viernes, 12 de noviembre de 2021

Las palabras en el vacío

 


Eran tardes soleadas, con leves oleadas de calor que circulaban intermitentemente a medida que se formaban corrientes de aire en los pasillos de la Escuela de Periodismo. Después del almuerzo había un embotamiento general en los alumnos de ese curso. Sentados en las bancas que dan la espalda a la sala era esperar sin mirar el reloj… la costumbre del religioso atraso del profesor era asumida de forma omitida por todos… “no, si llega a las tres”, fue lo que escuchó Andrés al inicio del ramo, aunque por horario empezaba treinta minutos antes.

“Alumnos, buenas tardes” y el profesor caminaba con movimiento acompasado, de paso corto entre sus pelos ondulados, ápice de una contextura delgada, ondeados por el viento y su camisa siempre arremangada. Otro ritual, al menos un cuarto de hora mientras los alumnos se sentaban y comentaban o el fin de semana o el examen que “todavía no saco las fotocopias”, el profesor fijaba su vista al frente apoyando sus codos en el escritorio, su mirada no terminaba en la pared, nadie sabía dónde apuntaban sus pupilas o en qué paisaje mental se perdía su horizonte. De cara desvaída, el aire cálido circulaba entre sus pómulos, los ojos se hacían cada vez más inexpresivos, cual extranjero en una feria de un país de cultura ajena. La vista caía con esfuerzo a los papeles del escritorio, energía a voluntad y en voz alta: “Bueno, la vida debe continuar. Sus dedos en el papel se ven como las manos del marinero elevando el mástil. Más fuerza a medida que avanza el ascenso: “Álvarez, Aránguiz- ah, vino-, Basoalto, Becerra, Contreras- también vino, me encanta que venga-, Dulante…”, se escuchaban apellidos tras apellidos y hay entusiasmo en la voz del hombre detrás del escritorio, “Romanovich… ¿cómo estás, Milena? Qué bueno, me alegro”.

“Jóvenes, déjenme aclararles el contexto histórico y socio político del escritor que estamos viendo. Aunque vivió hasta los 80 años no pasó desapercibido en los años sesenta. Como ustedes saben, fueron años de grandes conflictos, de pugna ideológica de meta relatos, de izquierda y de derecha, y eso repercutió en todo Occidente… ¿Les han pasado en historia la Revolución de mayo del 68? ¿No? Bueno, al alero de la filosofía de Herbert Marcuse, que se fundamenta en el marxismo y el psicoanálisis, los universitarios de París se tomaron las calles desde dos consignas… las deben haber escuchado: “La imaginación al poder” y “Prohibido prohibir”. Los estudiantes reclamaban por un cambio estructural de la sociedad, en demanda del postergado grupo juvenil, no sólo en las condiciones académicas, sino que también en las laborales, culturales e incluso el derecho a ejercer una sexualidad libre y sin prejuicios ni inhibiciones sociales… claro, claro que lograron que su voz se escuchara, en las avenidas los enfrentamientos entre estudiantes y la policía eran pan de cada día, se levantaban pancartas tan iconoclastas como, por ejemplo, “DE GAULLE ASESINO” y en las calles de París era imposible no resbalarse al caminar por todo el semen esparcido sobre los adoquines…”. El silencio repentido del profesor es compartido por sus alumnos, su mirada se interna en un reservado laberinto de ideas, empieza a hablar lento: “En los últimos días uno de los más grandes filósofos y escritores del siglo XX, el francés Jean Paul Sartre, se le veía a diario por los Campos Elíseos junto a otros vejetes repartiendo panfletos de ideas marxistas, sin permiso municipal. Luego de ser detenido por primera vez, el alcalde de París habló con el comisario de ese distrito y le pidió un buen trato para él, le dijo: entiéndalo, está en sus últimos años, medio senil, pero no es un revoltoso de izquierda cualquiera, es Jean Paul Sartre. Entonces el filósofo partía todas las mañanas a repartir papeles y antes del almuerzo lo soltaban sin aplicarle mano dura como a sus compañeros, sólo después de un ritual de preguntas de costumbre, todos los días las mismas…”.

“Ah, por supuesto que el movimiento llegó acá, a las universidades y los colegios… ¿en qué colegio estudiaste, Milena? - Andrés no alcanza a entender a respuesta de su compañera más que uno que le suena no muy grande, de tendencia liberal- ah, ya… Sí, en esa época circulaba una frase, “Intelectuales del mundo, uníos”, no olviden la “Marcha por la patria joven” y la “Revolución en libertad”, de Frei Montalva, así como los inicios de a Unidad Popular…”. Los ojos del profesor ahora recorren estáticos sensaciones del pasado… “claro, era común ver en la micro aquellos que por la ropa se reconocían universitarios con un libro de Cortázar en la mano, el ícono del intelectual de izquierda, mostrando la portada de “62, Modelo para armar” o “Rayuela” y nunca se sabía si los leían o al menos miraban la primera página… bueno, pero volviendo al autor del cuento “El sur”, Borges fue un pedazo de tierra en medio del océano de las ideas políticas de la época: conservador, de derecha y no sólo una isla por su postura ideológica, se decía que vivía dentro de un gran libro. Fue director de la Biblioteca Nacional Argentina y, de poca o nula vida social, se casó en segundas nupcias con María Kodama a los 80 años, una inteligente mujer a la que doblaba en edad y que le sirvió de secretaria en su trabajo de escritor. Borges en su juventud quedó completamente ciego y fue hasta el día de su muerte impotente. Entonces, en la soledad de su enrome biblioteca particular decía las palabras que su mujer escribía, para luego corregir, porque este escritor era de una erudición de dimensiones astronómicas… a ver, tú, ¿cuál fue tu impresión después de leer “El sur”?... ah, la lavadora de Borges, cierto que es de una complejidad intelectual que no es digerible de buenas a primeras… ¿Milena?... el cuento “El sur”, ah, no lo has leído, eso está muy malo, tienes que leerlo… ¿y tú, Dulante? No has comprado las fotocopias, ¡¿acaso ocupas las neuronas como hilo dental?! Borges es uno de los maestros de la literatura universal… bueno, continuando, su literatura se caracterizaba por nacer de las palabras, de los libros de los que se rodeó toda su vida… justamente se encerraba en los libros, pero él disfrutaba de las letras… bueno, es un caso distinto de un escritor solitario, su problema era el (hace un gesto repetitivo con el pulgar hacia arriba acercando y luego moviendo lejos la mano ágilmente a su boca), a ver, dile tu nombre a tus compañeros, no todos los días un alumnos me comenta a Teófilo Cid… a eso voy, se disfrutan las letras, la literatura. Borges se levantaba todas las mañanas y, después de ducharse, se encerraba en su escritorio con su secretaria y le dictaba palabra por palabra, con muchas interrupciones, tomándose su tiempo en escoger la más adecuada, con frecuentes consultas al diccionario”. Segundo a segundo, mientras la luz cálida entra por la ventana, la cara del profesor se vuelve más desvaída, las palabras le pesan al pronunciarlas… “Entonces uno se pregunta ¿qué pasa afuera?, hay que salir todos los días a enfrentar esto, la vida… y Borges se encerraba a pensar en la primera palabra del cuento, se demoraba en decidir la segunda, tal como uno se enfrasca e un libro, y pensar la palabra que viene, corregir, otra palabrita más, dedicar la vida a eso… ¿y habrá servido de algo la tonterita?”. La cara del profesor se pierde en el aire de calor asfixiante, sus ojos enmudecen y la mirada avanza sin rumbo mientras su figura parece apenas sostenerse, como si le arrancaran todos los órganos y en el vacío la debilidad lo aplastara, cual fardo sobre un estibador desprevenido.

Los segundos dejan de ser unidad de tiempo, la temperatura lanza un brochazo sobre la pared que sirve de telón a la figura del profesor, ahora un fantasma en su liviana ropa de tela en medio del espacio de concreto, con el suelo siguiendo la ley física de los cambios bruscos de presión atmosférica, la marea ondulante que enfrenta difusa, con movimientos sin lógica alguna, un ir y venir de sonidos familiares e irreconocibles, y él equidistante con sus manos sudorosas que contienen con esfuerzo el vapor humano en ascenso.

Palabras de golpe irrumpen el clima académico. “Bueno, en la prueba de la próxima semana entra “El sur” y la novela de Vargas Llosa… “Pantaleón y las visitadoras”. No, la van a disfrutar, yo me reí a gritos cuando la leí… se trata de un militar peruano que durante una campaña le ordenan satisfacer las necesidades sexuales de los soldados en la tupida selva de ese país. Entonces este tipo parte con un montón de prostitutas de pueblo en pueblo, en cada campamento militar, hasta que conoce a la colombiana, una mujer tan experimentada como irresistible, la favorita y codiciada, que incluso los soldados pelean por ella, y Pantaleón es el gil de los giles. La colombiana lo utiliza, juega con él, hace lo que quiere con Pantaleón. Hace algunos años presentaron la obra teatral de la novela en Santiago y el papel de la colombiano lo hizo- se reserva un momento de suspenso con una sonrisa al adivinar la reacción de los alumnos- …lo hizo la Esperanza Silva”, “ah, bien escogida la actriz, profe”, responde uno del grupo entre los que está Andrés. “Bueno, muchachos, estudien, nos vemos el otro lunes”. “Chao, profe”, “chao, Milena, que estés bien”, y termina la clase con una sonrisa de esperanza.


jueves, 28 de octubre de 2021

Cartelera



Penélope veía todos los días la misma película en el mismo cine. Afición que nació con el flechazo del misterioso joven que conoció en una librería. La invitó a disfrutar de la ciencia ficción neo- noir de ciborgs replicantes, hologramas femeninos y milagros que superaban la lógica natural. Aceptó ir por él, no le gustaba para nada ese tipo de cine. Fue tal el romance que hubo después de la función, en un motel próximo al Paseo Bulnes, que se enamoró del recuerdo del muchacho proyectando su imagen en el celuloide.

Desapareció su amor y todos los días revisaba el mismo filme, con la esperanza de encontrarlo entre los asistentes a la sala. Incluso hallaba parecido al amante fugaz con el actor Ryan Goslin. Lágrimas en la butaca y su imaginación volaba con la proyección de la película, sueños empañados de que K traspasara el telón y, reencarnado en humano, se acercase a besarla.

Hasta que un día preguntó por el filme en la ventanilla y le informaron que ahora exhibían una película de Woody Allen. No, no me interesa ver a ese judío histérico, pensó. La cinta en cartelera era “La rosa púrpura de El Cairo”.

viernes, 8 de octubre de 2021

Litorales arcanos



Pasos cansinos sobre la arena
a tientas, extravío el rumbo
los pies desnudos reconocen la superficie
granos pequeños de una playa suave
planicie ondulada y serena
viento espeso, cabeza ardiente
no siento el clamor de las olas
sólo me acompaña una melodía infantil.

Tal vez camine sobre las dunas de Ritoque
escenario de juegos de ni niñez
o quizás estoy en el Desierto de Atacama
busco osamentas de familiares desaparecidos
pero mi genealogía carece de víctimas
a lo mejor sí es una playa
tumbos en Reñaca, en el cementerio
no ríen jovencitas de buena familia
ni estridente música en inglés.

El reflejo del sol en la arena
ciega la vista de golpe
lentes oscuros, bastón, lazarillo
en un laberinto sordo sin paternidad
mis pies se hunden inevitables
¿arena movediza?, ¿Mar Muerto?

¿Cuál es el sustento a este cúmulo?

A medida que las plantas de mis pies 
degustan la sustancia viscosa
ardiente que derrite mi piel
especulo que las playas descansan
sobre una masa ígnea, volcánica.

Una mujer vestida de oscuridad
me susurra en esperanto:
“Las profundidades arenosas
que envuelven tus raíces
no son más que tu propia epidermis
nido de las verdades de fuego
sensibles para nadie más, Gonzalo”.

domingo, 3 de octubre de 2021

Cultura televisiva


La televisión es el espejo donde se refleja la derrota de todo nuestro sistema cultural”.
Federico Fellini


Hasta avanzadas horas de la madrugada, Benjamín sintonizaba canales de la televisión abierta. Lo hacía por tedio, jamás por interés. Su opinión sobre la industria del espectáculo no era en ningún caso favorable, pero luego de revisar una y otra vez las redes sociales, de recorrer las películas de la televisión por cable, incluso de mirar alguna serie en Netflix (pagaba con esfuerzo una cuenta básica), terminaba por envolverlo el fastidio y prefería ver contenido basura en vez de buscar productos culturales interesantes donde sabía, de antemano, no los iba a encontrar.

Se consideraba a sí mismo un literato decepcionado. Su pasión por la literatura no había sido sepultada del todo, pero veía con frustración su Licenciatura convertida en un título de cesantía ilustrada. Por cierto, continuaba leyendo autores interesantes, pero cada vez constataba que las letras, el lenguaje y la ficción perdían más terreno en esta sociedad de consumo y manipulación mediática. Además, ni los libros ni la cultura le daban de comer. Cercano a sus treinta años, vivía con su madre en un departamento de Ñuñoa y le desesperaba la idea de no poder desplegar sus alas.

Sin embargo, una tarde en que visitaba una librería en el centro de Santiago, un casual encuentro daría un giro a su vida. Su sorpresa fue mayúscula cuando vio entre las estanterías a Esteban, un primo unos años mayor que él que sabía era comunicador audiovisual y bastante exitoso, al menos en el aspecto económico. Hace un par de años se desempeñaba como productor ejecutivo en Chilevisión. Al reconocer a Benjamín lo saludó efusivo, abrazo afectuoso de por medio, y al preguntarle por su situación laboral de inmediato esbozó una idea que pensó muy conveniente, tanto para él como para su primo. Esteban citó para el día siguiente a su primo a su oficina en el canal, con prometedores planes.

La impresión de Benjamín al llegar al edificio de Chilevisión fue mayor. Verse entre tanta seguridad, solicitar el pase de visita para entrar a las dependencias en la recepción y caminar entremedio de estrellas de TV fue una experiencia, por decir lo menos, curiosa. Al llegar a la oficina de Esteban, él le ofreció un café y luego atacó directo al asunto.

Mira, primo, a Chilevisión le ha ido muy bien desde que la adquirió Turner Broadcasting. El área de entretención ha aumentado suculentamente los ingresos, con beneficios para todos. Sin embrago, hay un problema de credibilidad de por medio, que afecta al Departamento de Prensa. La idea es combatir un poco el desprestigio que acarrea la faradulización de la industria televisiva mediante la generación de contenidos culturales. 

Bueno, Esteban, me parece muy bien. Pero ¿qué monos pinto yo ahí?

Es muy simple. El periodista Daniel Celis prepara un segmento en Chilevisión Noticias, en el central, en el cual comentará diversos temas culturales, desde comentarios de libros hasta de corrientes filosóficas o sociológicas. Se pretende dar un barniz docto a los contenidos periodísticos.

Ubico a Celis, ¿era el mismo que antes estaba en el matinal?

Sí, el mismo. Tu labor sería generar esos contenidos, escribir una vez a la semana un texto que le haríamos llegar a Daniel, con temas que podemos pautear entre nosotros, para que él elabore el comentario televisivo. Habría hartos billetes para ti.

Ya, me suena interesante. Ahora, ¿Celis citaría las fuentes?, ¿saldría mencionado en los créditos de ese comentario?

Benja, no aspires a tanto. Un periodista como él no tiene tiempo de investigar temas de cultura. Tú tienes una licenciatura y lees constantemente. Además, sé que necesitas el dinero. Podríamos pedirle a otro licenciado en literatura o en filosofía cesante que hiciera este trabajo. He pensado en ti por el cariño que te tengo. Ya habrá tiempo para que publiques tus libros.

Benjamín caminó dubitativo al paradero para regresar a su hogar. No era una mala alternativa, lo que le pagaría el canal le significaría contar con ciertos ingresos que mejorarían bastante su situación. El punto era entregar sus conocimientos para que este periodista se arrogara la autoría y Esteban fue taxativo en señalarle que no podría revelar que él escribía los comentarios. Debía responderle en, a lo sumo, un par de días.

Al día siguiente, sentado al computador de su pieza, Benjamín no sólo había decidido aceptar la oferta, sino que ya esbozaba un borrador del primer comentario. La necesidad tiene cara de hereje, se repetía mentalmente. Tal vez su nombre y pluma, como le había insinuado su primo, tendrían futuras oportunidades de figurar. Redactaba un par de carillas acerca de la noción de campo cultural en Pierre Bourdieu. 

Espero con ansias hasta el jueves de la siguiente semana. Sentado en el living del departamento, junto a su madre, que ignoraba los pasos de su hijo, miraban el noticiero central de Chilevisión. En los minutos finales del programa, el conductor Ignacio Muñoz, con actitud ceremoniosa, anunciaba el estreno del segmento Cultura para todos, a cargo del periodista Daniel Celis. Éste se mostraba muy compuesto y bien arreglado, luego de una cortina televisiva con gráfica que incluía retratos de Shakespeare y Cervantes, y leía parsimoniosamente en el teleprompter una adaptación del texto original de Benjamín. 

El fantasmal autor del comentario se enteraría de los detalles después. Su primo Esteban le indicó que su texto era sumamente valioso, pero debió ser suavizado en el lenguaje, pues la audiencia televisiva mantenía un nivel intelectual inferior al requerido para un ensayo académico. También le aclaró que Daniel Celis confió en Esteban, así como los otros productores, pues ni el periodista ni los jefes podrían ser capaces de retener, menos memorizar, un escrito de esas características. Era una materia que, evidentemente, no dominaban.

Luego de la primera emisión del segmento, la madre de Benjamín reaccionó efusiva, resaltando la calidad cultural del periodista Daniel Celis y le comentó a su hijo que era genial que se incluyeran esos contenidos en la televisión. Sin duda, Celis era un intelectual de estatura. Benjamín asentía con amargura y, para disipar cualquier sospecha, le respondió a su madre que tenía toda la razón. 

También fueron elogiosas las reacciones de la opinión pública ante este nuevo segmento en las noticias. A las pocas semanas estaba instalado el tema de la agudeza intelectual de Celis y de la apuesta comprometida de Chilevisión. Esteban alentaba a su primo, le confidenciaba que Cultura para todos no sólo había aumentado el rating en ese horario, sino que había elevado la audiencia de los sectores ABC1, lo cual tenía a los productores de la estación eufóricos. 

Benjamín se sentía ambivalente respecto de este fenómeno televisivo. Si bien había aumentado ostensiblemente sus ingresos, lo cual invertía en interesantes libros, funciones de cine arte y cafés bohemios con amigos, le horadaba el ánimo que todo ese éxito fuera atribuido a la capacidad profesional de un periodista que con suerte entendía lo que él le redactaba semana a semana. 

Y el creciente interés de los televidentes redundó en que Benjamín debió esforzarse cada vez más. En principio abordó temas de filosofía, como ensayos de Byung Chul Han y La dialéctica de la ilustración, de Adorno y Horkheimer, que dominaba en general, pero luego debió concentrarse en la lectura acerca de la semiología de la imagen con autores como Ronald Barthes y otros que le significaron un trabajo adicional. Y no hubo mayores honorarios por su dedicación extra. 

En un momento, luego de varios meses de asonadas presentaciones de Daniel Celis los jueves culturales, Esteban le pidió a Benjamín que escribiera una crítica elogiosa de la más reciente novela de Roberto Ampuero. Él se resistió, argumentando que no era un escritor de su gusto personal y que, si bien podía ser un libretista fantasma para la TV, otra cosa es que alabara las virtudes literarias de un autor que consideraba no poseerlas. Pero la réplica de Esteban fue enfática: debía obedecer esta tarea encomendada. Ampuero había sido ministro de Piñera, antiguo dueño del canal, y había ciertos lineamientos político- editoriales que Benjamín debía respetar.

A regañadientes escribió el comentario, con elogios a la fluidez narrativa en el género policial de Ampuero y su humildad política al reconocer los errores de juventud en la militancia de una ideología vetusta y anacrónica. El resultado fue tan explosivo que hasta el mismo escritor le agradeció en un enlace en vivo, durante una emisión de Chilevisión Noticias Tarde, al prestigioso y culto periodista Daniel Celis.

Se acercaba el fin de año y Benjamín decidió asistir a unos cursos de estética en un centro cultural de Ñuñoa. Era para distraerse de tanto ajetreo producto de su empleo en la Industria televisiva. En casa, a su madre le había dicho que sus nuevos ingresos, que no podía ocultar, era por un trabajo de corrección de estilo de un afamado escritor, que había pedido estricta confidencialidad de su nombre. 

El curso era impartido en la Casa de la Cultura de la comuna y tenía la gracia de funcionar a modo de taller, con momentos para compartir con sus compañeros. Una bonita niña de lentes se explayó acerca de la calidad de la narrativa de Andrés Vicuña, así como de sus películas. Afirmaba que, incluso, el destino era paradójico, pues José Donoso lo había expulsado en un principio de su taller y ahora el escritor había superado con creces a la figura literaria que fue su maestro. Daba tantos argumentos convencida, con un dejo de arrogancia, que Benjamín no lo soportó más y exclamó:

No tienes idea de los que estás hablando. Confundes a un escritor de moda de los 90, de narrativa fácil y liviana, con la alta cultura.

¿Y tú qué tanto sabes?, ¿a quién le has ganado? Para tu mayor información, intelectuales de tanto peso como Daniel Celis han alabado la literatura de Vicuña.

¡¿Cuándo ha dicho Celis eso?!

El otro día, en una entrevista en El Mercurio. No tienes cara para andar rebatiendo con tanta insolencia, ¡pedante!

Para Benjamín fue indignante. El problema no era, claro está, ni Vicuña, ni José Donoso ni Perico los Palotes. El asunto era que ese ignorante de Daniel Celis se había convertido en un referente cultural, una suerte de líder de opinión en temas literarios y filosóficos y todo a costa de su esforzado y ninguneado trabajo. Decidió que debía conversar seriamente con su primo Esteban.

Lo visitó al día siguiente a su oficina en Chilevisión. Los guardias de recepción no querían dejarlo pasar. Luego de insistir, finalmente llamaron por teléfono interno a Esteban y él permitió que ingresara. Benjamín llegó enfurecido. Estaba dispuesto a seguir escribiendo los comentarios, pero quería un aumento en sus honorarios, pues le demandaban mucho más esfuerzo que al principio y con el compromiso de su primo de que el periodista Daniel Celis cuidara más su imagen pública, fuera más prudente en sus declaraciones y no anduviera hiperventilado refiriéndose acerca de temas y personas que, por cierto, abordaba con chapucería intelectual.

Benja, tú firmaste con contrato que te eximía de tus derechos de autor y te deja completamente ajeno a los derechos de imagen de Daniel Celis, pese a que te pagamos las remuneraciones a honorarios. Ganas mucha plata, hombre, no deberías alterarte tanto por unas inocentes declaraciones. 

Es que siento que este juego ha llegado demasiado lejos.

Bueno, si así crees, te informo que la puerta es bien ancha. No eres indispensable, Benjamín, habrá otra persona que pueda seguir haciendo tu trabajo.

A los pocos meses Cultura para todos dejó de ser un segmento en Chilevisión Noticias. Los ejecutivos del canal explicaron a la prensa que el espacio había cumplido un ciclo y veían nuevos horizontes profesionales para el periodista de bagaje intelectual.

Fue una Navidad muy triste para Benjamín. Todo el esmero al tacho de la basura y sentirse tan decepcionado. A principios del año siguiente hubo una noticia que lo estimuló. Los antiguos organizadores restablecieron los Premios Altazor. Curiosamente, y hablaba del regreso triunfal de estas preseas culturales, la ceremonia sería transmitida en directo por Chilevisión, en horario estelar. Evidentemente, el premio Aporte televisivo a la cultura fue para Daniel Celis.


miércoles, 1 de septiembre de 2021

Fractal

 


Mis días transcurren azarosos
en un aparente libre albedrío:
el engaño se descubre con facilidad
tropiezo con una piedra
y el sendero se reproduce a modo fractal
en mi imaginación o en el baile
con disfraces y máscaras, la realidad
camuflada por oscuras intenciones.
 
Velo sutil de la Naturaleza
el fractal imita un copo de nieve
pero responde a la geometría de Koch
o la alfombra de Sierpinski
despliegue de la galería de monstruos.
 
Aparente condición fragmentaria
en la superchería, irregular
las formas similares se repiten
a diferentes escalas
un cerebro ominoso las produce
tela de araña captura con su veneno.
 
Vuelvo a mi hogar, me aguarda
una taza de té caliente y silencio
tropiezo esta vez con la alfombra
emana monstruos y formas malditas
consume el oxígeno del living
yazgo inánime sobre mi historia
azar subterráneo con designios
deliberados en el paisaje secreto.

jueves, 19 de agosto de 2021

Atentado a la Madre Tierra




 “Cuando los hombres escupen sobre el suelo, escupen sobre sí mismos”.
Carta del jefe indio Seattle a Franklin Pierce, presidente de Estados Unidos (1854)
 
 
El instinto extractivista del ser humano
parece no tener límites ni mesura
¿Somos hijos del sol o de la tierra?
El antipoeta se revuelca en su tumba.
 
Codicia y ambición
el empresariado chileno cree ser hijo
del progreso iluminista racional
dueño de la tierra para su usufructo
aunque al pensar mejor
es sólo una bandera de humo
para ocultar su apetito de poder
enriquecerse de forma obscena
producir zonas de sacrificio.
 
Andes Iron, olvidas tus orígenes
juegas a ser Dios y pretendes dominar
el hierro y el cobre de la geología.
No se te arruga la nariz
ante la masacre de la biodiversidad
la extinción del pingüino de Humboldt
carnicería de ballenas azules y jorobadas
homicidio de orcas, delfines y lobos marinos.
 
Carlos Alberto “Choclo” Délano
el instinto depredador
prepotencia de poder heredada
de tu alcurnia que carece de mérito
burla leyes y sentido común de pobladores
embaucados con cantos de sirena
en La Higuera y ante la Opinión Pública
atenta contra la sabiduría
de la Madre Tierra y el ecosistema
crimen profundo que no se borra
con pueriles comunicados de prensa
ni ladinos community managers.

sábado, 31 de julio de 2021

Celeste

 


Dicen que un romance no se puede concebir sin una cuota de misterio. Así fue desde el principio contigo, Celeste, al menos de mi parte. Recuerdo ese día en que me visitaste al trabajo, que también era nuestra alma mater.

Cierto, fuimos compañeros de Periodismo en la universidad, pero si bien me había fijado en ti, nunca conversamos hasta aquel día durante mi práctica en el Canal, durante la espera de la noticia a las puertas del Servicio Médico Legal. Menudo lugar para presentarse y la forma en que sucedió. Estaba con frío, aburrido fumando, hasta que llegaste y me dijiste Hola. Lo sabes, soy pésimo fisonomista y durante esa práctica me aparecieron muchas caras del pasado y me era difícil recordarlas todas.

Soy Celeste, fuimos compañeros en la U”, me aclaraste y, de pronto, como un estúpido, recordé nítidamente la niña que opinó sobre mi proyecto de tesis en clases, que aportaba acerca de mis teorías literarias a desarrollar. Trabajabas en la sección nocturna de La Tercera y mucho después supe que en esos reporteos bohemios conocerías a Javier.

Pero no fuimos estrictamente amigos hasta que, luego de coordinar por las redes sociales, me visitaste en la sala de computación de la universidad que administraba en esa época. Cómo olvidarlo, si te veías tan atractiva con tus jeans ajustados, tus botines y chaqueta de cuero negros. Tus cabellos rojizos siempre me resultaron parte de tu enigma, así como tu sonrisa espontánea, que alegra el día con toda la frescura que irradias al caminar.

¿Sabes?, no pensé que llegarías esa tarde, imaginaba que tus palabras por el computador eran sólo de buena crianza. Pero apareciste, Celeste, y no dudé un minuto en cerrar la sala con llave y ausentarme de la jornada para que fuéramos a compartir un café al patio con el resto de los estudiantes.

Me sorprendía tu agudeza intelectual, tu chispa para rápidamente hacer comentarios ingeniosos e hilarantes, tu vasto conocimiento en literatura y los detalles que prodigabas en cada descripción, siempre condimentados con tu risa transparente y tu pestañear ágil, como aleteo de colibrí. Fue el estilo Celeste el que me cautivó desde la primera conversación y quedé enganchado a ti como perrito faldero.

Nunca logré descifrar cuál era tu sentimiento hacia mí. A veces pensaba que te gustaba y que era mi insufrible timidez la que frenaba la relación entre nosotros. Pero te desaparecías, Celeste, a veces había períodos en que me buscabas, me enviabas libros en formato digital a mi correo, aderezados de anécdotas significativas de tu vida, que leía con esmero, pero en otros pasajes hubo llamadas que no contestaste, mensajes que se perdieron sin respuesta y mi ansiedad crecía al ritmo del deseo de volver a sentir esa risa, aquella cascada de agua, junto a tu voz acompasada.

Me contaste de aquel amor tórrido, ése del profesor de preuniversitario que, siendo docente y tú estudiante, se te insinuaba y le correspondías con cuentos románticos. El amor nunca muere, fue uno de ellos, haciendo referencia al sentimiento y al mítico café ñuñoíno. Me confesaste que él se enteró de la inspiración de ese relato y que, durante mucho tiempo, fue tu amante, a escondidas de un pololo más joven e ingenuo.

Nunca te confesé que eras la inspiración de muchos de mis poemas, pero tengo la certeza de que te enteraste. Era bien evidente en mis versos. “Camino detrás de ti y no te alcanzo”, “tres pasos delante de mí, siempre”, palabras que incluso una vez quisiste desmitificar, recordándome lo tonta que eras de adolescente, cuando compartimos un café después del trabajo.

Pero también me confidenciaste tus problemas de pareja con Javier y de cómo repercutían en Amaya, la pequeña hija de ambos. Él, ilustre licenciado en Filosofía, que tiempo después ganó una beca para cursar un doctorado, alcanzó el empleo de profesor auxiliar en la facultad y no escatimaba soberbia en alardear sobre su eximio nivel cultural y su intelecto conspicuo. Creo que fue el poema La universidad, que me enseñaste al poco tiempo de conocerte mejor, donde revelabas esa irritación por la pedantería que, si bien exhibían más los amigos de Javier, no estaba erradicada del todo en tu pareja.

En algún momento pensé que ya no te vería más. Durante mis extenuantes jornadas en la agencia de comunicaciones en la que me desempeñaba, pensaba en ti y trataba de ubicarte. Parecía que te hubiera tragado la tierra. Mas siempre volvías a dar señales de vida, y no pude establecer una suerte de patrón de tu conducta entre las fugas y presencias repentinas. ¿Por qué esa inconstancia, Celeste? ¿Era que, tal como creí en una de tus indirectas, te resultaba aburrido luego de verme muy seguido? ¿Era tu gusto por la novedad, que me confidenciaste, el móvil de tu carácter veleidoso?

Espero no me encuentres machista al hacer estas reflexiones, pese a que tal vez jamás leas estas palabras. Una vez me invitaste a un homenaje a la poeta Wislawa Szymborska a una interesante librería, propiedad de un periodista y escritor. Te recuerdo, maravillada por la poesía de la polaca, por su vida austera y sabia, pero a la vez, tenías una mirada un tanto perdida, ausente. No me atreví a indagar más acerca de tus preocupaciones. A veces es mejor callar.

Y al poco tiempo, la publicación del poema Un gato en un piso vacío en tu perfil de Facebook, además de otros comentarios crípticos que me despertaron sospechas. Y te demorabas tanto en responder, otra vez no contestabas el teléfono. Finalmente, nunca supe por qué, atendiste a mi llamado. No encontraba las palabras para consolarte. Se me partía el corazón escuchar tu relato entre sollozos, que Javier tenía una amante, que encontraste una carta de amor dirigida a él entre sus pertenencias, que se trataba de una colega, era una profesora de Filosofía de la facultad, que la vida era injusta y todo lo veías negro y triste. ¿Por qué cortaste de improviso, Celeste? ¿Por qué no permitiste que te calmara, que te consolara? ¿Por qué no aceptaste mi ayuda?

No recuerdo cuántas veces intenté comunicarme contigo nuevamente. Toqué tantas veces la puerta de tu departamento, hasta que uno de tus antiguos vecinos se apiadó de mí y me explicó que habías partido junto a Amaya, hecha un diluvio de lágrimas. Y ahora nadie sabe de ti: ni tus padres, ni los antiguos amigos de la universidad, ni siquiera Javier, que poco faltó para que me agrediera cuando me acerqué a preguntarle por tu paradero.

Aunque sé que ya no aparecerás, pese a que desistí de buscarte, sigo confesándote estas verdades, palabras que quizás nunca leas. Y me pregunto por qué las escribo. Tal vez para completar una historia trunca, para evitar que los hechos se disuelvan con el tiempo, porque te extraño tanto, porque quiero reconstruirte con estas palabras y volver a escuchar tu risa, sentir tu voz.