálito alcohólico como en el
ánimo reinante. Roberto se dirigió a la Alameda y se hizo humo. Yo acompañé a
la Panchita al Metro Cal y Canto a que tomara colectivo de regreso a casa, pues
era tarde y me preocupaba por ella. Mientras caminamos íbamos en silencio,
intercambiando apenas palabras triviales sobre el clima o las noticias
recientes del país.
Al
momento de la despedida, le recordé que teníamos una junta pendiente para
regalarle el volumen de cuentos de Cortázar. Tú no tienes ningún libro que regalarme, me respondió con
frialdad. Un insípido beso en la mejilla y se perdió por entre las personas que
circulaban por la galería del Metro.
Panchita,
por qué no fuiste capaz de tomar tus propias decisiones, de escuchar lo que te
sugerían las emociones. ¿Tan diferentes éramos? Las afinidades se podían
complementar, nunca pretendí que reeditáramos “Palomita blanca”, las distancias geográficas se podían soslayar.
Veinte años no es nada, dice el
tango, no lo son cuando dos personas logran comunicarse y hablar con el corazón
en la mano.
Han
pasado varios meses desde que me despedí de Panchita para no saber más de ella.
Pienso en esa amiga culta que me explicó el tópico del puer xenex, en que tal vez yo tenga mucho de niño anciano, que me
despierte tanta pasión la ternura femenina y, al mismo tiempo, no pueda
entender la dinámica de la juventud. A veces, dentro de mi ocio de la cesantía,
reviso mis documentos y encuentro el dibujo del villano espacial que me regaló
Panchita. Pienso si en estos tiempos mezquinos e individualistas, donde los
seres humanos hemos olvidado amar, hay cabida para epopeyas nobles de lucha
entre el bien y el mal, con la dignidad de caballeros andantes futuristas.