lunes, 24 de marzo de 2025

Déjà vu cinematográfico

 


Pavel no podía creer las imágenes que desfilaban ante sus ojos. No sólo la historia le era muy familiar, sino también la estética, los ángulos y movimientos de cámara, las referencias cinematográficas y aquellos guiños a la cultura chilena. El contexto audiovisual, en definitiva. Intentaba armar las piezas del puzle en su mente, su memoria y hechos relacionados, sin descuidar el análisis de la anunciada película que veía por primera vez. ¿Qué sucedió aquí?, ¿cómo fue esto posible?, se preguntaba aún con la sensación incierta de no saber si el eventual plagio era una realidad o sólo una fantasía proyectiva. Muy engreída, por cierto.

Se encontraba en la función Avant Premier de la más reciente cinta de Reinaldo Marchant, aquel mítico cineasta chileno, radicado desde el Golpe de Estado en París, en la cual incursionaba por primera vez en el género de ficción, con evidente herencia del cine documental que lo hizo conocido internacionalmente. La historia de “Rebelión en París” transitaba entre el presente en la capital francesa y los pormenores de la Revolución de Mayo del 68, con muy bien empleados raccontos y flashbacks. Pero la película era clara en hacer alusión, tanto implícita como expresamente, al estallido social de octubre de 2019 en Chile.

El estupor que despertó en Pavel, cineasta cuarentón que sobrevivía dando clases en institutos particulares, durante la primera exhibición en Chile del largometraje de Marchant fue a partir del subtexto cinematográfico del filme: una revisión y homenaje contemporáneo a la película “Tres Tristes Tigres”, del ya fallecido Raúl Ruiz. La cinta otorgaba nuevos significados a una historia parecida— mantenía el triángulo protagónico de dos hombres y una mujer—, sobre la base de aquella obra del director de culto realizada en Chile a fines de la década del 60, con bastante carga política militante e innovaciones cinematográficas inéditas para el cine nacional de entonces.

Justamente esta Avant Premier— a la cual pudo asistir consiguiendo una codiciada invitación por medio de viejos compañeros de carrera—, se realizaba el sábado siguiente al 18 de octubre de 2022, pues se evitó la fecha de conmemoración exacta por los incidentes que se esperaban para la jornada y que, de hecho, ocurrieron. Pero el simbolismo estaba cifrado en reflexionar acerca del período transcurrido desde el inicio del movimiento ciudadano de protesta e indignación social. La función contaba con la presencia del mismísimo Marchant, autoridades del Ministerio de Cultura, reconocidos cineastas nacionales, actores progresistas e incluso rostros de la prensa que mostraron inclinación por el estallido social.

Marchant, tal como Pavel había leído en la prensa, había sido explícito en prohibir cualquier estreno previo de su película en salas de cualquier ciudad del mundo o en plataformas de streaming. Evidentemente, se trataba de un filme político y social que emparentaba mucho su ideología con la actitud adoptada por el gobierno del presidente Boric, luego del bochornoso fracaso del Apruebo en el plebiscito de salida de la propuesta constitucional.

Una vez concluida la función, Pavel estaba confundido. El selecto público de la sala de cine en el subterráneo de La Moneda aplaudió a rabiar el estreno, redoblando su clamor cuando Marchant subió al escenario para recibir el abrazo efusivo de la ministra de Cultura.

La chaqueta de tweed de la leyenda cinematográfica no quedó impoluta ante tanto palmotazo en su espalda mientras sostenía su copa de vino espumante, obviamente de origen galo, durante el cóctel. Pavel no había comido mucho en esos días y, pese a que las brochetas de marisco— infaltables en una gala chilena de prestigio— se le hacían agua en la boca, mayor era la amargura en su paladar ante la sospecha creciente de que había sido plagiado de forma descarada. Y que este robo intelectual viniera de parte de un insigne representante cultural, no podría ser peor.

Lo observó sombrío desde lejos, entre tanta palabrería zalamera, e hizo un gesto de rechazo a la bella pelirroja que le ofrecía canapés. Buscó la salida menos concurrida con intención de retirarse indignado, consciente del suculento lobby que desperdiciaba, todo por lo que, tal vez, era otra de sus paranoias.

La noche de Santiago estaba fresca y a la vez contaminada, no lo suficiente como para que Pavel decidiera encender un Marlboro. Lo ayudaba a pensar más nítidamente. Necesitaba reflexionar con claridad.

No quiso tomar el Metro, prefirió hacer memoria mientras caminaba de regreso a su hogar en el barrio Yungay.

“Las causas de la revuelta de mayo del 68 en París no fueron sólo filosóficas, intelectuales, Pavel. También hubo factores sociales y políticos de ese momento que hicieron estallar a la juventud y, luego, a los sindicatos obreros”, le había revelado Étienne durante los días en que protestaron en la, por ese entonces, Plaza Dignidad. El recuerdo de ese colega invadía sus pensamientos durante la caminata.

Había conocido a Étienne durante la filmación de un documental en años previos al estallido social. Fue una producción franco-chilena que buscaba rescatar la herencia de la cultura gala en Chile. Pavel logró conseguir empleo en el equipo de guionistas y durante el rodaje conoció a este cineasta francés, hijo de exiliados chilenos en Francia, que vivió unos años en el país de sus padres, motivado por conocer sus raíces.

Una vez concluida la producción cinematográfica, Pavel y Étienne continuaron viéndose. Habían hecho buenas migas en ese trabajo y el chileno quiso introducir a su nuevo amigo en la vida bohemia santiaguina. A los pocos meses de que se hiciera costumbre juntarse los fines de semana, se unió al grupo Karla, una amiga de muchos años de Pavel.

Ella también era cineasta, había sido compañera de Pavel durante el pregrado de la carrera. Es más, por esos años pololearon y, si bien una vez egresados prefirieron no continuar con la relación, mantenían una bonita amistad hasta el día de hoy.

Los tres ya mayores y solteros, más allá de relaciones esporádicas de alguno, formaron un trío muy singular en las noches santiaguinas. Bromeaban aludiendo a filmes franceses como “Jules et Jim” o “The dreamers”. Cafés y bares del barrio Lastarria, Plaza Ñuñoa o el barrio Yungay eran los escenarios de amenas e interesantes conversaciones sobre cine, política y también sus sueños, amores, nostalgias y tristezas.

Desde que conoció a Étienne, Pavel de inmediato le comentó acerca de Raúl Ruiz. Era un referente, un ídolo y la nacionalidad francesa de su nuevo amigo incentivó las palabras sobre este cineasta que hizo gran parte de su obra en París, pero nunca dejó de ser chileno. “Guardando las proporciones, siento que Ruiz es como el artista anfibio del que hablaba Cortázar, que no sabía si era un argentino afrancesado o un galo con sus orígenes en Buenos Aires”, le planteaba.

Si bien el francés conocía muy bien la cultura latinoamericana, gracias a sus padres, no mostraba mayor interés por la chilenidad de Ruiz. Lo consideraba un compatriota más, un director de talento que no habría logrado la calidad en sus películas de no haberse radicado en Francia. A Étienne le gustaba Chile, pero sólo como un destino de paso, un país interesante y pintoresco, pero jamás habría deseado radicarse en él. Ese pensamiento gris y mediocre, subdesarrollado, en algunos aspectos ignorante, que atribuía a los chilenos, le provocaba una mezcla de rechazo y cariño. El afecto era más bien como la ternura que le podía inspirar un niño marginal inocente.

Karla nunca vio con buenos ojos esos aires de superioridad europea de Étienne. Aunque era hábil en disimularlos, esta chica notaba en detalles su carácter colonialista. Encontraba al francés un hombre amable y de conversación interesante, muy inteligente, pero había momentos en que se percataba de esa frialdad arrogante y prefería hacerse la tonta frente a estas actitudes.

Fue en esas noches bohemias que Pavel llegó incluso a ser obsesivo al destacar el primer largometraje de Ruiz. “Me encanta la semántica ideológica que agrega a la obra de Sieveking. De una dramaturgia convencional, costumbrista, Ruiz suma a un personaje, Lucho Alarcón, quien convierte al personaje de Rudi en el antagonista de Tito, creando el escenario de la lucha de clases con el alzamiento del rol de Nelson Villagra, en el desenlace, en contra del opresor”, sostuvo el chileno.

Étienne había visto “Tres tristes tigres”, incluso había leído la obra de teatro. Entendía que se trataba de una historia en que dos hermanos, Tito y Amanda, pobres y grises santiaguinos de los 60, se involucran con Rudi, el pudiente jefe, quien termina tratando con mucha prepotencia a Tito, lo cual motiva que este se rebele y le propine una paliza— de carácter contenida, razonada, intelectual—, la cual simboliza la insurrección proletaria, bandera de lucha de la izquierda, que por esos años iba al alza no sólo en Chile, sino en el mundo.

No obstante, le manifestaba a Pavel que no era el cine de Ruiz que más le gustaba. Creía que este cineasta había logrado ápices mucho mayores con el desarrollo de su simbolismo en los filmes creados en Francia, que esa película de sus inicios mostraba unos tímidos y torpes talentos expresivos, en comparación con la obra posterior en el exilio, reconocida incluso por la prestigiosa revista Cahiers du Cinéma.

Pavel valoraba la erudición de su amigo, pero no siempre la compartía. Encontraba un aire fresco en sus opiniones, con una mirada que ampliaba los horizontes mentales respecto de algunos temas, lejos del pensamiento insular que veía en ciertos chilenos mayores que él, pero era a su vez consciente de que su origen europeo no siempre le permitía conectarse con la realidad chilena a un nivel cotidiano. Coincidía en esto con Karla y, de hecho, a espaldas de Étienne lo conversaban algunas veces, sin que por ello les cayera derechamente mal.

El chileno impartía clases de guion en institutos profesionales y, cuando tenía suerte, en universidades, sin haber logrado alcanzar el estatus de docente de planta. Su casa en el barrio Yungay estaba sobriamente decorada: afiches de filmes clásicos, un cuadro al óleo de un amigo, artesanías en greda de Quinchamalí y un telar de La Araucanía eran lo que más recordaban las visitas cuando conocían su hogar.

No vivía con grandes lujos. Si bien le alcanzaba para arrendar la vivienda y disfrutar los fines de semana, su dieta consistía principalmente en arroz, tallarines, embutidos y hamburguesas; hace años que no salía del país de vacaciones y tampoco se había podido embarcar en la compra de una propiedad.

En materia sentimental, se había convertido con los años en un solitario. Había mantenido algunas relaciones de pareja estables luego del pololeo con Karla, pero no perduraban mucho. Siempre sentía que no conectaba del todo con las chicas, no se sentía plenamente a gusto y, dado que muchos le señalaban, admitía ser mañoso en el amor. Justamente Karla terminaba siendo su confidente sentimental. Lo apoyaba y le daba consejos, pero entendía que su amigo tenía asuntos emotivos no resueltos, los cuales prefería no manifestarle con todas sus letras, pues era consciente de que se ofendería.

Ella, por su parte, años después del pololeo de estudiantes con Pavel, se había embarcado en una relación muy profunda y duradera. Hizo planes de casarse y proyectos a futuro. Sin embargo, este hombre resultó no ser quien aparentaba. Tras años de relación Karla fue descubriendo con espanto que su novio ocultaba muchos secretos, que le había sido infiel en varias ocasiones, a un nivel de falsedad rayano en lo patológico. Evidentemente, fue un duro golpe para esta chica, quien buscó consuelo a su decepción en Pavel. Desde entonces volvieron a verse más seguido y compartir como buenos amigos.

Algunas de estas historias románticas fueron esbozadas por estos amigos a Étienne, durante las noches bohemias santiaguinas, pero sin llegar a describir detalles ni profundizar en el tema. El francés era receptivo a escuchar esta intimidad insinuada de los chilenos, a comentar con reflexiones empáticas, pero no revelaba su propia vida interior a sus amigos. Sus conversaciones versaban acerca del estilo de vida en París, de los lugares y personas que frecuentaba, pero siempre en un tono más cercano al relato sociológico que íntimo. Para Pavel y Karla la vida privada de este europeo seguía siendo un misterio.

El 2019 los amigos continuaban juntándose los fines de semana, cada cual durante la semana hábil enfocado en sus asuntos y respectivos trabajos. Hasta que en octubre los escolares comenzaron a evadir los torniquetes del Metro de Santiago, las declaraciones de las autoridades de gobierno irritaron a la opinión pública y el viernes 18 de octubre Chile despertó. Pavel y Étienne habían conversado temprano ese día para juntarse en la Plaza Ñuñoa después de trabajo. Karla se había sumado a última hora, luego de desocuparse de las labores que hace años ejercía en una productora independiente, pero cuando cada cual intentó tomar el Metro, encontraron las estaciones cerradas a causa de las manifestaciones.

Durante los primeros días del estallido social, conversaron bastante por WhatsApp. Los tres adhirieron al sentimiento de indignación de los chilenos y, pocos días después, decidieron sumarse a las manifestaciones en Plaza Italia. Resguardados por la Primera línea, Pavel, Karla y Étienne protestaban en contra del neoliberalismo del presidente Sebastián Piñera y de todo el sistema que por más de 30 años había sumido al país en un estancamiento social, disfrazado de “oasis latinoamericano” con cifras macroeconómicas que eran ciegas a la verdadera hambre y miseria de sectores postergados y marginales.

Asimismo, las víctimas de la represión policial— muertos y mutilados oculares—, les causaban dolor y rabia desesperada, conscientes de que esos actos en cualquier país del mundo eran considerados flagrantes violaciones a los Derechos Humanos.

Justamente la mentalidad europea de Étienne fue un punto de vista que agradó, en este sentido, a Karla y Pavel. El francés les explicaba que los argumentos de ciertos chilenos, así como del gobierno, que relativizaban las violaciones a los derechos fundamentales de los ciudadanos sería, a oídos de otros países, una broma de mal gusto, un postulado irrisorio, por no decir estúpido.

Étienne entregó su mirada del contexto del estallido social chileno a Pavel, por esos días, sacando a colación las protestas similares ocurridas en Francia en años recientes y décadas atrás. Fue entonces que instruyó a su amigo chileno acerca de los factores políticos y sociales que jugaron un rol importante en la Revolución de mayo del 98 en París, movimiento legendario en el cual también los cineastas de la Nouvelle Vague participaron activamente.

A raíz del fragor revolucionario y el nutrido intercambio intelectual de esos días, Pavel se sintió inspirado para escribir acerca del movimiento social chileno de 2019, pero desde un tintero creativo. Y la admiración por la película “Tres tristes tigres” fue un ingrediente que quiso emplear como referente para reflexionar acerca del estallido social.

Un viernes de protesta en Plaza Dignidad, cansados de tanta irritación en sus ojos por las bombas lacrimógenas, Pavel invitó a Étienne y Karla a recuperarse de la paliza represiva de los pacos en su hogar en el barrio Yungay.

 

—¿Llega a este nivel de violencia la policía francesa en las protestas? —, consultó Karla a su amigo europeo, al tiempo que mordisqueaba medio limón y pasaba un pañuelo desechable por sus ojos.

—No, te aseguro que no es lo mismo. Hay más proporcionalidad en el uso de la fuerza, al menos en París.

—Me indigna lo que ocurre. Más todavía al ver cómo la prensa habla del estallido en la tele. Por eso he pensado escribir sobre todo esto, dejar una constancia lejos del discurso oficial… —intervino Pavel.

—¿Escribir un artículo de opinión en algún portal de prensa independiente? —quiso precisar Étienne.

—No, eso se los dejo a los sociólogos. Mi intención va más por desarrollar la ficción, usar el simbolismo para manifestar mi punto de vista.

—Interesante, Pavel. ¿Tienes algo en mente para comenzar? —, replicó Étienne.

—Claro, quiero hacer un homenaje a la película “Tres tristes tigres” y, a la vez, escribir un guion con mis ideas políticas sobre el estallido social, sin caer en el proselitismo.

—¿De nuevo con esa fijación por Raúl Ruiz? Pavel, me parece muy valioso que quieras emplear la ficción como herramienta para simbolizar lo que ocurre en Chile, pero recurrir a un filme menor de este cineasta no lo encuentro una opción acertada. Estropearías todo el proyecto.

—Étienne, respeto mucho tu erudición cinematográfica, pero creo que tú ves la realidad chilena desde una mirada muy europea. Es un aporte, en algunos aspectos, pero en otros siento que no te acercas mucho a lo que se vive acá…

—¿Me estás llamando colonialista?

—¡No, hombre! No me malinterpretes. Sé que eres cercano a Chile, si a fin de cuentas viniste acá por tus papás. Lo que pasa es que creo que has vivido una realidad muy distinta a la chilena, lo que tiene sus virtudes, pero te hace más difícil entender ciertas cosas. Nada personal.

 

Étienne le dejó en claro a su amigo que no estaba ofendido y que respetaba su punto de vista. Sobre el proyecto de guion, le indicó que, si bien no compartía el enfoque creativo, destacaba la iniciativa de abordar el estallido social— frente al cual él también se sentía muy comprometido—, mediante una ficción, de forma simbólica.

Pavel continuó investigando acerca de este filme. Luego de asociar ideas y ensayar mentalmente líneas narrativas, comenzó a escribir el guion de su largometraje. Fue avanzando de a poco, lamentaba no contar con más tiempo libre, suficiente para concentrase y escribir por más horas seguidas. Pero la mecha ya estaba encendida y no iba a dejar que se extinguiese.

Con el paso de los meses, tras mucha manifestación y rabia acumulada, el virus se propagó entre las vías respiratorias de los chilenos y fue necesario ocultar parte del rostro con mascarilla. Pavel pretendía seguir acudiendo a Plaza Dignidad, pero el llamado a la conciencia de la Primera línea hizo que los hechos cayeran por su propio peso.

Vino el encierro de la cuarentena y el cineasta conversaba seguido con Karla. Ya en los primeros días del anuncio oficial de la llegada del Coronavirus, Étienne avisó a sus amigos que regresaría a Francia antes de que cerraran las fronteras. Los chilenos fueron a despedirlo al aeropuerto. “Espero que te quedes con una bonita imagen de Chile, pese a que viviste el estallido social y los pacos nos apalearon. Esta siempre será tu casa, Étienne”, le dijo Karla, para luego abrazarlo. En tanto, Pavel lo instó a mantener el contacto: “Conversemos, sigue escribiendo, queremos saber de ti y contarte de nuestras vidas de aquí en adelante”. El francés se emocionó, abrazó efusivamente a Pavel y dejo una promesa: “Apenas llegue a París les escribo. Y quiero saber de ustedes, de cómo sigue Chile ahora que el estallido está en pausa. Me interesa saber cómo avanza tu proyecto de guion, Pavel. No se van a deshacer de mí tan fácilmente. Hablaremos”. Lo vieron despedirse desde lejos una vez franqueado el control de policía internacional.

Sus promesas se las llevó el viento. A los pocos días, pareciera que a Étienne se lo hubiera tragado la tierra. Karla y Pavel se ofendieron mucho y confirmaron, tras la profunda decepción, que nunca conocieron realmente a este francés. Luego vino el encierro y mucho tiempo solitario para reflexionar.

El aislamiento en el hogar por medidas sanitarias fue un incentivo para que Pavel se volcara a escribir su guion de largometraje. Ejerció la docencia por videollamadas, pero de todos modos contaba con muchas horas libres en las que, al igual que todos, no podía salir a la calle, por lo que se concentró en su trabajo creativo.

Conversaba seguido con Karla. Estos amigos se apoyaron en la soledad que significaba el aislamiento físico de ese período. Asimismo, Pavel le iba contando de los avances en el guion, compartiendo escenas y diálogos, que ella comentaba, entregando en ocasiones consejos para mejorar el proyecto. El cineasta se fue encariñando con este libreto.

Con la llegada de la primera vacuna contra el Covid 19 y el proceso masivo de inoculación, Pavel también fue uno de los santiaguinos que quiso aprovechar los permisos para salir y reencontrarse con la vida bohemia. Un café en el barrio Bellas Artes con Karla fue uno de sus primeros panoramas.

Un viernes por la tarde, cuando regresaba de una reunión en el instituto donde hacía clases, quiso pasar a beber una cerveza y comer un buen chacarero en el local Chancho Seis, una de sus picadas favoritas en el barrio Yungay.

Mientras degustaba el pan, la carne y los porotos verdes, entre otros ingredientes, combinó el momento con la lectura de “La poética del cine”, obra capital de Raúl Ruiz. En una breve pausa a la mirada fija al libro, se percató que una atractiva colorina lo miraba insinuante desde una mesa cercana.

No iba a hacer caso de la señal, pues solía sentirse desengañado de esas situaciones fortuitas, pero la chica se levantó de su silla y se acercó a él.

 

—Hay que derrocar la dictadura de la Teoría del Conflicto Central, ¿cierto?

—Perdona, ¿quién eres? —le preguntó Pavel, sorprendido.

—Una admiradora de Raúl Ruiz, al igual que tú…

—No, si me doy cuenta de que te leíste este libro —la interpeló, enseñando la edición impresa entre sus manos —¿Siempre eres tan directa al acercarte a un desconocido?

—No siempre, sólo cuando alguien me interesa de verdad. Soy Andrómeda, fotógrafa. ¿Con quién tengo el gusto?

—Me llamo Pavel—, respondió ya más tranquilo —¿Quieres sentarte?

—Creí que no me lo pedirías —expresó, para luego acomodarse en la silla a su lado.

 

Si bien Pavel no estaba acostumbrado a ser abordado por una mujer de esa forma, de inmediato se sintió muy atraído por Andrómeda. Era una chica treintañera muy bonita, vestía con un estilo post punk de buen gusto, y su voz grave la hacía más sensual a los ojos del cineasta. Además, una vez que estuvo sentada, enarboló un discurso acerca de directores de fotografía renombrados, siendo muy intensa y asertiva en sus juicios de valor, lo cual despertó en Pavel una sensación de estar ante una mujer de carácter, muy distinta a Karla u otras chicas con las que había compartido intimidad.

Del cine pasaron a intercambiar vivencias personales e íntimas. Andrómeda era empática con las confesiones de Pavel. Avanzada la conversación, que aderezaron con varias cervezas, él se sintió atrapado en la seducción de esta chica.

Faltaba poco para iniciar el toque de queda y Pavel no quería despedirse, pero había que volver a poner los pies en la tierra.

 

—Andrómeda, me encantaría seguir conversando, pero va a empezar el toque de queda.

—¡Cresta! Tienes razón, se me pasó la hora volando. No alcanzo a llegar a mi casa…

—¿Dónde vives?

—En La Florida, ni cagando llegó, ¿qué voy a hacer?

 

Pavel sentía que la oportunidad de invitarla a pasar la noche a su casa parecía caída del cielo. Le atraía mucho Andrómeda, pero no era tan audaz en la intimidad. Podían intercambiar teléfonos, por supuesto, pero pensó en ese instante que un encuentro sexual con una mujer como ella, aunque fuera precipitado para su forma de ser, no era algo que se le presentaba con mucha frecuencia. Decidió ofrecerle quedarse en su casa, ambos conscientes de que eran personas grandes y que sabían a lo que iban.

Andrómeda aceptó con gusto y, una vez cruzado el umbral, le preguntó a Pavel si tenía pisco y Coca Cola para continuar la conversación más amenos. Afortunadamente para él, contaba con una botella casi llena y la bebida: preparó dos vasos. Los dejó sobre la mesa de centro del living y se disculpó unos minutos para ir al baño.

Cuando regresó, Andrómeda estaba de pie, con el vaso de piscola en la mano, mirando el afiche de la película “Terciopelo Azul” colgado en uno de los muros, consistente en un fotograma en que se aprecia al actor Kyle MacLachlan sosteniendo a Isabella Rossellini, en una postura sensual.

 

—¿Eres de las fans incondicionales de David Lynch? —le preguntó.

—Me gusta su cine, pero no creo ser tan fanática. En todo caso, no creí que fuera de tu línea cinematográfica.

—Tengo el afiche más de adorno que por admiración, Andrómeda. Valoro mucho a Lynch, pero en este caso me gusta más la estética del cuadro —le aclaró y ella no pudo evitar una sonrisa fugaz —¿Qué es lo gracioso?

—Nada, es que solamente pensé por un momento que eras de los hombres que tienen como fantasía a la femme fatale, como Isabella Rossellini en esta película —Pavel se sonrojó —¿Me ves como una femme fatale?

—No caigamos en estereotipos, Andrómeda —salió del paso al sentirse desnudado en sus sentimientos y bebió varios sorbos de piscola.

 

Luego se sentaron en el sofá y Pavel le contó acerca de su trabajo y sus proyectos, sus anhelos más íntimos. De un momento a otro estaban besándose. Él se sentía como dentro de una película, no creyendo que la situación fuera del todo real, pero disfrutándola mucho.

Minutos después terminaron sus tragos y decidieron continuar en la cama de Pavel. Él quiso apagar las luces, no le importó reconocer que era tímido y Andrómeda lo entendió, sin burlarse y entregándose a la pasión.

Pavel despertó ya avanzada la mañana. Sufría un intenso dolor de cabeza. Maldijo e intentó hacer memoria sobre lo ocurrido anoche, le constaba pensar con claridad. “Claro, la pelirroja, Andrómeda, todo parecía como una película”. Miro a su lado y el resto de la cama estaba vacía. Se levantó a tientas y fue al baño, para luego salir al living a mirar si ella seguía en su casa. Incluso la llamó en voz alta desde el pasillo. No había rastro de la mujer.

Bebió mucha agua y, luego de un improvisado desayuno, ingirió dos tabletas de paracetamol. Una vez más despejado miró su teléfono. Llamó a Andrómeda, pero apareció la típica grabación que conduce al buzón de voz. Le escribió al WhatsApp, sin que apareciera el mensaje con la señal de “visto” tras varios minutos. Buscó si había dejado algún mensaje en un papel, pero nada. Y entonces se percató que en su habitación no estaba el notebook.

 

—Pavel, cálmate un poco, no te entiendo. Explícame desde el principio —le aconsejó Karla, luego de que su amigo la llamara, atropellándose con las palabras por la desesperación.

—Conocí a una chica ayer por la tarde. Vino a mi casa porque estaba por comenzar el toque de queda. Terminamos en la cama. Amanecí con dolor de cabeza, creo que le puso algo a mi trago anoche. Y se robó mi notebook.

—Pucha, Pavel, qué irresponsable. ¿Cómo no te cuidas?, ¿sabes algo de esta mina, tienes su teléfono?, ¿quién es?

—Se llama Andrómeda, pero no me extrañaría que no fuera su nombre. El teléfono no responde, tampoco hay señales en su WhatsApp. No sé, Karla, es muy raro. Reconozco que me dejé llevar, de caliente. Fui muy ingenuo.

—Tienes que hacer la denuncia en Carabineros. ¿Tenías archivos muy importantes?, ¿tienes respaldo?

—Mira, material docente que puedo recuperar, entre otras cosas. Lo que sí me duele es que en el notebook estaba el guion del largometraje sobre el estallido social, que como sabes estaba casi listo, y no hice ningún respaldo. Voy a ducharme y después a la comisaría.

 

Al hacer la denuncia, Pavel sintió vergüenza al relatar los hechos. El sargento que le tomó la declaración fue muy claro en explicarle que era difícil dar con el paradero de esta persona sin contar con datos certeros acerca de su identidad. El cineasta le indicó el nombre y apellido con el que se presentó la mujer, advirtiendo de inmediato que no tenía seguridad de que fuera una identidad real. Asimismo, le proporcionó el número de teléfono de Andrómeda y el policía señaló que lo investigarían.

Por la tarde, Karla visitó a su amigo. Lo apoyó en estas tristes circunstancias y le hizo prometerle que, de ahora en adelante, se cuidaría. Pavel reconoció que no era tan dolorosa la pérdida material— poco tiempo después se compraría un nuevo notebook echando mano a uno de los retiros del 10 por ciento de los ahorros previsionales —, sino más bien el sentirse engañado, haber sido tan inocente y, sobre todo, la pérdida del guion del largometraje acerca del estallido social, una iniciativa tan querida y por la que había trabajado con tanto esmero en el tiempo reciente.

Meses después, Carabineros le informó que el número proporcionado, el que Pavel registró como contacto de Andrómeda, correspondía a uno de prepago, por lo que se hacía imposible individualizar a la persona que alguna vez lo ocupó.

Para entonces el cineasta ya había asumido que era muy poco probable que encontraran a esa misteriosa mujer. El hecho le parecía ahora una escena propia del cine de David Fincher u otra ficción de las películas policiales del género noir. De todos modos, lamentaba haber perdido su guion sobre la revuelta social de 2019.

Hasta que en octubre de 2022 las imágenes del filme de Reinaldo Marchant le reventaron en la cara como una ola furiosa. La secuencia de recuerdos desfiló por su mente al tiempo que caminaba desde el cine bajo el Palacio de La Moneda hasta su hogar en el barrio Yungay.

No era tan tarde cuando estuvo en casa y decidió llamar a Karla.

 

—Vengo de la Avant Premier de “Rebelión en París”, la película de Reinaldo Marchant. No vas a creer lo que sucedió.

—Pavel, ¿no me digas que hablaste con Marchant?, ¿o lograste conocer a un productor importante?

—No, nada de eso. Es todo muy raro, puede que pienses que estoy loco, pero tengo la sensación de que parte del guion que escribí sobre el estallido social fue plagiado en la cinta de Marchant.

—No sé… igual suena muy loco, Pavel. Tendría que ver la película. ¿Qué te hace pensar eso?

—Es que hay muchas coincidencias. La estructura de la historia, el homenaje implícito a “Tres tristes tigres”, el triángulo de protagonistas, hasta algunos diálogos casi textuales a los de mi guion.

—Mira, necesito ver la película primero. Tengo entendido que se estrena al público general en pocos días más. Cuando la haya visto, si quieres nos juntamos y ahí puedo comentarte qué tan reales son sus sospechas. Cuídate, Pavel.

 

Las palabras de su amigo le parecieron a Karla un poco descabelladas. Tal vez está pasando por un mal momento, pensó, quizás el episodio del robo de su computador al hacerse el galán había calado mucho más hondo de lo que creía. De todos modos, estuvo atenta al estreno de “Rebelión en París” al público general y, una vez que esto fue anunciado en redes sociales y medios de comunicación, no perdió oportunidad de hacerse un tiempo luego del trabajo para ir a una sala de cine.

Quedó confundida después de la función. Quizás Pavel no está siendo tan paranoico, pese a lo inaudito de la situación, fue lo que reflexionó tras ver la película, de la que todos estaban hablando por esos días. Coordinó visitar a su amigo el sábado por la tarde para conversar el tema con calma.

 

—Siendo sincera, cuando me llamaste después de la Avant Premier pensé que te estabas pasando rollos, que te perseguiste. Pero ahora que vi la película, no sé, igual es heavy, cuesta creerlo, pero hay mucho de sospechoso en todo esto.

—Qué bueno que me entiendas ahora, Karla. ¿Qué te hizo pensar mejor lo que te dije por teléfono?

—No leí completo tu guion, pero sí muchas escenas, justamente aquí, en tu casa. Además, me contaste detalladamente la historia. Entonces, claro, uno puede pensar que el cine de Ruiz es muy universal, que a muchos le gusta, pero el enfoque que se te ocurrió es precisamente el que ocupa Marchant. Y también noté algunos diálogos que me sonaban familiares de los que escribiste. No deja de impresionarme todo esto…

—¿Y se te ocurre cómo pudo haber sucedido, en caso de que realmente hubiera un plagio?

—Pavel, no me manejo tan bien con los derechos de propiedad intelectual. Me suena más a que esto fue, si asumimos que ocurrió, un robo de ideas. Pero no dejaría de ser grave. Está más que claro que esa mina, Andrómeda, habría jugado un papel en este entuerto.

—Seguro, nunca me compré que el robo del notebook fuera por el valor material. Esa chica, aparte de ser extraña y loca, no parecía estar buscando hacerse la América. Pero, si efectivamente fue así, si me sedujo con el exclusivo propósito de robar mi guion, ¿cómo supo de todo esto?, ¿cómo diablos fue a parar el texto a Marchant?

—¿De verdad no se te ocurre?

—Karla, sí, lo he pensado, es que me cuesta creerlo. Étienne, ese francesito chanta. Pero ¿cómo tanto? ¿Quién mierda es ese huevón?, ¿cómo tan turbio?

 

Su amiga lo quedó mirando, tan perpleja como él. Ambos entendían que las piezas del puzle encajaban a la perfección, pero continuaban resistiéndose a la idea de que existiesen personas tan oscuras y, sobre todo, que ese francés los haya engañado con tal nivel de frialdad y perversión.

“Rebelión en París” se convirtió en todo un éxito cinematográfico. Elogiada por la crítica internacional, que destacó la mirada lúcida de Marchant sobre los procesos sociales en Europa y Chile, también fue reconocida en festivales de cine de diferentes capitales de la cultura a nivel mundial. Y en la larga y angosta faja de tierra también hubo flores a granel para este cineasta. Los medios tradicionales de comunicación valoraron la creatividad de Marchant para elaborar el discurso político, más allá de no comulgar con las ideas en específico. Y ni hablar de la clase política gobernante, quienes canonizaron al director de cine exiliado, argumentando que prácticamente vino a otorgar un significado trascendental a la revuelta social de 2019, escondiendo debajo de la alfombra las críticas al presidente Boric por su abandono a las víctimas de la represión policial. En una visión general, la película de ficción logró matizar la gran desazón de miles de chilenos que salieron a las calles en octubre de 2019, o bien apoyaron a los manifestantes agradeciendo a la valiente juventud.

Pavel y Karla se sintieron espectadores ajenos a este punto de giro en la cultura del país, brindado por el supuesto talento de Reinaldo Marchant. No quisieron comentar entre sus amistades cinéfilas el eventual robo de ideas, consideraron que sólo obtendrían burlas o desconfianza en caso de relatar estos hechos.

Estos amigos decidieron seguir con sus vidas, siempre conservando su vínculo y cariño. Pavel obtuvo más módulos pedagógicos en el instituto donde hacía clases y Karla participó en una serie de producciones por encargo, en su mayoría publicitarias, conservando su trabajo en la empresa en buen pie.

Transcurridos tres años del estreno de “Rebelión en París”, Karla se percató de ciertos hechos llamativos en la productora donde trabajaba. “Pavel, quiero hablar contigo. ¿Te parece si voy a tu casa en un par de horas?”. Su amigo le respondió que sí, que podría venir, pero quería enterarse qué era tan importante, que le dijera por teléfono lo que, por su tono de voz, pintaba de revelación. “Tranqui, ya conversaremos. Prefiero contarte en persona”.

 

—Me sorprendió tu llamada, Karla. Siempre eres bienvenida en esta casa, pero no entiendo la urgencia. Dale, cuéntame, me muero de curiosidad…

—A fines del año pasado, una fotógrafa ha estado colaborando en la productora. No trabaja de planta, sino en filmaciones puntuales, pero mantiene cierta regularidad en la oficina de Providencia.

—¿La conozco?, ¿cómo se llama?

—Melissa, pero vamos con calma. Al principio no le presté mucha atención a esta chica. De hecho, me caía un poco mal, tan engrupida y avasalladora. Pero unos días atrás la Pame Ramírez llegó comentando a la oficina que había ido a un carrete en el departamento de esta fotógrafa. Hasta ahí nada de qué preocuparse, pero en medio de la conversación con otras compañeras de la productora— yo estaba escribiendo en el compu y cada cierto rato paraba la oreja—, repitió varias veces “el franchute”, “el franchute”, y otra vez, “el franchute”…

—Karla, por favor anda al grano. ¿Supiste de Étienne?

—Sí, Pavel. Está en Chile. Cuando escuché a la Pame pensé que era una anécdota que hablara de un francés, pero sólo por estar intrigada me sumé a la conversación con las chiquillas. Me contó que Melissa vive en Ñuñoa y que en esa fiesta estaba llena de gente muy progre, bohemia, del tipo intelectual, y ese francés se está quedando en el departamento de esta fotógrafa. Cuando me dijo que se llamaba Étienne no lo podía creer.

—A ver, pero ¿estás segura de que es él?, ¿no será alcance de nombres?

—Le pregunté a la Pame si había tomado fotos de ese carrete. Me dijo que pocas, que había disfrutado la fiesta, pero hubo algunas que publicó en su cuenta de Instagram —comentó Karla mientras sacaba del bolsillo su teléfono celular.

 

Pavel quedó estupefacto al ver la fotografía en la pantalla. Era el mismo Étienne que los había engañado el que se veía en la imagen. Y no sólo eso, estaba abrazado de Melissa, verdadero nombre de la pelirroja que le aseguró llamarse Andrómeda.

El hombre quedó pensativo unos minutos. Guardaba mucha rabia, pero quería tomar una decisión con la cabeza fría.

 

—¿Le puedes preguntar a la Pame la dirección de esa mina?

—No es necesario. Creo que Melissa envió su currículum a la productora. Puedo encontrarlo y saber la dirección exacta.

 

Un sábado por la tarde, Melissa cerró la puerta de su departamento y bajó las escaleras. Iba a visitar a su hermano en La Florida, sería un encuentro breve y puntual. La estación Estadio Nacional del Metro era la más cercana, a unos diez minutos caminando. Sus pensamientos giraban en torno a temas familiares y de trabajo, pero de golpe su atención se concentró en una cara que le sonaba conocida, una mujer que vio en la explanada de su edificio.

 

—¡Melissa! Qué gusto encontrarte…

—Hola. Ah, ya sé. Tú trabajas en la productora de cine y televisión, ¿cierto?

—Así es. Me alegra que te acuerdes de mí. Soy Karla, por si no lo sabías.

—Disculpa, no conozco a todos allá. Es que sólo voy de vez en cuando. Al menos tú sabes mi nombre…

—¿Cómo no lo iba a saber? Melissa, la fotógrafa, la colorina intensa, la femme fatale. ¿O debo decir mejor Andrómeda?

—¡¿Qué onda?!

—Vine acompañada —, señaló Karla, y de inmediato, por detrás de unos locales unos metros más atrás, apareció Pavel.

—¡Oigan!, ¿qué pretenden? ¿Es una encerrona?, no estoy para jueguitos…


Melissa intentó seguir su camino, pero Pavel la detuvo sosteniéndola por los brazos.

 

—¡Suéltame, huevón! Voy a gritar, imbécil. ¿Quieres que llame a los pacos?

—Cálmate, no es contigo el problema. ¿Quieres que avise a los pacos de tu dirección?, ¿acaso no pensaste que hice la denuncia del robo de mi notebook, “Andrómeda”?

—Pavel, dejémonos de escenitas. Esto no es una película de suspenso. Ya, reconozco que fue una estupidez lo que hice, pero ¿era necesario que me buscaras?, ¿tanto te importa un viejo notebook?

—Melissa, ahora que sé que ese es tu verdadero nombre, no me interesa el computador. Escucha con atención. Pásame las llaves de tu departamento y tu celular. Espera aquí junto a Karla y no intentes hacer nada estúpido. Si lo haces, te juro que voy a dar aviso a los pacos de tu dirección en la denuncia por robo.

—A ver, qué pretenden. Parece que han visto muchas películas melodramáticas. Pavel, por favor, no hagas tonteras.

—Tus llaves y el celular, estoy hablando en serio —, le ordenó Pavel. Melissa optó por entregarle esas pertenencias. No entendía bien a dónde iba a llegar todo esto, pero creyó que era mejor que siguiera su curso, fuese cual fuese.

 

Étienne estaba tendido sobre la cama, fumando mientras leía una novela latinoamericana. De pronto sintió abrirse la puerta del departamento.

 

—¿Cherie?, ¿olvidaste algo? —, y fue al encuentro de su amante a la entrada.

 

Su cara se desencajó al ver a Pavel, furioso. Sonrió con nerviosismo, tratando de bajar el perfil a la situación. Pensó en huir, pero el hombre estaba en el trayecto a la puerta y supo que era evidente que no podría esquivarlo. Tenía su teléfono celular en la habitación e iba a correr hacia ella, pero quien fuera su amigo chileno lo encaró antes de que lograra moverse.

 

—¿Esperabas a Melissa, francesito? Melissa, Andrómeda, o como quiera que se llame, ¡hijo de puta!

—Pavel, vamos, ¿de qué estás hablando?

—¿Ni siquiera reconoces lo que hiciste? —, empujó a Étienne, quien retrocedió asustado —¿No eres capaz de dar la cara? ¡Cagón!

 

Pavel golpeó certeramente a Étienne en la cara. El francés cayó al lado de la mesa de centro de vidrio, sin quebrarla, pero botando algunos adornos que estaban encima. El chileno ordenó lo que se había caído.

—¡Levántate! —, le exigió al francés mientras lo tomaba por las solapas de la chaqueta de tweed.

—Pavel, no tenías que llegar a esto. Dejémoslo hasta acá, no seas melodramático.

—¿Te parece poco? —, le asestó otro golpe en la cara. Étienne fue a dar contra un librero y esta vez hizo caer unos libros —¿Para esto hiciste amigos en Chile? De seguro piensas que a los indiecitos no les alcanza la cultura, colonialista de mierda…

 

El chileno acomodó los libros en su lugar. Volvió a tomar a Étienne de las solapas y noto que sangraba de su labio inferior. El francés estaba asustado.

 

—Pavel, no entendiste nada… compartimos en el estallido social, éramos amigos, de verdad…

—¡No me vengas con huevadas! ¿Sabes?, no me importa tanto que me hayas robado el guion. No eres más que un farsante que ni siquiera tiene talento. Lo que me emputece es que te hayas aprovechado de mí y de Karla…

—Tu querido Raúl Ruiz, Pavel. Te tomaste muy en serio su cine, necesitas terapia…

 

El chileno arremetió con todo en contra del francés. Un golpe certero en la cara, otros dos en la boca del estómago. Étienne estaba retorciéndose de dolor en suelo. Pavel lo remató con una patada en las costillas.

 

—Eso fue lo que nunca entendiste, Étienne. No fuiste capaz de hacer a un lado tus aires de superioridad europea. ¿Qué pensarían tus padres chilenos si te vieran ahora? Ahora, después de una paliza por creerte una lumbrera del cine.


El francés lo miraba desconcertado y Pavel dio media vuelta y abandonó el departamento.

 

Cuando llegó a la explanada del edificio, encontró a Melissa discutiendo con Karla. Al notar su presencia, ambas quedaron en silencio. Pavel le hizo una seña a su amiga para que le devolviera el teléfono y le estiró en su mano las llaves.

“Ya tenemos las cuentas saldadas. Anda ahora a asistir a tu Jean-Luc Godard”. La colorina vio a la pareja alejarse tranquilos y satisfechos, como el desenlace visual de una película, pero sin música incidental.


martes, 4 de marzo de 2025

El hombre ausente

 


“Y todo ¡¿para qué?!/ Para ganar un pan imperdonable/ Duro como la cara del burgués/ Y con olor y con sabor a sangre”. Los versos del sabueso Parra resonaban en la cabeza de Agustín a esa hora. Atardecía en Maipú y los borradores de sentencias judiciales parecían crecer como montañas en desarrollo geológico ante sus ojos. El sólo pensar en que debía transcribirlas en el viejo computador, ya arrastrando ojeras que se adosaban sempiternas sobre sus pómulos, además de la labor de corregir la gramática y la nomenclatura jurídica, no le dejaban más alternativa que suspirar, formar una leve sonrisa de resignación. Para sobrellevar el tedio, imaginaba pasos por la campiña del sur de Francia, en épocas doradas, como aquellas que con tanta maestría plasmara Van Gogh en sus días de asueto creativo, las mismas que revisaba en su triste habitación por las noches, siempre recurriendo al libro con ilustraciones en papel couché, tal vez su más sagrado refugio a la sofocante faena de los días hábiles.

Apenas finalizada su jornada diaria, este treintañero emprendía rumbo a Estación Central, en una travesía en el Transantiago que nunca dejaba de ser sofocante. Empujones, vagones del Metro como latas de sardinas humanas, los gruñidos y amenazas en el habitual desplazarse por la capital parecían el aderezo que singularizaba los viajes. Por sobre esos malos ratos, lo que exasperaba a Agustín era la indiferencia con que la sociedad tenía costumbre de responderle: el otro día se había detenido en un puesto de flores a la salida de la Estación Quinta Normal, pensando sorprender a su novia con un regalito, y se sintió literalmente un hombre

invisible. “Disculpe, quiero media docena de claveles blancos”. Sus palabras quedaron suspendidas en la fría noche santiaguina. El dependiente seguía mirando la teleserie previa a las noticias centrales, desde un pequeño televisor a baterías, y la que supuso su mujer ni se inmutó ante sus requerimientos, tan entretenida estaba conversando con la señora del puesto de sopaipillas. Que el Benja Vicuña cada vez más lindo, que la Raquelita se tituló de abogada, qué niña más habilosa, que se ríe tanto en las mañanas con las locuras del Luchito, y el pobre Agustín, insiste que insiste y nada, como si fuera un adorno más del paisaje. Ser anónimo que camina en medio de la masa de personas que regresan de su trabajo, él se dirige a tomar la micro rumbo a casa de Camila.

Su novia lo recibe amorosa, lo invita a sentarse y un café. Es un verdadero oasis, enclavado en esta sucia y ruidosa urbe, la casa de Camila. Sin embargo, ambos saben que la madre de Agustín no acepta la relación, y él se ha visto durante meses en la necesidad de perseverar en la mentira de una novia de nombre ficticio. Los prejuicios sociales, esa absurda manía que tenemos los chilenos de sentirnos siempre por sobre la clase social a la que pertenecemos, han destruido la intención de estos jóvenes de vivir un amor libre de tabúes y encuentros clandestinos.

Agustín y Camila beben café y conversan sentados en la terraza de la casa de los padres de ella. Él se desahoga detallando los pormenores de su asfixiante trabajo, parece un plañidero cantor de gesta y Camila lo consuela como una madre a su pequeño, mientras acaricia su escaso pelo. Juntos fantasean sobre la posibilidad de que Agustín encuentre un mejor trabajo, el sueño de irse a vivir a un departamento lejos de las respectivas familias, de disfrutar la relación a sus anchas y sin comportarse como adolescentes, de escaparse algunos fines de semana a algún balneario. Pero la dura realidad los aplasta luego de descansar sobre la nube: el desempleo aumenta en Chile, Agustín no terminó sus estudios de Derecho, el trabajo en el que se desempeña pretendía ser sólo por un tiempo, pero se ha prolongado, sin otra opción mejor y así…

Avanzada la noche se despiden con largos besos, como para recordarse mientras no se ven y Agustín emprende su regreso a casa, en Maipú. En el camino al paradero, se detiene en un boliche del barrio a comprar un encendedor para fumar mientras camina, así el frío se condimenta con un poco de humo de tabaco. Entra a la botillería y saluda al dependiente, pero él no se inmuta pues está concentrado viendo la teleserie bíblica del canal de televisión nacional. Agustín se exaspera y le grita que no es un dibujo en la pared, que cómo no lo atiende. El hombre se digna a mirarlo de soslayo y le replica que no le quedan encendedores. ¿Y ésos que veo ahí, qué son? Mire, joven, no le puedo vender, estoy sin boletas. Agustín está a punto de estallar y aparecen en el local unos tipos que parecen ser viejos amigos del dependiente, lo saludan efusivamente e intercambian bromas, piden comprar cervezas, vasos de papel y entre tanta algarabía el joven se desanima y prosigue su camino desconcertado.

En el solitario viaje a casa, Agustín piensa en su rutina y el lejano futuro que desearía. Ve a una hermosa muchacha leer “Madame Bovary” en el Metro y por instantes desea ser unos de los amantes de Ema en la Francia del siglo XIX, transportarse, como por arte de magia, a otro lugar geográfico, a otra época, abandonar esta vida de mierda que soporta día a día. Suena el teléfono móvil y lo despiertan de su ensoñación los gruñidos de su jefe, que las sentencias del Juzgado de Policía Local no pueden esperar, que está atrasado al menos una semana en el calendario de resoluciones judiciales, que no sabe en qué diablos ocupa su tiempo, que mañana lo quiere a primera hora en la Municipalidad. Agustín, luego de dar vagas explicaciones a regaños que no ameritan explicarse, corta el teléfono y suspira. La bella joven del libro baja en ese momento.

Agustín llega a casa tarde, con frío. Al abrir la puerta siente de inmediato el sonido del televisor a todo volumen. Su madre, que carga con años de viudez y una rutina

de dueña de casa, no encuentra mejor ocupación que echarse en la cama frente a la pantalla, prácticamente todo el día. Está por entrar a su pieza y la progenitora lo increpa: ¿me compraste los remedios que te encargué?, ¿hiciste aseo en tu pieza?, no puedes ser tan irresponsable, Agustín, no nos sobra la plata. ¿Cómo se te ocurre volver tan tarde, con tu madre enferma? Y al final, como un aminorado consuelo, le dice: le dejé un plato de cazuela de ave en el refrigerador, para que se lo caliente rapidito.

Agustín suspira nuevamente. Cierra la puerta de su habitación y se sienta en la cama. Casi por instinto, toma el libro con ilustraciones en papel couché de pinturas de Van Gogh. Abstraído y con la mirada fija en las láminas, que hojea parsimoniosamente, se ve caminando por la campiña del sur de Francia, esos parajes de trigos dorados. Justamente se detiene en la obra “Trigal con cuervos”, en las gruesas pinceladas amarillas sobre otras marrones, en el cielo interrumpido por esferas blancas, simulando destellos de luz y, sobre todo, en los cuervos que coronan el cuadro. Sabe que dos semanas después de pintar ese lienzo, el holandés se suicidó terminando una vida atormentada.

Mira los cuervos con devoción. Transpira, siente mareos, cree traspasar el límite del papel couché y se adentra en el cuadro, mientras de sus brazos comienzan a emerger tupidos plumajes negros, con reflejos iridiscentes azulados y púrpuras, que también colonizan sus piernas. Le crece una larga cola, un grueso cuello y un pico fuerte y oscuro. De un momento a otro sobrevuela su barrio de Maipú, y luego, la noche santiaguina, en busca de residuos, de carroña animal y humana. Quién sabe, tal vez ahora desee pronunciar Nevermore a su amada perdida en otra era.


miércoles, 26 de febrero de 2025

Viento puelche

 



Vacaciones familiares en La Araucanía

un balneario distante por entonces

del prestigio turístico que adquirió en el siglo XXI

en los 80 acogió a tres familias pudientes

que solían compartir en sus ratos libres.

 

Preadolescente tímido, fui a pasear con mis hermanos

y los otros jóvenes con los que veraneábamos

arrendar un bote por la tarde

nos internamos varios niños en el Lago Caburgua

una verdadera odisea en la rutina inocente.

 

El sol se ocultaba y desde la Cordillera

una brisa cálida nos adormeció serenos

líquido apacible, el tiempo se detuvo.

 

Hasta que la calma tornó en peligro

el viento puelche fue arrastrando

la embarcación aguas adentro.

 

Es un episodio de infancia. Salimos airosos

el remar con esfuerzo convirtió esta aventura

más allá del susto, en una anécdota

que recordamos las pocas veces que nos reunimos

los niños de entonces cuando fuimos adultos.

 

Días después de alcanzar medio siglo de vida

evoco el viento puelche de mi infancia

que se ha inmiscuido entre mis sueños

sigiloso, inadvertido, como un fantasma.

 

Al pavimentar rutas, al izar andamiajes

el viento puelche ha irrumpido anónimo

sin preguntar, sin previo aviso

para torcer el curso natural de los hechos

déspota entre prepotentes

y conducirme a parajes insospechados

secuestro de voluntad y raciocinio

como un pequeño bote de niños en aguas recónditas.